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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet

Miranda Collet. 20.10.13 
CAPÍTULO IV. Querida y recordada familia,
El Madrigal, Norte de Nicaragua 1998

Para comprender el sueño de los calcetines rojos, y eso de la familia paralela, sólo hay que saber que son dos aspectos de una sola historia.  
Un día cuando Amanda está pintando, las dos historias se cuajan en ella, y se convierten en conocimiento: vivías en Varsovia, Amanda, en el gueto judío.  Los calcetines rojos era la bandera roja.  Siendo una niña criada en Arizona rural en los años cincuenta, no podías distinguir entre un par de calcetines rojos y una bandera roja.  Era una bandera comunista.  A tus padres, tu hermana, y tú a los diez años, los nazis los mataron a tiros en el gueto.  No fue tanto por ser judíos, sino por comunistas.  Esa fue tu vida pasada.  Por eso estás tan tensa.  Por eso eres comunista.  Por eso odias las armas.  Por eso tú piensas, y siempre pensarás en estudiar medicina.
Amanda se sorprende pero no duda.  De allá en adelante se siente todavía más incorporada en su familia polaca, más apoyada por esta, su familia.
El Cóctel
México DF, 1973


Amanda está feliz en el cóctel del consulado británico en la Ciudad de México.  Feliz como puede estar una extranjera que comienza a vivir en el mundo, con menos de treinta años, con dos hijos pequeños, que desde hace diez años no sale sola de noche.

Es 1973, el año en que EEUU manda matar al presidente de Chile, Salvador Allende,  Amanda tiene ventisiete años y su matrimonio con Felisberto, dramaturgo, actor y agrónomo, se ha deslizado.  Amanda no se ha enterado todavía que lo que ella cree ser un desliz es una caída de la cual su matrimonio ya no se levantará.

Amanda acepta una tercera copa y otro cigarrillo.  Mide un metro con noventa con tacón alto.  Dudando de sus piernas, se viste con falda hasta el suelo, en este caso un vestido de algodón color lila.   Por encima lleva una capa blanca.  Siempre hace frío en el amplio pasillo de la exhibición, y Amanda lo sabe porque aquí da clases de inglés.

La tiene acaparada una pareja inglesa de unos treinta años.  Ellos la encuentran exótica porque está casada con un actor mexicano.  Después de ocho años de ser conocida como la esposa de Felisberto, Amanda disfruta de la atención de la pareja, sin percatarse que este interés es en Felisberto, aunque él no esté. Amanda conoció a Felisberto a los diecisiete años y se casó con él a los diecinueve.  Está a punto de comenzar a vivir su propia vida.

Parece que la pareja inglesa quiere llevar la conversación hacia algún lugar, pero Amanda no entiende hacia dónde.  Se interesa más en lo que sucede a su alrededor: la mezcla de mexicanos e ingleses, el movimiento, la ropa, las caras, los acentos, y la exhibición de doce cuadros menores de Picasso.  

-Me gusta este pequeñito, dice Amanda.  Ella se agacha para mirarlo.  Es uno de dos que están colgados en una mampara hecha de madera comprimida y pintada de blanco.  La pareja inglesa se agacha para mirarlo.  Verde y anaranjado es, con un cielo azul intenso.  En él un niño camina solo por una vereda y dos mujeres lo quedan mirando.

-Me pregunto cuánto valdrá, dice Amanda, luchando en contra de la ginebra.
-Bastante, dice Luci, encendiéndose otro cigarrillo.  

Timoteo dice: medio millón de libras esterlinas por lo menos.  
Éste tiene cara de rata y su mano roza el muslo de Amanda.  Ella da un paso atrás para alejarse de él.

-¿Qué tal si saliéramos con el cuadro?, pregunta Amanda, sacudiéndose.
-¿Por qué no?, contesta Luci.  ¡De veras!  ¿Qué tal si nos lo llevaramos?
-Sería fácil de esconder, dice Amanda.

Abre su capa con un gesto excesivo.  Se agacha para averiguar cómo fijaron el cuadro a la pared: cuelga de un clavo.

-¡Se podrá vender!, dice Timoteo.
-No, dice Amanda.  Lo guardaremos en casa el fin de semana y el lunes lo devolveremos.

El pasillo es ancho y para el resto de los invitados este trío de necios está invisible.  Los demás se quedan pegados al lado del bar y de los canapés.
Detrás de la mampara Amanda, Luci y Timoteo toman otra copa traída por el mesero, un hombre que aparece en su escondite con alarmante frecuencia.
El nuevo horario de clases es un tema aburrido del todo, pero inevitable cuando se trata de maestros a punto de comenzar un semestre.  Se animan al pasar al tema de la próxima obra de teatro que leerán para sus alumnos, “La Carreta de Manzanas”, de Bernard Shaw.
Porque se siente mareada, Amanda no se despega de la pareja.  Está cansada de ellos, motivo para regresar al tema del cuadro, y hasta lo quita de la pared.  Lo sostiene en sus manos, habiendo dejado su vaso en el suelo a un lado de los pies.  Hace desaparecer el cuadro debajo de la capa.  La pareja inglesa no toca el cuadro, tampoco trata de convencer a Amanda de dejarlo.  Están emocionados con la idea de robar.  El excesivo brillo en los ojos de Amanda los anima más.   

Mientras trata de colgar el cuadro en el clavo se repite estúpidamente: No venderemos el cuadro. Lo devolveremos el lunes.
Amanda mira fijamente y sin expresión a la pareja inglesa.  Le agobia la urgente necesidad de acostarse en el suelo y cerrar los ojos. La pareja inglesa se queda parada en silencio, también sin moverse, tal vez sintiendo lo mismo que ella.

Amanda no quiere consultar con ellos sobre si ella debería llevarse el cuadro. Se ha convencido que si ellos dicen que sí, ella estará comprometida a hacerlo. Con el cuadro en la mano,la joven se apoya en el biombo. Éste se desequilibra y comienza a desplomarse. Los tres logran levantarlo antes de que toque el suelo, pero el ruido de sus apresurados movimientos llama la atención de varios invitados, y esos se acercan a la mampara.  

Un maestro muy joven le quita el cuadro a Amanda. Se lo mete debajo del brazo diciendo, ¡Cómo sería fácil llevármelo!  
Todo el mundo se ríe.

Amanda, Luci y Timoteo no siguen bebiendo. Tampoco fuman en la calle Antonio Caso mientras esperan el tranvía.  Ni hablan.   
El lunes siguiente la pareja saluda de lejos y fríamente a Amanda.  Ella va de prisa.  Con varios libros debajo del brazo ella desaparece al introducirse en su aula.   

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