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Crónicas de ayer y hoy
Dura de morir

Cuentos y relatos breves. 16.12.12 
Por; Walter E. Pimienta Jiménez. Dicen que, atormentada la noche anterior por el monocorde e incesante ritmo compulsivo de su reloj de pared, el mismo que su difunto esposo le trajo de Colón Panamá, y que sirviera en el pueblo para acabar de una vez con los instantes imaginarios componiendo para siempre el tiempo que antes dejaba a su paso inexorable un desperdicio de horas invisibles, la viuda Carlotica hizo gran esfuerzo para morirse. Había vivido cualquier cantidad de épocas o temporadas y diciéndose: -“Ya está bueno”- completamente lúcida se acostó en su cama de tijera donde acabó para siempre.
La primera sobrina que visitara esa vez a la viuda Carlotica, para ver si ésta aún seguía con vida, y de estarlo ponerse a jugar con ella un rato a las muñecas siguiéndole la chochera de niña vieja, le vio los ojos inmóviles y con voz confundida entre el amor la compasión, dándole una segunda mirada de reconocimiento, dijo: -“Ahora sí parece que se murió”.
A la viuda Carlotica, en verdad, la creyeron  muerta antes siete veces y en esta última, cuando sin ningún esfuerzo falleciera, ahí, y como pudieron, sacándole las cuentas y sin meter en el largo cálculo vacaciones, días y fiestas de guardar, algunas licencias a que tenía derecho y una buena cantidad de noches que pasara sin pegar los ojos, las autoridades civiles, eclesiásticas y militares, le sumaron 379 años.
La viuda Carlotica murió un año cualquiera, un día cualquiera, de un mes cualquiera y, ante la duda de que en tal ocasión aún estuviera viva, su familia pidió ayuda al alcalde a fin de que fuese éste quien, en forma oficial y en papel sellado, certificara el deceso.
Abelino Padilla, corregidor de entonces, presto estuvo al llamado y éste, habituado como estaba a llamar las cosas siempre por su nombre, para evitar cualquier posible confusión y demora, con sólo mirar a la viuda Carlotica enroscada como un camarón y  chupándose a placer un dedo en posición fetal, con un sentencioso: -“Ajá, y ustedes qué esperan…Preparen el entierro antes de que les resucite y en su delirio senil se ponga otra vez a jugar a la marisola”- despertó espíritus que la hacían dormida y que ante la advertencia, cambiando de parecer, desistieron en la idea de hacerle la prueba del espejo frente a las fosas nasales cuando “El Churre”, a la sazón secretario del alcalde, presente en el lugar, en forma dura y con voz de no querer a nadie, dijo: -“ Ya no resuella”- y entonces sí, las mujeres todas, soltaron el llanto que por vida le habían guardado y que en un rincón del alma les quedó después de ver morir impotentes en sus brazos a ese hijo que les dejó en este mundo sin estirpe y sin consuelo.
La viuda Carlotica, sobreviviente del diluvio, murió carcomida por los recuerdos y sin síntomas de vejez porque los muertos de su tiempo no se morían de viejos sino de repente y  sin la vergüenza de haber dicho nunca en la vida una mala palabra vagando en ella misma y sin hijos y, en la soledad de  su prematura viudez, llevando con dignidad resuelta y vigorosa y con los pies puestos sobre este mundo un cerrado luto riguroso, jamás abrió puertas ni ventas a otros hombres a los que, de pronto, les despertó las ganas… y, siendo así, consagrada a su ventorrillo de hilos de pelotica; cuerdas para violín; anzuelos para la pesca de la desilusión; cuchillas para afeitar; capirotes para tontos; palillos para redoblantes; conteras para los bastones de la vejez sin remedio; dedales y alfileres; puntillas por medio peso el ciento, broches y estoperoles; chupetes de la mala costumbre para niños que ya crecidos añoraban todavía el pezón; hizo de su quincalla un negocio sin competencia y sin parodia, que no tuvo sucesor ni semejante y que, al final de los tiempos, vendiendo uno que otro botón y uno que otro paliativo para la melancolía, le sirvió para sostenerse en los trastornos provocados por la mala situación que en los años cincuenta trajo sobre el pueblo la plaga del algodón.
La viuda Carlotica murió sin píldoras de alivio, no porque sus sobrinas no se las dieran sino porque ya las había probado todas y éstas, por lo efectivas y terapéuticas que fueran, de nada le servían  ni a ella ni a nadie en el momento en que uno empieza a darse cuenta que se está muriendo por horas… A la viuda Carlotica, no hubo cómo enterrarla con música de su tiempo porque quienes la tocaban ya no vivían y quienes vivían no se sabían aquellas canciones del olvido y de la muerte.
-Acuérdense, hombe… Cómo no se van a saber ustedes el vals “Sobre las olas”, que tanto le gustaba a ella- decía “El Churre” a los nuevos músicos de la Banda de Piojó, contratados para el fúnebre momento y que, confundidos por el abrazante sol de las tres de la tarde, tras el cortejo, en tono de marcha trashumante y perdularia, no dieron sino para mal entonar las primeras notas sacrílegas del fandango “Pie peluo” sin hacer derramar una lágrima de desconsuelo a nadie… La enterraron a las tres de la tarde, la hora cierta e indefinible en que un albañil borracho, sobre la argamasa de la tapa de la tumba, con juicio de borracho y buena letra, le escribiera este epitafio que ella misma, en vida, se hiciera: “Aquí yace la viuda Carlotica.  Dura de morir…falleció a los 379 años… la vida es más corta de lo que uno cree”…
Walter53pimienta@hotmail.com

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