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La ciudadanía se divorcia
Jose Maria Barrionuevo Gil. 14.09.12 
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando la ciudadanía se entregó en brazos de su poderoso poder. No han faltado en estos años los agasajos, las celebraciones, las festividades, los aniversarios. Todo ha sido un rosario de alegrías que con el paso del tiempo han ido mermando hasta quedarse como una mojama, hasta convertirse en  filete seco  y casi salobre, que a fuerza de secado ha perdido su salero.Alguien dijo que “un hombre se divorcia, cuando encuentra a otra mujer; y una mujer se divorcia, cuando se encuentra a sí misma”. Cuando la vida se complica, no se puede perder mucho tiempo en buscar culpables y aventar infidelidades. No podemos decir que el poder se ha entregado a los brazos rollizos de los mercados y ha olvidado las ternuras que le propiciaba la ciudadanía, pero sí podemos pensar que se ha instalado en la corte del imperio.

Alguien nos contó que “mirando alrededor, se daba cuenta de que era utilizada”, pero también era una mujer de las que aman demasiado. Cuando se ama demasiado se puede entrar en una espiral casi suicida, una relación casi autista que cada día cobra más distancia. Estamos  a pocos pasos de una gran distancia, sin apenas levantar la vista, porque se comprende, se da por sabido, que “las cosas son como son”, sin caer en la cuenta de poder  pensar: “hasta que dejan de serlo”.
 Conocemos infinidad de hombres “buenos en su trabajo, incluso”, pero que se creen dueños de todo su salario y disponen de él a su antojo, sin reparar que han adquirido un compromiso conyugal o familiar. Hay muchísimos casos en que la mujer se ha tenido que tirar a la calle para fregar suelos, por lo menos, para poder sacar su casa y su prole adelante. Cuando la mujer recupera su conciencia y no renuncia a sus obligaciones familiares, empieza a pensar que no tiene que aguantar mentiras ni penurias.
 La ciudadanía ha tomado conciencia, la ciudadanía se ha encontrado consigo misma y se echa a la calle. Los que siguen con la matriz de súbditos no sienten que están siendo utilizados ni se percatan de que su querido poder ha encontrado cómo alegrar su vida, sin reparar en las privaciones a las que condena a su propia compañera de vida y viaje. Puede haber sucedido que incluso los súbditos no hayan oído la voz del pueblo que nos dice que “del amo y el mulo mientras más lejos más seguro”. Tampoco parece que  no nos hayamos enterado de que no se trata de cambiar de amo, sino de que los amos dejen de serlo. Sobre todo, si se trata de un asalto a voto armado, sobre todo, de mentiras, de cheques en blanco y de leyes del embudo.
 No sabemos si la historia se repite o si la historia es infinita o si, al menos, es cíclica. Desde los ya pasados siglos vienen los ecos de aquel  “buen vasallo, si tuviese buen señor”, que ha llegado de boca en boca hasta nuestros días. Es el boca a boca, quien lleva y trae la información, la noticia, el  dicho o el canto popular, que rueda entre todos y se presta a convocar un corro de oídos, que están como nuevos, porque no han sido atendidos. Un corro donde se escucha más que se habla, donde se aprende más que se enseña, donde se piensa más que se aplaude.
 La ciudadanía puede ser ignorante de muchas cosas, pero no puede consentir por mucho más tiempo ser ignorada. Por eso la ciudadanía abandona el ordeno y mando del imperio y se reúne en la plaza, para escuchar y aprender y no para oír palabras vacías y oscuras, que el poder tilda “de meridiana claridad”, y que se clonan hasta el infinito. La ciudadanía sale de sus casillas, se encuentra consigo misma y se resuelve en visible, por la alergia que le producía el haber sido ignorada.
 Si el poder se encastilla, se tira al monte, se camufla en el maquis de los mercados, será difícil su aproximación al pueblo. Además nadie lo reconocería por haber estado tanto tiempo alejado de su gente, pues quiso que lo dejaran  solo. Sobre todo, se perderá el vivo murmullo de la plaza al atardecer, a la hora en que las golondrinas se congregan, en corro, antes de retirarse a descansar a sus nidos para soñar.
 Quizá por todos los derrumbes de derechos, por toda la construcción de privilegios, por toda la proliferación de corrupciones y por toda la ingeniería financiera, la ciudadanía está ya que no se quiere casar con nadie.

Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.

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