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Tu diario. Libertad de expresion

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Lo siento, papá
Cuentos y relatos globales. 13.05.12 
Ronald Küppers. ronny.kuppers@gmail.com. -Me hiciste mucho daño, papá-susurré, sobrecogido por la penumbra de la habitación, a la figura que yacía inmóvil en el camastro. Los labios me temblaron al hablar, por rabia y dolor, de una herida que jamás había sanado en mi interior.
Era la primera vez que hablaba con mi padre en más de veinte años, y aún no habría sabido decir, en aquel momento, si aquella persona débil y lacia, que no era ni la sombra del recuerdo que tenía de él, era quien me habían dicho. Era la primera vez que hablaba con él en veinte años y lo único que recibí por respuesta fue el retumbar de una respiración ronca y dolorosa, que llenaba la estancia tan lúgubre en la que nos encontrábamos.

Antes de entrar, una enfermera me había advertido de que no encendiera la luz ni subieralas persianas para no molestarle. Sin saber qué hacer, me acerqué a la silla que había junto al camastro y tomé asiento, permanecí callado y observé el rostro de mi progenitor, cuyas facciones se ocultaban a mi percepción tras una máscara de oxígeno. Me costaba mantener la compostura: gritos de cólera y pena se formaban en mi interior, anudándome la garganta y retorciendo mi alma a cada segundo que pasaba.
La cabeza de mi padre se movió lentamente hasta girarse en mi dirección. En sus labios creí ver cómo se dibujaba lo más cercano a una sonrisa que él era capaz de esbozar, pero si la hubo en alguna medida se borró al instante. Su boca se abrió y de ella surgió una palabra larga y apenas comprensible, como sonaría en un niño que aprendiese sus primeras palabras:
-Richard…
-Me han llamado y he venido desde Londres porque me han dicho…-a pesar del odio que sentía, vi crecer en mi interior un amargo sentimiento de compasión al pronunciar estas palabras-me han dicho que te mueres.
Me resultaba tan extraño verle en tan deplorables condiciones; después de tanto tiempo, era como si su imagen se hubiese congelado en mi memoria y hubiese esperado encontrarle igual. Era la primera vez que recordaba haber hablado con mi padre con la ausencia de aquella sensación de tenso miedo que había impregnado nuestra horrible relación en mi infancia: ya no infundía el mismo respeto amenazador. Me resultaba espeluznante rememorar aquellos años de mi vida que él había estropeado. Desde que mamá nos había dejado por su culpa y yo me había ido de casa para no volver más, había intentado vivir en una burbuja, ajeno a lo que sabía que inevitablemente me marcaría para siempre, como si pudiese escapar de mi pasado. Ingenuo. Y a causa de ello ahora todo chocaba contra mí abriendo todas esas puertas que yo había decidido cerrar.
-Me dijeron que…-suspiré mientras pensaba cómo decírselo-…que tenías un cáncer terminal y te quedaban horas. Dijeron que tenías algo importante que contarme.
En aquel instante se alteró sobremanera, volviéndosesu respiración más agitada de lo que ya era,y arrastró un brazo delgado y tembloroso hacia mí y me agarró la mano con tal rapidezque no tuve tiempo de impedírselo: parecía que una enorme sensación de urgencia hubiera nacido en él desde que su lápida tenía fecha, como si temiera que me fuese. Y tenía razón, pues era lo que deseaba hacer, darme la vuelta y no mirar atrás. No mirar atrás jamás.
-Necesito…que…me…perdones-escupió mientras luchaba por mantener sus pulmones en funcionamiento.
Y lloré. Tras nuestro abrupto reencuentro, la única manera que encontré para resumir todas las emociones frustradas en mi interior fue llorar, y una lágrima tras otra fui bañando mi mano y la de mi padre, que me la apretaba haciendo acopio de sus últimas fuerzas. ¿Por qué no te vas de este mundo sin molestarme, después de todo lo que me has hecho pasar? Y entonces una rabia sorda afloró de nuevo en mi interior, y le acusé:
-Sabes que mamá no se perdió en el bosque. Lo has sabido siempre y me mentiste igual, papá.
La mano del magullado hombre cesó en su vigoroso apretón, y entonces dijo algo que primero fueron palabras incomprensibles, pero pronto se tradujeron en un gemido desesperado.
-¡No! No, no es cierto… lo de tu madre no fue… no fue así.
Su respiración no mejoraba y parecía muy agitado, pero entonces no me di cuenta. No a tiempo. Cegado por la ira acumulada durante toda mi infancia, a la que ahora daba rienda suelta frente a mi indefenso padre, me levanté de la silla y le dije de nuevo lo que yo había sabido toda mi vida pero él siempre había negado:
-Es cierto, no necesitas ocultártelo más: fuiste toda tu vida una desgracia para mamá y para mí. Y ahora… ¡me pides perdón! ¿Por qué perdón? ¿Porque sabes que en realidad mamá no pudo más?
-¡Basta,… por favor!
-Mamá no se perdió en el bosque, huyó de ti. ¡Lo hizo porque no la dejabas vivir!
Mis disimuladas lágrimas se habían convertido en un torrente furioso e irrefrenable, al unísono con mis palabras. Y entonces un sonido agudo e intermitente mitigó mi furia y el corazón me dio un vuelco. Una máquina empezó a pitar y mi padre calló, luego gimió, y lo siguiente que recuerdo es encontrarme rodeado de médicos.
-¡Salga de aquí, por favor!
Me dejé arrastrar hasta fuera por una doctora, bloqueado por la situación que yo había desencadenado. Mi ira se había ido de golpe como si hubiera sido barrida por una ola salada y dura. Me llevaron a unos asientos al final de la sala, y allí esperé.


Desperté de un sueño dulce, en el que volvía a mi aburrida y solitaria vida en Londres. Y entonces ya volvía a estar en aquel mismo pasillo, pero era mucho más tarde porque ya no entraba luz por las ventanas. Me levanté y miré a la enfermera que esperaba delante de mí a que reaccionara.
-Sentimos haberle hecho esperar tantas horas: se ha recuperado parcialmente, pero la próxima vez no creo que tengamos tanta suerte. Insisteen que tiene algo que darle que es muy importante.
Me levanté y me dirigí de nuevo a la habitación, pero antes de entrar miré por al ventanilla: la figura seguía inmóvil en el camastro. No quería volver a entrar. No quería pero lo hice igualmente porque no tenía fuerzas para dar media vuelta.
Cuando estuve dentro me senté en la misma silla de antes, pero esta vez no me cogió de la mano. No parecía que pudiera ya.
-Lo sé-susurró.
-¿Qué?
-Sé qué hice mal,… y por eso te… pido perdón…-paró, inspiró y espiró varias veces, y luego terminó-. No fui un buen padre… pero tu madre no huyó de mí.
Reflexioné profundamente: aún no me había hecho a la idea de lo que estaba ocurriendo allí. Cuando alguien no se cree algo dice que es como un sueño, pero yo creo que eso es ridículo, porque un sueño es demasiado irreal. Momentos así están en un punto intermedio entre una realidad totalmente asimilada y un sueño producto de la inconsciencia mental, y eso justamente me ocurría a mi. No sabía dónde me encontraba. Y mi padre seguía negando lo que le decía.
-Estoy harto de tus mentiras. No sé para qué me has llamado después de tantos años, para pedirme perdón pero luego no aceptar lo que es culpa tuya. Y lo sabes, sabes que mamá huyó de ti.
-No lo entiendes… tengo algo… que te ayudará a entender. Me queda poco tiempo.
En mi cabeza bombeaba la sangre, y no soportaba pensar que el pequeño e indefenso hombrecillo que ahora era mi padre pudiera seguir queriendo hacerme tanto daño en su lecho de muerte. No soportaba que negara el sufrimiento de mi madre: aunque yo aún era muy pequeño cunado se marchó, entendí sus razones. Siempre había soñado que un día mamá volvería para buscarme, pero jamás volvió; yo nunca había entendido por qué, pero desde pequeño me había acostumbrado a pensar que lo estaría intentando, en algún lugar…
-Arruinaste la vida de mamá y la mía, y nunca has intentado siquiera llamarme hasta ahora. No quiero nada tuyo. Pídele perdón a mamá cuando la veas allá arriba; es a ella a quien le corresponde juzgarte.
Y tras ello me levanté y me fui, ignorando sus gimoteos. No quería tener nada que ver con él, ya no. No había sido una padre ejemplar, pero lo que no podía perdonarle era el sufrimiento que pasó mamá y que la obligó a escapar de casa una noche.
Salí de la UCI para encontrarme de nuevo en la entrada del hospital. El cielo de mi natal Bristol me recibía en un halo de nubes negruzcas, acompañadas por un viento que castigaba las ramas de los árboles y los hacía tambalearse como fichas del dominó. Era la primera vez que volvía a casa desde que me había ido a la capital para llevar una vida apartada de mi padre y mi pasado. Me entristecía pensar que ya no me sentía como en casa ni siquiera allí. Me anudé los botones del abrigo hasta la barbilla y me aventuré al vendaval que reinaba en el exterior del hospital.
Cuando sacaba las llaves del coche, oí una voz que gritaba mi nombre. Me giré y descubrí a la enfermera que me había atendido. Se arropaba a sí misma del viento helado mientras corría a mi encuentro. Sacó un sobre del bolsillo.
-Por favor, cójalo. Es la última voluntad de su padre.
Le di las gracias y me resigné a aceptar aquello que mi padre había insistido tanto en darme. Era un sobre con mi nombre, pero no era la letra de mi padre. Me extrañó, pues en el reverso no había más información ni remitente. Lo abrí y saqué una fotografía en blanco y negro. En la ventisca la sujeté contra el coche para apreciarla con claridad. Y me asusté cuando lo primero que distinguí en la fotografía fue a mi madre, muy joven. Lo siguiente que distinguí fue el lugar: de fondo se veía mi casa y el porche, en la oscuridad de la noche; la foto se había hecho desde el otro lado de la calle. Y en el centro de la calle había un coche, al que mi madre se subía, ayudada por un hombre al que reconocí al instante: Craig, el mejor amigo de mis padres, que había venidoa vivir a nuestra ciudad cuando enviudó. Y con macabra certeza lo entendí de pronto.
El coche.
La noche.
Craig.
Giré la instantánea para verificar lo que me temía: fechada el11-7-1975, el día en que mi madre había desaparecido. Entonces comprendí que el mío no había sido nunca un padre modélico, pero jamás había causado el sufrimiento de mi madre. Y jamás me había mentido para protegerse a sí mismo, sino a mí. Mi madre no había huido de mi padre, había huido con su amante, y por ello papá siempre me había dicho que había desaparecido: la verdad jamás hubiese tenido cabida en mi conciencia infantil. Ahora finalmente descubría, también, por qué mi madre nunca había vuelto a por mí: nunca fuesu intención.
Respiré hondo y lo pensé de nuevo. No lo creía. La figura de mártir que era para mí mi madre se desmoronaba, y se erigía en su lugar inconscientemente el héroe en la sombra: mi padre, que había sido duro conmigo, pero no una mala persona. La culpa del declive de nuestra relación, concluí, había sido yo, que siempre le había culpado en secreto del dolor, en realidad inexistente, de mamá y había decidido distanciarme de él.
En el fondo del sobre vi un papel arrugado y viejo, escrito conla misma letra que el destinatario. Decía:

Richard,

Lo siento mucho, pero ahora comprenderás lo que te dije. Supe cuándo iba a ocurrir y allí estuve para que lo supieras. Espero que sepas cómo ayudar a tu hijo de ahora en adelante.

Dwight.

Me había equivocado, el destinatario de la carta no era yo, sino mi padre, que tenía el mismo nombre. Al parecer, Dwight había sido un amigo de verdad que se había preocupado por mi padre, a diferencia de Craig. Dwight había hecho la fotografía para enseñarle lo que estaba ocurriendo.
Maldije.Me maldijepor mi ingenuidad, por mi madre y por haber tratado así a mi padre. En un último arrebato de esperanza, guardé el sobre en el bolsillo y corrí al interior del hospital, bajé las escaleras, alcancé el final del pasillo y me detuve ante la habitación de mi padre, exhausto. Y en mi interior algo afilado y frío se hundió en mi corazón y me dejó sin aliento cuando presencié con horror cómo la vida de la persona que me había protegido hasta el final se escapaba ahora. No soportaba pensar en la crueldad de mis actos.
Empujé la puerta para entrar. La máquina ya no pitaba de manera intermitente, sino que emitía el silbido uniforme de la muerte. Una multitud de médicos con batas se agolpaba alrededor del cuerpo inmóvil de papá, con máquinas y aparatos.
-¡No! ¡No!-aullé.
Uno de los médicos me ordenó que saliera, pero luché porque no podía permitir que se fuera de mi vida sin haberle pedido yo el perdón a él.
-¡No lo entendéis, tengo que hablar con él! ¡Papá!
Me empujó fuerade la sala con la ayuda de otros, hasta que mis fuerzas me abandonaron en un sollozo cuando me di cuenta de que era inútil. Los médicos se resignaron entonces a apagar la máquina, cuyo pitido pregonaba su muerte, y a retirar los aparatos que en vano habían empleado en su cuerpo. Al abrirse de nuevo la puerta, pasaron los médicos con sus aparatos, expresando sistemáticas condolencias. Luego me asomé a la habitación, donde quedaba la enfermera que me había dado el sobre. No consiguió esconder su asombro al verme allí de nuevo. Entré y le agradecí que me dejara unos minutos a solas antes de recoger el cuerpo.
Cogí la mano fría que me había dado él horas antes. La apreté con fuerza, como si pretendiera que sintiese mi calor allá donde su alma se encontrara. Le habían quitadola máscara, y en sus facciones pude descifrar el paso de los años que habían transcurrido sin vernos. Volví a llorar, esta vez con sentimientos más profundos que cuando había llorado de rabia, inconsciente de la verdad. Si le hubiese escuchado, no sentiría los remordimientos que me acompañarían el resto de mi vida como una sombra imperecedera.
-Te quiero, papá. Lo siento.
Estrujé con ternura su mano inerte y sollocé:
-Algún día nos reuniremos y recuperaremos el tiempo perdido.

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