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"Esa inquietante mirada"
“Le miré a los ojos, grandes y relucientes, muy separados; de alguna manera parecían expresar toda su personalidad, su tranquila seguridad en sí mismo, su dignidad” *

Eduardo Saez Maldonado. 27.04.12 
La protagonista de la foto adjunta, no sabe hablar nuestro idioma. Pero sí es capaz de transmitir con la mirada a su interlocutor humano su agradecimiento por todo lo que ha hecho por ella (desde que la rescató agonizando de un basurero cuando aún era un bebé de pocos días), por su hijo, que también lo mira con afecto, y por el resto de orangutanes que se están salvando de la muerte gracias a la organización creada al efecto en Indonesia (“Los pensadores de la jungla.” G. Schuster, W. Smits y J. Ullal).
El hombre, con unas raíces rurales obvias aún muy presentes, y que ha tenido que luchar duramente por sobrevivir a lo largo de la historia, ha tratado siempre a los animales como herramientas que reportan algún beneficio: alimento, trabajo, diversión… sin otorgarles derecho alguno. Y no sólo a los animales: hace poco más de un siglo los hombres de otras razas (en particular los negros) eran tratados con la misma crueldad. La evolución cultural ha ido moldeando progresivamente los criterios con los que tratamos al prójimo. A finales del siglo XVIII, en un momento crucial en la historia de la humanidad, comenzaron a surgir voces defendiendo la existencia de unos derechos básicos aplicables a todos los hombres, independientemente de su raza, sexo, religión etc.

La competición por la vida no lo justificaba todo. Esta corriente derivó, entre otras cosas, en la abolición de la esclavitud. Más tarde, en 1948, la Organización de Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos que comienza diciendo: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;”

Siendo yo un chiquillo, el perro de mi vecino mató un gallo que ambos habíamos criado desde que nació. La madre de mi amigo dejó el gallo muerto sobre la mesa de la cocina con la evidente intención de cocinarlo para la comida. Mi amigo y yo, en un descuido, cogimos el gallo y corrimos al monte a enterrarlo en un lugar secreto. No podíamos comer un ser con el que habíamos desarrollado un vínculo afectivo. Esta historia no es muy original. Muchos niños han pasado por situaciones parecidas. Pero claro, qué sabrán los niños.

Últimamente algunos adultos también empiezan a hablar de los derechos de los animales. Y se empieza a legislar. Una estupidez en opinión de muchos. Los defensores de los derechos de los animales (animalistas se llaman ahora) no pretenden que comamos sólo lechuga. Tenemos que matar para comer. Es nuestra naturaleza. Pero nuestro desarrollo cultural, el mismo que nos llevó a abolir la esclavitud y a redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos llevará sin duda a evitar sufrimientos innecesarios en la cría y sacrificio de los animales que utilizamos para nuestra alimentacióno experimentación científica y,de la misma manera, nos llevará también a ir dejando de lado progresivamente actividades que, como la caza (convertida ya en una actividad exclusivamente lúdica) y los festejos populares que se centran en el maltrato a animales (el toro en particular en España), que aunque están muy arraigados en nuestras tradiciones suponen ya un comportamiento poco admisible moralmente. Y aunque es cuestión de tiempo, hay que ir dando pasos en su erradicación.

El gobiernode Zapatero llevaba desde 2004 en su programa electoral el desarrollo de una ley de protección de los animales. Se ve que no tuvieron tiempo. También lanzaron unainteresante iniciativa para promover el desarrollo de una normativa que otorgara ciertos derechos a aquellas especies más cercanamente emparentadas con el hombre. Se llamó Proyecto Gran Simio y tampoco tuvo mucho recorrido más allá de colaboraciones puntuales con algunos proyectos de conservación. Lo que sí generó fue gran algarabía y burla generalizada entre el gran sector de la población que no reconoce a los animales derecho alguno sino que considera que han sido “creados” (como el resto del planeta) para servicio del hombre y su sagrado desarrollo. Dar derechos a los monos…valiente idiotez. Por desgracia, la actual coyuntura política no nos hace estar muy esperanzados (más bien al contrario) en que estos asuntos sigan evolucionando, aunque sea despacio, en la misma dirección.

Por su parte, la ciencia ya incluye en nuestra familia, la de los Homínidos, además de al hombre actual y a sus antepasados recientes extintos, a los grandes simios: orangután, gorila y chimpancé. Obviamente no es a esta familia a la que se referían los redactores de la declaración Universal de los Derechos Humanos a que antes hacía referencia. No obstante, no conviene perder de vista que las líneas evolutivas de hombre y chimpancé, nuestro pariente vivo más cercano, se separaron hace sólo unos 6 millones de años. Quiere esto decir, que si elaboramos nuestro árbol genealógico unas 250.000 generaciones atrás, nuestro antepasado era un homínido de aspecto no muy diferente al de los actuales chimpancés. Y es que, como afirma José María Bermúdez de Castro (co-director de las excavaciones de Atapuerca), en su sugerente libro “La evolución del talento”: “Podríamos decir que existe una tendencia evolutiva en los simios antropoides hacia el incremento de la capacidad craneal … de la que nosotros participamos como una especie más del grupo. No somos distintos de ellos. No nos hemos separado de ellos ni nos hemos acogido a leyes naturales diferentes. Somos lo que somos: primates muy encefalizados.”

Si es usted de los que, si le dice alguien que se ha gastado 300€ en el veterinario, piensa  que le saldría más barato un perro nuevo… Si no se inmutó cuando vio la fotografía de Su Majestad Rey orgulloso junto al cuerpo de un elefante al que acababa de matar sólo por placer… Si se sonrió con sorna cuando se enteró de lo del proyecto Gran Simio… Si nunca ha mirado a los ojos a un animal… observe con detalle la foto adjunta. Esa inquietante mirada…


Eduardo Sáez Maldonado.


* Jane Goodall (Gracias a la vida)

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