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Pregón del Domingo de Ramos de Alhaurín de la Torre
En la Casa de la Cultura el 9 de Marzo del Año de Nuestro Señor, 2012

Juan Ignacio Castillo Martín. 13.03.12 

Recuerdo el día que llegué a Ti y aún no te conocía
La primera vez que te vi, sentí que ya te quería
Toqué tu mano, poderosa y divina, y mi corazón se estremecía
Miré tu cara, dulce y serena, y comprendí, lo que sin palabras me decías…

Canta mi bello Alhaurín
Grita gozoso que tu Dios viene a ti
Manso y con la mirada baja
Suave y con paso marinero

Un palio de tu esencia cubre su divina estampa
Una mano alzada dispuesta a bendecirte
Un halo de luz en la mañana
La inocencia que se torna en vida
Canta mi bello Alhaurín
No vayas a Él
Que Él viene a ti
Hosanna el que viene en el nombre del Señor
Vida pura que llega para hallar la muerte
Buena muerte que hallará la vida
Mensajero que trae Paz y Amor
Dios hecho hombre
Humilde y sencillo
De corazón puro y limpio, como el de tus niños
Canta mi bello Alhaurín
Que con Él viene la Esperanza
Hermoso nombre para una Madre
Brisa fresca en la mañana
Dulce consuelo de los que aman
Alma generosa y noble
Majestad en su mirada
Color azul cielo bendito
Canta mi bello Alhaurín
Que viene tu Cristo
Tu Cristo, Pollinico.


Reverendo Padre
Excmo. Señor Alcalde
Señoras y Señores miembros de la Corporación Municipal
Autoridades Civiles y Militares
Hermanos Mayores y Representantes Cofrades hoy aquí presentes
Señor Hermano Mayor, amigo mío, y Junta de Gobierno de la Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Paz y el Amor en su entrada en Jerusalén, y María Santísima de la Esperanza denominada Pollinica
Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo
Señoras y Señores
Amigos todos

Sean mis primeras palabras de agradecimiento para quien ha dispuesto hacia mi persona tan bellas y elogiosas palabras, que no hacen más que poner de manifiesto el cariño, que, producto de una gran amistad, me profesa del mismo modo en que tengo el honor de llamarme amigo suyo con el cariño, puro y sincero, que también le profeso a él.
Tus palabras, querido Agustín, quedarán marcadas en mi corazón y te prometo recordarlas siempre como la mejor prueba de la hermandad que nos une, pues eres mi hermano y como tal te aprecio.

Confieso que esta es una noche especial para mí, hace algunos meses, cuando mi Hermano Mayor y amigo, José Manuel López, me propuso ser pregonero poco menos que lo traté de loco, pero confieso que, pese al primer miedo que aquella proposición me causara, instantes después pensé, como debe ser, que no hallaría quien les habla mayor honor que poder  pregonar aquello que, desde hace ya algunos años, me vuelve loco con la llegada de la primavera, el Domingo de Ramos.
Sin que por ello quede exento de asumir una responsabilidad tan grande y que me produzca tanto respeto.

Se me ha requerido, otorgado diría yo, tener el privilegio de ser quién, con palabras, describa el que es, por derecho propio, uno de los días más importantes en la vida de este pueblo nuestro que cada primavera saca a pasear sus tesoros más preciados enmarcados en su Semana más grande, se me ha pedido pregonar el Domingo de Ramos, casi ná!!

Es para mí un verdadero honor poder hoy compartir con todos ustedes lo que siempre he afirmado en llamar “sentimiento pollinico” y es por ello que en este momento le pido a Nuestro Padre Jesús de la Paz y el Amor la fuerza y el corazón necesarios para poder llevar a cabo la tan importante labor que se me ha encomendado y que espero desempeñar estando a la altura de los que han sido mis predecesores y que con tanta maestría y buenas dosis de sentimiento cofrade hicieron un día, como hoy, que el Domingo de Ramos de Alhaurín de la Torre se viviera de manera mágica días antes en nuestros corazones.
 
Predecesores que un día subieron aquí y mostraron su fe y su devoción por nuestra Semana Santa, con los que tuve la oportunidad de compartir momentos sublimes llenos de corazón, de alma y de vida, porque… eso es la Semana Santa, corazón, alma y vida, sentimientos que regamos con una buena dosis de arte y con el amor que sólo aquí somos capaces de poner ante tanto dolor y sufrimiento mostrados por nuestros Cristos y Vírgenes en los que nos reflejamos con nuestros pesares y a los que nos encomendamos, sobre todo ahora, cuando algo no va bien, pero también a los que sabemos darle gracias y a los que, por encima de todo, aceptamos su voluntad simplemente con decir aquello de: “que sea lo que Dios quiera”.

Y eso es lo que ahora hago, cuando me dispongo a hacer de este momento un lugar donde refugiar mis sentimientos, un lugar donde exaltar la fe cristiana desde el respeto, desde la devoción y donde sólo pretendo ser quien ponga voz a cientos de corazones que, como el mío, desean ver ya sobre su pollino al mejor de los nacidos.
Cuando pienso, osadamente, en llamarme pregonero, subo a este atril y dejo que sea Cristo, quien me dé el valor de decirles a ustedes lo que por Él siento.  
 
Y esto es algo, porque justo es decirlo, que tengo que agradecerle especialmente a mis hermanos y hermanas “pollinicos”, por haber depositado en mí la confianza y la fe ciega de que sea este humilde servidor quien tuviera tan alta distinción que sin duda alguna agradeceré como creo que deben agradecerse estas cosas, con más amor a mi Cofradía, con más amor a mis hermanos y hermanas, con sentirme, aún más, si es que se puede sentir uno todavía más, orgulloso de ser miembro de esta hermandad tan humilde y sencilla pero tan grande y noble como la nuestra, igual que el pueblo que un día me viera nacer y al que le debo mi vida entera, humilde, sencillo, grande y noble, de sentirme, todavía más, orgulloso de ser:
¡¡alhaurino y pollinico!!.

PRESENTACIÓN DEL CARTEL ANUNCIADOR

Pero hoy también es labor de este pregonero hacer público el heraldo que nos anunciará la llegada del Señor.

Hace pocos días, en una magnífica tarde de invierno que año tras año nos brinda mi querido Agustín en su casa, tuve la oportunidad de conocer a José Marín Ruiz, nuestro artista, malagueño criado en Comares por su madre Emilia y por su abuela ya que su padre, como muchos otros entonces, fue emigrante en Suiza donde estuvo doce largos años y al que José, me dice emocionado, sólo veía apenas un par de veces al año. Chapista de profesión, casado y con una hija, Estefanía, a nuestro artista le nace la pasión por la pintura desde muy niño ya que, como él mismo afirma, sólo pinta cuando siente.
Tal era su pasión que, buscando descubrirse aún más en su talento estudió durante un tiempo pintura en la Escuela de Arte y Oficio de San Telmo, en Málaga.

Un hombre sencillo y amante de un arte, el del lienzo, que, como no podía ser de otra manera desarrolló, y digo bien, desarrolló porque el talento ya hay que llevarlo puesto de casa, junto a un ilustre Maestro de quien me enorgullezco en poder llamarme amigo, mi querido Ruiz-Juan.

Aquella tarde fue la primera vez, como todos los que allí estábamos, que vi, lo que ahora ustedes van a tener el gusto de poder presenciar, de poder admirar, porque cuándo se tiene delante la obra de José Marín no se puede hacer otra cosa más que admirarla.

Por ello, y sin más demora, para descubrir lo que con tanto pudor se ha guardado hasta ahora y con el fin de que todos puedan disfrutar ya, de tan sublime obra, solicito la presencia en este escenario de nuestro artista, Don José Marín Ruiz, y de nuestro Hermano Mayor, Don José Manuel López, y que sean ellos, como corresponde, quienes hagan el honor de enseñarnos el sentimiento y el corazón plasmados en ese lienzo.
(Acto de descubrimiento del cuadro)

Enmarcado en el nuevo Realismo Figurativo la obra nos sumerge en el mundo de espiritualidad y reflexión del propio autor mediante los duros contrastes de las formas junto con la suave línea del horizonte que divide la composición en dos.
La obra, cuya calidad de pasta y tonalidad ha sido ajustada en la paleta dentro de los tonos grises, está resuelta con pincelada suelta pero enérgica y moderna gracias a las zonas de luces y sombras que forman un fuerte contraste muy cercano al usado por los pintores expresionistas de principios del siglo XX, hecho que puede apreciarse, sobre todo, en la figura de su protagonista que parece saber, como así era, que sabía donde iba y lo que le aguardaba.

Este es el lienzo que anunciará, de nuevo, la venida del Señor,
Este es el cartel que desde mañana mismo adornará las calles y escaparates de nuestro pueblo,

Él nos dará conciencia  de que un hecho único volverá a suceder.
El Hijo de Dios,  más hombre y más humano que nunca volverá a nosotros.
Y lo hará de forma humilde y sencilla, pero lleno de majestad y grandeza.
Lleno de vida, presto a hallar su muerte.
Y lo hará como Rey, pues como tal será aclamado por todos.
Su camino lo alfombrarán cientos de pequeñas vidas que girarán a Su alrededor, unos llorarán, otros reirán, otros gritarán, otros jugarán…, delante, la denominada “acorazada pollinica” sentados en sus cochecitos con apenas meses o días de vida. 
También  ellos le acompañarán en el bendito cortejo de hebreos que agitarán sus palmas convirtiendo las calles de Alhaurín en un mar de color oro que trae consigo la brisa fresca de los corazones más puros e inocentes.

El desorden es tal que resulta hasta maravilloso verlo, ya lo dijo el Maestro: “dejad que los niños se acerquen a Mí, porque de los que son como ellos, será el reino de Dios”.

Junto a ellos, sus siempre solícitas madres y sus orgullosos abuelos, en todos ellos, bajo la soledad del capirote, he visto siempre la presencia de la Esperanza, de María Santísima Madre de Dios que acompañan al Hijo del Hombre de la mano de sus tesoros mas preciados.

Años atrás, quienes me han precedido en este menester, han hablado de Ella alabando su nombre, ensalzando su figura y esperando su llegada con el deseo de poder verla, de poder tocarla, de poder rezarle mirándola a los ojos…

Hoy, este humilde pregonero, tiene la suerte de hablar de ella habiéndola visto y tocado, de haberle rezado arrodillado a sus pies, de haber besado sus manos, de haberle pedido y haberle dado gracias por todo lo bueno que nos ha dado y que estoy seguro habrá de darnos.

Y es que las cosas suceden porque convienen…

Allí, en un último estante del taller de Pepe Dueñas, en tercera fila, mientras Pepe hablaba y hablaba de lo que se podía hacer y lo que no, estaba Ella.
Todos los que allí estaban se fijaron en Ella.
Como si los hubiera llamado.
De pronto, tímidamente alguien preguntó ¿podemos ver aquella, la de la última estantería, la que está atrás del todo?.
Con aquel boceto en la mano que fue encargado por un cura hace años para un barrio de Granada y al que no fue porque su sitio era este, todos, absolutamente todos se miraron y dijeron: “Es Ella, es la que queremos”.

Por fin, la Virgen de la Esperanza está, además de en nuestros corazones, en nuestras vidas, presente y guapa, radiante como sólo la Madre de Dios puede estarlo al ver a su hijo aclamado por ser la mano salvadora de este Mundo incierto que día tras día nos muestra la realidad de la vida misma.

Su mirada es eterna
Su cara dulce,  tersa
Se le aprecia una sonrisa dibujada
Sus manos de Reina
Hermosas y delicadas
Sus ojos son un poema de amor,
Cálidos como el atardecer de su mirada
Un sueño hecho verdad
Aliento de vida
Luz en la madrugada
Llamada a ser consuelo
De los que la necesitan
Cuando la vida se muestra más amarga
Brisa de dulces besos que vuelan hasta su manto
Camino de estrellas para sus pasos
Lucero al venir el alba
Luna tierna en el ocaso
Eres Madre Bendita
Coqueta y bonita
Que ganas tenía de verte
Madre y Señora
Tu nombre me suena a Gloria
María, que tu nombre es ternura mecida
Que bendice cada casa y cada amor
Cuántos días de añoranza
Que alegría de tenerte…
¡Virgen de la Esperanza!

La Semana Santa es inaugurada en Alhaurín por el Domingo de Ramos, que tiene desde 2006, Año de Nuestro Señor, un protagonista indiscutible por derecho propio: Nuestro Padre Jesús de la Paz y el Amor.

Y es el día en el que se celebran las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos y palmas en honor de Cristo, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos.

Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la Ciudad Santa poco antes de ser crucificado. Debido a las dos caras que tiene este día, se denomina "Domingo de Ramos" (la cara victoriosa) o "Domingo de Pasión" (la cara dolorosa).
Por esta razón, el Domingo de Ramos comprende dos celebraciones: la procesión de ramos y palmas y la eucaristía.

Lo que importa en la primera parte no es el ramo bendito, sino la celebración del triunfo de Jesús.
 
Por ello, la Cofradía, dispuso desde sus inicios comenzar el acto en lo que bien pudiéramos llamar una iglesia secundaria, aunque yo la llamaría… especial, única: la Finca “El Portón”, maravilloso enclave que aúna en esa mañana fresca de primavera a cientos de almas que acuden al llamado del Señor y que con la procesión en la calle dan lugar al simbolismo de la entrada en Jerusalén, representada por el templo principal, la iglesia de San Sebastián.

Por ser creyentes, por estar convertidos y por haber sido iniciados sacramentalmente a la vida cristiana, pertenecemos de tal modo al Señor que, al celebrar con la procesión su entrada en Jerusalén, nos asociamos a su seguimiento.

La Semana Santa en Alhaurín empieza y acaba con la entrada triunfal de los redimidos en la Jerusalén celestial.
Del aspecto glorioso de los Ramos y las palmas de la Pollinica pasamos al doloroso de la Pasión del Jueves y del Viernes Santo que no dejarán nunca de hacer brotar sentimientos en nuestros corazones.
Esta transición no se deduce sólo del modo histórico en que transcurrieron los hechos, sino porque el triunfo de Jesús en el Domingo de Ramos es signo de su triunfo definitivo.
Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor.
Va a morir, más para resucitar.
El Domingo de Ramos en Alhaurín es inauguración de la Pascua, es paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de  la  muerte a la vida.
El Domingo de Ramos en Alhaurín es Paz, Amor y Esperanza.
Alhaurín se despierta alegre y más viva que nunca.
Alhaurín es… Semana Santa,
Alhaurín es… Pollinica.

Y para que todo esto sucediera, para que cada Domingo de Ramos en nuestro pueblo se convirtiera en la hermosa realidad que es hoy, hubo de ser primero un sueño…

Porque los sueños son sumamente importantes, ya que nada se hace sin que antes se imagine.

Verán ustedes…;

El mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.

Estoy convencido de que nada sucede por casualidad.

Está demostrado que el destino existe, que nada sucede al azar.
 
Cristo fue capaz de decirle a Pedro: “antes de que el gallo cante me hubieres negado hasta tres veces”, ¿por qué le dijo Cristo esto a Pedro? Porque sabía lo que iba a suceder, sabía cual era su destino.

No fue casualidad que aquel 16 de Mayo, allá por el año 2002, mi querido amigo y hermano Paco Peral consiguiera reunir a las personas que, ignorantes de lo que allí iba a suceder, fueron prestos a su encuentro.
Y que al conocer el motivo de su llamada no dudaron un segundo de que la nueva idea que allí se expuso de hacer una procesión de olivos y palmas en el Domingo de Ramos donde los niños pudieran ser protagonistas habría de ser, de forma inevitable, una realidad.

Había nacido, probablemente sin que ellos lo supieran, la Cofradía de la Pollinica de Alhaurín de la Torre.
 
Era su destino…

Nunca nadie dijo que los comienzos debieran ser fáciles, y no los fueron.
La fe, el convencimiento, y principalmente la constancia de aquellas personas que fueron fuertes de espíritu y,  porqué no decirlo, “cabezones” como decimos aquí, hicieron posible la obra.

Y es que no podía ser de otra forma, el destino había reservado para Alhaurín una nueva semilla que habría de germinar inevitablemente en cada primavera.

Nadie puede ponerle diques al mar, un mar bravo pero noble representado por hombres y mujeres que quisieron poner su tiempo y su vida en dar la oportunidad única y también histórica de hacer que los niños y niñas de nuestro pueblo se acercaran libres y resueltos al Hijo del Hombre siendo protagonistas, como se pretendía, de la Semana Santa Alhaurina.

Que nuestro pueblo se vistiera de hebreo y que bañara sus calles con la alegría que solo esos “locos bajitos” son capaces de darnos.
Trataron de impedirlo,  no lo consiguieron.
Porque no se puede conseguir parar la obra del Señor.
Porque Cristo quiso tener en Alhaurín el sagrario perfecto: los niños, en ese sagrario habrían de caber la alegría, la inocencia, la paz, el amor, la fe y la palabra, la ilusión y la esperanza de ser como ellos: limpios y puros de corazón.

Y así llegó Él, Rey de Reyes, Maestro, Señor.

Nacido de la gubia del maestro Martín Simón hace ya… casi tres cuartos de siglo.

Y llegó como siempre llega, humilde,  rescatado del ostracismo al que fue sometido por la mano del hombre porque decían “pesa mucho”,  hoy todavía se preguntan por qué le dejaron marchar.
El paso del tiempo y la inconsciencia de la obra que se hallaba en su poder habían hecho mella en su divina talla.

Vino a Alhaurín de forma callada, entregado a un destino que solo Él conocía.

Tras aquellas capas de tiempo y polvo traía consigo el haber vivido días de gloria,  no en vano fue en sus inicios Pollinica y Señor de Málaga, privilegio del que fue relegado porque alguien, de forma equivocada entonces pero certera para nosotros ahora, pensó que no era una talla lo suficientemente bella para salir a bendecir las calles de la capital que en aquellos años se reponía, como España entera, del fratricidio de una lucha que enfrentó a hermanos.

Aquí, en Alhaurín, encontró manos expertas que le devolvieron a su belleza original oculta bajo el paso inexorable del tiempo y del desconocimiento del hombre que, estoy seguro, porque nada es casual, Él mismo había provocado.  

Y digo que lo había provocado porque fue Él quien, conociendo su destino, decidió pasar por dichos avatares para llegar al fin al pueblo donde realmente quería estar, a su “Jerusalén alhaurina” y particular que año tras año venera su llegada.
Porque es aquí, en nuestro pueblo, donde ha encontrado el calor y el amor que solo esta tierra es capaz de dar.
Es aquí donde con la explosión de la primavera recibe el aliento de un barrio, el de Las Palmillas, que lo traslada a ese templo que es jardín de Dios en la tarde del Viernes de Dolores.
Es aquí donde encuentra altares de palmas y balcones engalanados con el manto burdeos, que es color de Rey.
Es aquí donde el Pescador de Hombres suena de manera mágica en las pequeñas voces de los niños y niñas del colegio San Juan. Es aquí donde Él se para delante de ellos, los mira, les sonríe, les bendice.
Es aquí donde la tenue luz del Sol al atardecer ilumina su cara divina y su torso esbelto.
Es aquí donde los pliegues de su túnica dejan a la imaginación la figura todopoderosa que inexplicablemente será herida.
Donde la majestad de su mano saluda a los pequeños que, a su manera, entonan cánticos celestiales en honor a Cristo.
Donde los portadores lo aguantan más con el corazón que con sus fuerzas en un maravilloso “pa´lante y pa´tras” “pa´tras” y “pa´lante” que no acaba nunca.
Donde el hombro deja de ser hombro para convertirse en pisada de Cristo.
Donde claveles y rosas bañan al Señor Pollinico al vaivén de su paso marinero.
Es aquí, sólo aquí y en ese momento, donde el silencio se hace niño y el Dios, se hace hombre.

Cuántos buenos momentos, y malos también, para que engañarnos… pueden llegar a vivirse en nuestras Cofradías y Hermandades.
Y todo con el único afán de hacer que nuestra Semana Santa sea lo que merece ser y lo que es, la conjunción perfecta entre el sentimiento más verdadero y la pasión más desbordada con el delicado toque de belleza propio de nuestra cultura mezclados entre sí y…, aunque algunos no lo crean, todo ello regado por la dosis justa pero pura de Fe y de amor por Cristo.

En el momento en que escribo estas palabras dentro de mi cabeza se amontonan infinidad de recuerdos que soy incapaz de contener de forma callada.

Nuestra Semana Santa es de todos, porque entre todos la hacemos, la vivimos, la trabajamos e incluso, porqué no decirlo, la soñamos.

Me vienen a la memoria, en la bien llamada soledad del pregonero que ahora entiendo, recuerdos de nuestra Semana Santa y de mi niñez.
Recuerdos de cuando una y otra vez entre los niños nos preguntábamos “¿tu que eres, verde o morao?”.
Recuerdos de cuando una vez acabada la Semana Santa jugaba junto a los niños de mi barrio de Carranque a las procesiones, y es entonces, cuando de forma emocionada, no puedo evitar acordarme del mejor amigo que tuve y tendré jamás, mi amigo Juan Miguel, Juanmi, como cariñosamente le llamaba aunque todos le conocían por el “Chirri”.

Yo obligaba a mi madre a terminar cuanto antes con el tambor de detergente, de aquellos antiguos redondos de cartón, para cortarlo por la mitad y que gracias a la tapa de plástico durísimo que traía hacerme un tambor que atronara en todo el barrio.
A Juanmi, su padre, Miguel, le hizo un fusil de madera que bien pudiera tratarse de una obra de arte mas que de un juguete, que cosa más bien hecha...
Él era el cabo de los gastadores, yo era el de los tambores, trompetas no teníamos, tampoco las necesitábamos, las niñas portaban los banderines y guiones que en la mayoría de los casos eran palos de fregona con gasas de bebé de aquellas que no hace mucho tiempo todavía se lavaban.

Hacíamos los pasacalles a paso ligero, perfectamente alineados, las calles de Carranque eran pasto de una chiquillería que alargaba la semana santa durante todo el verano.
El trono no era más que una tabla de madera vieja con una cruz anudada y cuatro hierbajos verdes con cuatro amapolas de la Huerta Alta donde, en el antiguo camino de Fuentegrande, hacíamos la salida y el encierro de nuestra particular procesión.

Y a todo aquello, producto de la bendita imaginación de cuando se es niño y en el afán de imitar aquello por lo que nuestros padres sentían especial devoción, mi amigo Juanmi tenía la gracia de llamarlo, la Banda, y se lo tomaba tan en serio que más de una vez acabamos a tortas, pero nunca, nunca dejamos de ser amigos.

Nuestro Señor tuvo a bien con apenas 25 años llamarlo a Su lado, cómo antes llamó a su madre, la Antonia Peña, mujer buena donde las hubiera.
El paso del tiempo hizo que Juanmi y quien les habla se distanciaran, el instituto, el encuentro de nuevos amigos, la novia,… en fin, la vida… pero insisto, nunca dejó de ser mi amigo.
Una mañana mi madre me despertó con la fatal noticia de que mi amigo había encontrado la muerte… ganándose la vida, extraña paradoja del destino, una futura esposa y un hogar que ya le esperaba en el Cordobés quedaron en el camino.
Nunca lo entendí, ahora me consuelo a mí mismo y me digo que Juanmi se fue porque a Cristo le hacía falta en el cielo un jefe para la banda que estaba formando para que los niños y niñas, pequeños ángeles inocentes de todo el mundo que están también junto al Señor, aprendieran a jugar a las procesiones con el entusiasmo y el corazón que solo Juanmi sabía ponerle a estas cosas.

En el fondo, lo que siento es que nunca pude despedirme de él, y decirle que fue, ha sido y será el mejor amigo que tuve.
Por ello le dedico estas palabras, permítanme que sea mi pequeño homenaje a lo que es, para quien les habla, el verdadero origen de la gente de nuestro pueblo.
Gente que como Juanmi, son personas llanas y sencillas, nobles, con genio.
Gente que pone el corazón y el alma entera en lo que creen porque creen en lo que hacen, que se abren a los demás y los acogen de buen grado porque los que vienen son iguales, les enseñamos lo que somos y aprendemos de lo que traen.
Juanmi y todos los que éramos de la banda aprendimos de nuestros padres el amor por nuestra semana santa, el amor por nuestras costumbres y tradiciones.
Semana Santa, costumbres y tradiciones que son hoy la mejor carta de presentación de un Alhaurín que se ha hecho grande gracias al esfuerzo de todos, de los que estábamos y de los que vinieron, de los que éramos y de los que somos, de los que decimos aquí está lo mío que es tuyo y de los que llegan y dicen aquí están mi hombro y mis manos.
Que no haya ninguna novia, ni instituto, ni nuevo amigo que nos distancie, que aún cuando acabemos a tortas sigamos siendo amigos y hermanos, como con Juanmi, que tengamos la oportunidad de estar cerca siempre, después, como me sucediera, quizá sea tarde.

Querido amigo, dale un beso a tu madre y para ti, un abrazo emocionado, te echaré de menos siempre.
Vaya para ti mi recuerdo y mi homenaje.

El destino, me hizo llegar a esta Cofradía de la que me siento orgulloso en pertenecer.
Insisto, nada sucede al azar.
Él, nuestro Señor y mi único Dios, tenía para mí, como para todos, un lugar reservado en la por ahora corta pero intensa historia Pollinica.

Porque fue Él y no me cabe la menor duda quien ha dispuesto que cada Domingo de Ramos en Alhaurín sea el preludio de una alegría desbordante que habrá de acabar en pasión y muerte.
Fue Él y no otro quien, por ejemplo, decidió trasladarse por las calles de “Las Palmillas”, Domingo de Palmas, Palmillas.
Fue Él y no otro quien dispuso su casa en el barrio de “la Alegría”, niños, alegría, y… que casualidad, allí ya veneraban a su Madre, la Virgen de la Esperanza.

Ha sido Él quien cada Domingo de Ramos me ha permitido vestir de nazareno para cumplir penitencia de forma callada, y, bajo esa intimidad que a pesar de la multitud te da el capirote, poder ponerme, como si estuviera solo, delante de Él y darle de corazón mil gracias.
De poder hablarle y sentirme cerca, muy cerca de Él, de poder casi con el alma acariciar sus pies, de cogerme de las cuerdas de su pollino y de ir con Él a donde me lleve.
Él me ha permitido que cada Domingo de Ramos, de la mano de Lourdes, mi mujer, vayamos al encuentro del Señor.
Es el mejor paseo del año…
El pueblo aún duerme y los primeros rayos de Sol asoman por Jabalcuza, una brisa fresca levanta suavemente las capas de nuestras túnicas, de la mano, asomamos por la entrada a la nueva casa del Señor, una finca del Portón más hermosa que nunca alberga entronizado al mejor de los nacidos, aquel que poco más tarde entrará en Alhaurín triunfante, a pulso, aquel al que llevan casi un centenar de hombres que hacen del momento el más digno de cuántos haya, en ese momento vuelvo a hablarle y le pido diciéndole: ¡Señor dales fuerza, vamos elegantes que llevamos al Rey de Alhaurín!.
Aquel que cuando dispone su llegada se sitúa bajo esos cuatro cirios naturales de la Concepción, aquel por el que, llegado ese momento, le doy de nuevo las gracias.
Y aquel por el que lloro y libero mi alma.


Una vez alguien me preguntó: ¿por qué se llora?

Permítanme contarles, otra historia…

Domingo 17 de abril de 2011, no es un Domingo cualquiera, no, es Domingo de Ramos.

Me levanto temprano, como siempre, nervioso, como siempre, aunque reconozco que este año quizá más nervioso que nunca.
Por un lado, pendiente de una segura paternidad que se resiste y que como consecuencia, por otro lado, me impide estar, como cada año, al frente de la procesión, me impide vestirme de nazareno e ir a la finca el Portón al encuentro del Señor como cada año.
Reflexiono, ardo en deseos de salir corriendo, pero no, lo primero es lo primero, respiro… y lloro.
La mañana amanece soleada, una brisa fresca y renovada acaricia las calles de un Alhaurín que poco a poco despierta para recibir a Jesús de la Paz y el Amor.
Una brisa que esta vez no levanta suavemente nuestras capas nazarenas, un paseo que esta vez es distinto.
Llego con mi mujer al Portón, no puedo evitar entrar a abrazar a mis hermanos pollinicos, a mi hermano mayor, José Manuel, le doy un especial abrazo y le deseo toda la suerte que merece en su primera estación de penitencia desde que accediera al cargo.
Miro al Cristo pollinico, mi Cristo, va como siempre y como nunca en su día más grande, el Domingo de Ramos, una multitud de claveles y gerveras de color rojo adornan su trono, ramas de olivo, cortadas especialmente para Él, alfombran sus pies.
Más guapo no se puede estar.
De entre las hojas de los frondosos árboles de la finca se cuelan algunos rayos de Sol que iluminan su cara, una cara, un semblante dulce y sereno que me da la calma que tanto me falta.
El cortejo se prepara, cientos de niños y niñas ataviados a la antigua usanza hebrea se sitúan para acompañar al Señor de la Pollinica.
Autoridades municipales, civiles y militares, todos engalanados, como es preceptivo, para recibir al Hijo de Dios.
Cientos de palmas color oro comienzan a desfilar detrás de la Cruz guía a su salida de El Portón, en cabeza los más pequeños en sus cochecitos, pues muchos aún no andan, con sus dispuestas madres, siempre pendientes de ellos.
Detrás, aunque siguen siendo pequeños, aquellos que ya revolotean, que saltan, que ríen, que juegan... alegres e inocentes, padres y abuelos les llevan de la mano intentando poner un orden que no es tal.
¿Que más da?...

Mientras ello va sucediendo, dentro, en el Portón nuestro amigo y hermano Manolo Molina se dispone a dar los primeros toques de campana, honor que la cofradía le concediera por su incondicional apoyo y servicio a la misma pero… algo único, mágico diría yo, sucede antes:
Dos hermosos niños, recién nacidos, son presentados a Jesús de la Paz y el Amor con hermosas palabras que solo un genio como Manolo podía decir ante la inocente y mágica mirada de aquellos pequeños a los que el Señor pude ver, ¡sí!, pude ver que les sonreía…
En ese momento sentí, lo reconozco, envidia sana.
Miré a mi esposa, nos cogimos de la mano, y bajito, con la voz quebrada nos dijimos: "El año que viene, el nuestro".

Mi corazón empieza a palpitar fuerte, una extraña mezcla de sentimientos me invaden, la alegría de poder vivir un nuevo Domingo de Ramos se confunde con la congoja de no poder ir de nazareno calle arriba y calle abajo, de no poder acercarme al trono y decirle al mayordomo, “vámonos capataz, ponerse derechos que lleváis al Rey de los Cielos, elegantes y gallardos que sois los pies de Cristo…”

De no poder, desde la bendita intimidad del nazareno, ponerme frente al Señor y ver su dulce cara al prodigioso vaivén del paso marinero de su altar en la calle y de no poder hablarle como solo en esos momentos se le puede hablar al Señor, a solas, a pesar de los cientos de personas que, como sucediera entonces, le aclaman hoy.
Y hablarle de corazón, pues son muchas las cosas que le confieso y mucho lo que le pido.
Y todo, como decía antes, bajo el capirote.
 
No, este año me dedico a estar con mi mujer, calle arriba y calle abajo, no vaya a ser que tengamos que salir volando “pa” el Materno, y veo la procesión, y veo al Señor y le pido que en el momento más importante de nuestras vidas, el del nacimiento de nuestro hijo, esté con nosotros.

Me acerco a la iglesia, es la hora del encierro, me encuentro con mi familia y con mis amigos de toda la vida, para mí es algo extraño, las bandas vitorean la llegada del Cristo con hermosas marchas que acompañan sus pasos, todo está a punto para el momento, ese momento que cada año me hace temblar de emociones,
¿Qué me pasa?, ¿Qué hay dentro de mí que no me deja tranquilo?.

Veo entrar el trono al son del himno patrio y ya no puedo más, beso a mi esposa y le digo “¡ahora vengo!” y desesperado vuelo al encierro de mi Cristo pollinico, busco a mis hermanos y hermanas, les voy felicitando entre besos y abrazos por la labor llevada a cabo y justo cuando el trono posa finalmente en su Templo estoy detrás de José Manuel, mi Hermano Mayor, aquel que cuando yo lo fui y llegaba este momento, aquel que cuando me veía llorar sin consuelo en cada encierro me preguntaba ¿por qué lloras Juani, por qué lloras?
Aquel al que cuando se dio la vuelta y me vio no pude más que abrazarle mientras él, si él, los dos, llorábamos sin consuelo fundidos en un abrazo y el mismo al que le dije…
“¿Lo entiendes ahora, José, entiendes ahora porqué se llora?”.

Se llora de puro sentimiento.
Se llora de alegría.
Se llora porque es la recompensa del trabajo bien hecho.
Se llora porque se tiene que llorar, porque se tiene alma, porque es el momento en el que se desea que el Domingo de Ramos se haga eterno, que no acabe nunca, que Cristo pasee una y mil veces por cada rincón y calle de este pueblo mío que hace las cosas más a golpe de corazón que de buen criterio.
Porque ante el Nazareno Pollinico no se tiene criterio, se tiene amor, porque Él es el camino, la verdad y la vida.
Se llora porque Él es puro Amor que viene a darnos Paz y Esperanza, que viene a darnos su propia vida, porque es Cristo, porque he aquí nuestro Rey que viene a nosotros,
justo y salvador,
humilde y sobre un pollino,
he aquí al Hijo del Hombre, que,
siendo Dios,
También es ¡¡alhaurino!!.


Ahora que mi voz ha de apagarse, ahora que ya no puedo decir más, quiero gritar al viento que este ha sido mi sentimiento “pollinico” que no ha de servir, al menos para mí, sino para agradecer a Nuestro Señor todo lo que, aún sin entenderlo, nos ha dispuesto.
Yo he de darle gracias por hacer que un día le encontrara, he de darle gracias por haber estado siempre cerca de mí, por haberme dado el valor de ponerme hoy aquí y poder decirles que estoy plenamente enamorado de Él, de lo que Él es y significa, de Su obra y Su palabra.
He de darle gracias por haberle dado sentido a mi vida, por hacer que mi fe sea inquebrantable.
Porque teniendo fe se tiene esperanza.
La esperanza de que un mundo mejor es posible.
La esperanza de que aquellos que sufren encuentren la luz a través de esa mirada cálida y soñada, que sólo una Madre, de nombre Esperanza, habrá de traer a esta tierra entregada.
 
Pero sobre todo… aquí y ahora he de darle gracias, a Él, por haberme dado el regalo más grande que un hombre pudiera tener…

Ese pequeño trocito de mí que vino a nacer cuando Él resucitaba. Esos ojitos negros, como los de su madre, que cuando me miran me parecen dos luceros en la madrugada.
Esas manitas suaves y delicadas que cuando tocan las mías siento brotar la vida en todos sus sentidos.
Que cuando sonríe me alegra el alma.
Esa bendita inocencia que tanto echaba en falta.
Ese halo de luz, de ternura y de alegría que llena mi casa.
Ese bendito milagro de Dios que se llama vida y que tanto deseaba…

Mi niño del alma,
Mi vida chiquita,
Mi consuelo y mi desvelo,
Mi alegría desbordada,
Mi tesoro más preciado,
Lo que le da sentido a mis días,
El amanecer más bonito,
Mi lucero del alba,
Mi hijo bien amado,
Mi razón de ser,
Mi trocito de cielo,
Mi día y mi noche,
Mi corazón,
Mi vida entera,
Mi amor puro y sincero,
Mi principio y mi fin,
Mi sueño hecho verdad,
La cosita bonita que mi vida alegrara,
Y para siempre desde entonces…

Mi plegaria…


Todo está dispuesto, palmas y olivos alfombrarán su camino.
Ese hombre, el de la mirada baja, el del torso esbelto y el rostro divino, volverá a nosotros cual cordero de Dios a entregar su vida en un fatal destino.
Su poderosa mano bendecirá a su paso a este pueblo que primero le aclamará en su triunfal entrada, después le alentará en su camino al Gólgota y por último, muerto ya en su cruz, le llorará para que, como estaba escrito, recibir de nuevo su espíritu santo lleno de verdad y de vida.

Les he hablado de Él.
Les he mostrado lo que siento por Él.
Déjenme que ahora, hable con Él:


Padre Nuestro que estás en el Cielo,
Porque en el Cielo acoges a los que buscan tu encuentro.

Santificado sea Tu nombre,
Porque tu nombre es salvación, amor y consuelo.

Venga a nosotros Tu reino,
Porque Tu reino es paz, es verdad, es anhelo.

Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo,
Que Tú voluntad es una, y a ella me entrego.

Danos hoy nuestro pan de cada día,
Que Tú pan es Tú cuerpo entregado por nosotros.

Perdona nuestras ofensas,
Porque no sabemos lo que hacemos.

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
Porque esa será Tú grandeza y Tú deseo.

No nos dejes caer en la tentación,
Cual rosa que se yergue al jardinero.

Y líbranos del mal
Ahora y siempre, por los siglos de los siglos...

Alegraos “pollinicos” porque el Hijo del Hombre viene a vosotros.
Él os trae el presente más hermoso: Paz y Amor.
Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Que vuestro esfuerzo sea vuestra mejor recompensa, que vuestro trabajo sea el fruto de la hermandad más grata, que este mar bravo que se levanta con mareas altas en cada primavera siga siendo un mar noble y sencillo que guarda el aroma de la esencia más inocente y más pura.

Alegraos “pollinicos” porque Ella ha venido, Madre, Reina y Señora que paseará majestuosa entre olores a incienso, azahar y flores, que llega para daros el valor de poneros en pie cada día, que llega para daros Su dulzura latente en un corazón que atravesarán puñales de amargura.
Que llega a esta tierra de Dios para daros sosiego y templanza, esta tierra que ahora es su casa y que se viste de hebrea “pa´llamarle” Madre,
¡¡María de la Esperanza!!

He dicho.

Juan Ignacio Castillo Martín
Pregón del Domingo de Ramos de
Alhaurín de la Torre
9 de Marzo del Año de Nuestro Señor, 2012.

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