Walter E. Pimienta Jiménez. No era una fina porcelana. No era sino un pito de artesanía barata en forma de pájaro al que Javier, de niño, al soplarlo, en ruidosa algarabía, sacaba la misma nota musical que, tantas veces repetida y repetida, mortificaba al oído; chiflo para nada encantador para otros pero de singular fantasía para él cuando al llegar a un grupo de amiguitos o de adultos, lo hacía sonar creyendo que tenía entre las manos un “instrumento-ave” en vías de extinción. -Oiga, cómo canta mi pajarito, tío- me decía con su infantil voz. -Sí, muy lindo. Es un pájaro inglés. Cuídalo- le recomendaba yo, dando vuelta a la cara para que no me viera reír. -¿Inglés? - preguntaba incrédulo. -Sí, inglés, ¿no lo oyes?... Y volvía a pitarlo como para comprobarlo… |
Y con su ruido en la boca, Javier hacía “cantar” a aquella creación, tesoro de su niñez que mi mamá le regalara como aguinaldo en aquella Navidad. El pajarito de aquellas pascuas, tuviera hoy algo más de treinta años y como su dueño, desde luego, creció y se hizo hombre, digno hubiese sido de conservársele en todo su esplendor como recuerdo feliz de quien con él, vivía feliz metiéndoselo no en una jaula sino en un bolsillo de su pantalón de donde, en “vuelo mental”, llegaba a sus labios para uno y otro insoportable ensayo… Aquel pajarito que mi mamá comprara en una feria de artesanía para regalárselo a Javier, su nieto, obsequio dado con amor, costaría, diga usted, tres pesos de los de antes, pero en las manos y en la boca de él, volviéndose original, valía por todo el oro del mundo aunque no fuese sino una teoría de pájaro sin estética y sin plumas pero al mismo tiempo una cosa “viva”, fuente de gozo, deleite de deleites… …El pájaro en sí, quería parecerse a un pequeño pájaro: tamaño, forma y colorido le daban alguna brillantez no obstante haber sido hecho a mano…Y yo, sin escatimar el alimento a la fantasía de su dueño, me iba en elogios con la artesanal pieza que siempre chiflaba y chiflaba con la misma exactitud de “un niño-pájaro” en actitud de vuelo… En aquella Navidad, mi sobrino Javier, no miró otros juguetes: aviones y trenes que se movían con baterías fueron fracasos de costosa compra y mercancía sin servicio… “La porcelana” de su niñez que le hiciera feliz, fue un “pájaro-pito” que derrotó a los objetos mecánicos y bélicos con los cuales sus amiguitos de la cuadra, jugando a la guerra noche y día, se mataban “de embuste-embuste”… …Pero un día, un día pasaría lo que tenía que pasar… “El rústico “pájaro-pito” de Javier, aquel que le había ganado a la tecnología y a lo inútil cuando se daña sin prometer más disfrute, murió… “La milagrosa perfección artesanal”, cayó de sus manos y, en infinitos tiestos humildes, “rota su alma”, se despedazó contra el duro suelo… y al descubierto quedó el hechizo. Con los restos de su juguete, mi sobrino llegó llorando donde mi mamá y, también destrozado por dentro, sin fórmula de contento que le ayudara a afrontar el duro suceso, arrojándosele en los brazos, y señalándole lo poco que del “ave” quedara, le dijo: -¡Abuelita, abuelita!... De barro y pintao…
Walter E. Pimienta Jiménez. Walter53pimienta@hotmail.com. |