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…Hable con Juancho Disquisiciones sobre la vida doméstica | | Cuentos y relatos globales. 02.10.11 | | Por: Walter E. Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com A llí está el viejo Juancho, se le consigue todos los días en una estancia contigua a su “oficina de mercader” sentado tras un escritorio. Viste de entero gris, camisa blanca, corbata roja (porque ya dejó de usar los pantalones de cargadores), pero de rostro marchito y vida borrascosa. Fuma a placer un aromático cigarrillo extranjero y rompiendo el silencio que allí reina, entra sin hacer ruido el muchacho del los anuncios. -¿Los hiciste? -Claro, claro. Todas las paredes del pueblo ahora dicen lo mismo. Un minuto después llega un trasnochado canoso, deslucido, atontado por todo el ron del mundo; no dice una palabra, recibe de manos de Juancho cincuenta mil pesos y se va sin ganas de irse.
| -Se ve que los anuncios comienzan a dar resultado. No hace tres horas los terminé- dice el muchacho aun con las manos sucias de pintura. -¿Tan pronto?- preguntó Juancho. -En tres horas puedo hacer cualquier cantidad de avisos y en un día dos novelas de terror si quisiera. -Y, ¿no le negaste pintura ni letras ni colores vivos a los anuncios que te ordené? El muchacho sacó del bolsillo de su camisa azul un papel arrugado escrito a lápiz, se acercó a Juancho y le dijo: -Este es el borrador. Mírelo. Léalo… ni Shakespeare los hubiera hecho mejor… Juancho se caló sus lentes, juntó sus pobladas cejas y comenzó a leer como si declamara. -Nadie será indiferente a estas diez palabras…estoy seguro. Para qué más preámbulo. Penetran. Dicen más que la prensa. Me dan firmeza. Son suficientes. Se leen tan fáciles. Llegan tanto. Son tan significativas- expresó Juancho con aire de satisfacción al terminar la lectura, miró de reojo al muchacho y agregó: “Lo hiciste bien, demasiado bien”, al tiempo que orgulloso se movía en su silla giratoria y volvió a decir: “¡Qué ingenioso eres! Seré la envidia de mis competidores”- recalcó divertido. -Entonces, ¿nada que corregir?- preguntó el muchacho. Se hizo un silencio. Juancho sacó un fajo de billetes de la gaveta de su escritorio, los contó y dijo: -No, nada que corregir. Pago bien lo que bien se me hace… ¡Vaya trabajo! Y escríbelo hasta en las piedras y las nubes si puedes y cuando quieras ven por más pintura. -Señor, ¿pero no cree usted que está engañando a la gente? -Bueno, bueno… no me vengas a decir ahora que el alma te duele… no engaño a nadie… son ellos y su conciencia. -Lo dije por decir- repuso el muchacho Un individuo entra a la oficina y con una oración de pobreza en los labios, igual que el borracho, recibe la misma cantidad de dinero y se va. -Págueme- dijo el de los anuncios, tomó su plata y salió de la oficina encendiendo un cigarrillo con aire de hombre decente y culto. Afuera, extremadamente flaco, con una camisa de lienzo y unos pantalones remendados; con su cara peluda y picada por la viruela, y sus ojos casi invisibles bajo las espesas y colgantes cejas, con expresión sombría y descalzo, esperaba su turno un mendigo… “Si su problema es de plata, hable con Juancho, alcalde 2012-2016”… decían todas las paredes del pueblo”.
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