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Radicalidad cristiana
 (Religión aparte XXIII)

Jose Maria Barrionuevo Gil. 21.08.11 

Los otros días fuimos informados, desafortunadamente, de unos enfrentamientos, que se nos antojan a todas luces lamentables. No podemos decidir ponernos en un lado u otro de la situación, ya que no estábamos allí. Es más, ni siquiera pasábamos por allí. No nos podemos dejar llevar de los supuestos, ni de las informaciones que nos han llegado, ya que nos parecen que están todas ayunas de objetividad.
Si las raíces de la cristiandad y del laicismo son sanas y se desarrollan naturalmente, sin artificios, con el silencioso apoyo al árbol del que hacen gala y del que se sienten humildemente orgullosas, no tienen que llegar a altercados de ningún tipo ni a insultos que desdicen de los mismos que los usan. Bueno será de aquí en adelante una disciplina interna de grupo, una colaboración fructífera y una propuesta clara de no responder con la misma falsa moneda de los dicterios e improperios que a alguien de fuera se le puedan ocurrir. Nos parece impropio de una sociedad civilizada y de una ciudadanía como la nuestra que queramos defender nuestros valores a base de insultos y otras artes, que se puedan echar sobre los que no piensan como nosotros.


 Si el laicismo se hace radical, en la más sospechosa acepción del término, se está convirtiendo en una nueva religión, que no nos hace falta, porque pensamos que con las que hay ya tenemos suficientes. Si el cristianismo se hace radical, está en su pleno derecho, porque para eso es una religión, que puede comprometerse hasta el tuétano con toda su alma, y exigir a sus seguidores la unión y la unanimidad que les compromete desde el primer sacramento. Ni el laicismo ni la religión tienen que denunciar ni juzgar al otro de nada, ya que los principios, las raíces, están diseminados en distintos terrenos.
 La radicalidad mal entendida, igual que pasa con el constructivismo en educación, no puede entenderse desde la interpretación de una base sólida, un cimiento firme, como un bloque de cemento, sobre el que se construye la educación, sea religiosa o no.
 La radicalidad nos remite a un paradigma, que no tiene que tomar ningún préstamo de una concepción inmobiliaria (amén de inmovilista), sino de un paradigma vivo que nos plantea el crecimiento del árbol junto con el crecimiento de las raíces. Este paradigma botánico está en la parábola del grano de mostaza (Mateo, 13, 31-32), aunque no explicitara, en su momento, el crecimiento de las raíces.
 Si hay personas que no creen y personas que han dejado de creer, podemos pensar que la religiosidad no es tan universal como se nos quiere mostrar. Pero además, dada la diversidad de creencias, podemos pensar que las religiones son constructos locales y temporales, aunque tengan a bien alimentar y desarrollar vocación de universalidad.
 La radicalidad mal entendida es la que prodiga una radicación inamovible, inerte por más señas, que hace peligrar el desarrollo de cualquier árbol. Para todos los que piensan que esta vida es un camino o un viaje, quizá venga bien pensar que no se necesitan estas alforjas, es decir, las de la radicalidad.
 Para terminar, recojo unas palabras del profesor Antonio Huertas, de su libro Sexo, lenguaje y pensamiento”: 
 “Gracias a su progreso, los hombres llegan a ser capaces de habitar los mundos creados por sus representaciones. Los hombres refuerzan estas representaciones mediante obras de arte y narraciones. Estas divagaciones de la conciencia alcanzan su paroxismo en el caso de los delirios colectivos, durante los cuales la conciencia individual se somete al yugo de una sola representación, de una sola narración, de un solo hombre. Así aparecen las morales perversas en las que predomina la única representación del grupo...”
 Como podemos suponer, el libro es anterior a los acontecimientos que hemos reseñado al principio. Tampoco hay que atribuirle valor profético, sino que sabiendo cómo hemos sido tratados en el fondo de nuestras mentes y junto a nuestros vecinos, nuestra experiencia nos ha hecho conscientes de que todos los “ismos” ya han acreditado la deriva hacia el absolutismo, que es lo que verdaderamente se opone al relativismo y no la radicalidad.
 Ni con laicismo ni religión (permítasenos un respeto a la religiosidad) tienen nuestras penas remedio, porque un mundo feliz es aquel en donde todos son felices, porque nos hemos dispuesto a construir hombro con hombro, o mejor, a sembrar una nueva ciudadanía, respetuosa, pero que no tiene por qué dejar de ser consciente ni crítica. 

Josemª,  Maestro de Primer Ciclo de Primaria

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