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El Perro Negro

Cuentos y relatos globales. 07.08.11 

José Antonio Carrero. tcstandup@gmail.com. Un raquítico perro de color negro y de mirada moribunda estaba acostado sobre un pequeño pedazo de alfombra,su cabeza metida entre sus patas delanteras.La alfombra estaba justo al lado de un maltratado matre apestoso a meao que yacía en el piso de un pequeño cuarto.Justo en medio del manchado matre,rodeado por orificios por donde se asomaban sin invitación alguna los corroídos resortes de su armazón de metal y en ocasiones hasta los roedores y las cucarachas, orificios por donde comúnmente se escapaban los ríos de meao de los niños cuando dormían junto a sus padres,un niño de algunos meses de nacido,que era vigilado por dos almohadas que habían sido colocadas a sus costados,comenzaba a chillar llamando la atención de aquel maltrecho perro.El perro levantó su cabeza del suelo,apuntó su puntiagudo hocico hacia donde estaba el niño y movió sus orejas de manera curiosa.

-Ya, ya, ya -dijo tiernamente una joven mujer mientras entraba apresuradamente al cuarto dirigiéndose enseguida hacia el viejo matre del cual cogió al niño en un intento de acallar su llanto desgarrado-papá debe estar por llegar.
La mujer, cargando al niño en sus brazos, salió de su cuarto y caminó por un pasillo estrecho, un pasillo de blancas paredes, una de las cuales estaba adornada con una sencilla imagen de la virgen de la providencia mientras que la pared contraria estaba decorada por lo que parecía ser los primeros intentos de escritura de algún chiquillo que había encontrado en la amplitud de aquella superficie blanquecina y plana el lienzo perfecto para estampar su rúbrica. Junto a aquellos primeros intentos de escritura se podía distinguir también algunos dibujos que hubieran sido la envidia de Picasso y su cubismo. La mujer llegó a una sala en la cual un viejo sofá de color marrón cuyos cojines desgastados por el tiempo se habían secado hasta el punto de que no había trasero en el vecindario que soportara la tortura de estar allí sentado sobre ellos por más de unos cuantos minutos, ni tan siquiera aquellas mujeres de traseros enormes que llevaban toda una vida en estado de embarazo, que recorrían el vecindario acompañadas por una tropa de niños que llevaban sus rostros pintados por la mugre y sus narices pintadas por los mocos, que conocían la vida de todos en el vecindario y que aprovechaban para visitarla cuando su marido no estaba en la casa, ni tan siquiera ellas soportaban semejante tortura de aquellos cojines. Además de sofá también hacía las funciones de escenario de boxeo especialmente durante las noches en que su marido llegaba ebrio. Hacía las funciones de comedor pero sólo durante esas pocas veces que había algo que comer en la casa o cuando su suegra, la cual vivía a unas cuantas cuadras de distancia, traía comida porque la mayoría del tiempo la alacena de la casa estaba vacía. También hacía las funciones de cama, en especial cuando era el tiempo de hacer hijos bajo la luz de una reconciliación desesperada o cuando les parecía que era el tiempo de aumentar el cheque del gobierno. Hijos que nacían con sus cuerpos manchados por la miseria. Cuatro flores de papel, que ella había colocado, hacía algún tiempo atrás, dentro de un envase plástico cuya agua había olvidado cambiar y que ya comenzaba a ponerse turbia e inquietas larvas comenzaban a danzar sin cesar sobre la superficie del añejo líquido, comenzaban a palidecer con el paso del tiempo. Caminó hasta llegar a una de las dos ventanas que adornaban la pared del frente de su casa, movió la blanca y fina cortina que su suegra le había regalado hacía algún tiempo atrás y miró hacia la calle para ver si su marido, el cual había salido temprano en la mañana a buscar trabajo, venía de camino. Hacía exactamente dos semanas que había comenzado a llover, afuera tronaba y relampagueba sin cesar mientras los vientos de tormenta silbaban horrendamente al colarse por el espeso follaje de los árboles y por entre la madera de los tejados. Dejó correr la cortina, su hijo seguía gimiendo y chupándose el dedo pulgar con una insistencia aterradora mientras que el perro negro aparecía por el estrecho pasillo, se detenía un instante, se rascaba y después dirigía hacia el viejo sofá. La mujer, cargando a su hijo al cual el hambre comenzaba a impacientar nuevamente, se dirigió hacia el sofá en donde se sentó junto al perro que estaba acostado en el mismo con su cabeza metida entre sus patas delanteras. El niño comenzó a chillar fuertemente.  Su madre trató de tranquilizarlo meciéndolo en sus brazos pero no funcionó porque su hijo siguió llorando más fuertemente haciendo que su madre se levantara del sofá y se dirigiera a la cocina. El perro negro se levantó del sofá por un instante, se sentó, volvió a rascarse fuertemente con sus patas traseras y luego se acostó tranquilamente en el sofá. La mujer llegó hasta la cocina, con su hijo todavía en brazos y llorando sin cesar. Uno de los dos fregaderos de la incomoda cocina tenía una torre de latos, vasos, cucharas, tenedores, cuchillos, todos sucios y que llevaban allí alrededor de dos semanas, desde antes de que comenzara la tormenta, que fue la última vez que su suegra apareció por allí cargando un pollo que había comprado en el supermercado cercano. El otro fregadero, desde hacía dos semanas atrás, tenía un tapón de grasa y mugre que impedía que el agua sucia se fuera por el drenaje y que hizo que el fregadero se inundara de aquella agua hasta casi desbordarse por completo. Ella le había dicho a su marido sobre el agua sucia estancada en el fregadero pero él se había hecho el de la vista larga y para salir del problema le dijo que usara el otro fregadero en lo que él destapaba el drenaje del fregadero que se había tapado con grasa y con otros desperdicios. El tiempo que ella llevaba viviendo con él le decía que su marido no haría nada para solucionar aquel problema pues a él no le gustaba ensuciarse las manos con nada y mucho menos ensuciarse las manos con aquella mugre pestilente que se había atascado en el drenaje del fregadero, así que de seguro, tendría que resolver aquel problema ella como era la costumbre en su hogar. Recordó aquella ocasión en la que él se había puesto celoso y molesto por el simple hecho de que ella había ido a una entrevista de trabajo que su suegra, la cual llevaba quince años trabajando en la misma fábrica en donde ensamblaba todo tipo de mierdas habidas y por haber que luego eran enviadas al extranjero, le consiguió. Ese día al regresar a la casa encontró que su marido se había desquitado los celos y su furia con los niños a los que dejó todos meados y con sus fundillos al aire embarrados en mierda seca. Sobre el tope del gabinete del fregadero un enjambre de minúsculas moscas fruteras llevaban acabo una extraña danza ritual de tipo sagrado sobre un puñado de bananas que se habían podrido. La mujer abrió la puerta de la vieja nevera que su marido había comprado en cincuenta dólares a una familia que había decidido regresar a la patria y mandar toda esta mierda al mismo carajo porque según ellos -No había quien aguantara semejante vida, semejante desdicha.
Dentro de la maltratada nevera, sobre una parilla de metal, había dos botellas plásticas con agua y junto a ellas una botella de cerveza que su marido había dejado a medio beber porque se había quedado dormido en el sofá. En la puerta de la nevera, la botella de leche del niño vacía, un casi disecado pedazo de tomate, un envase de mantequilla al cual todavía le quedaba un poco en el fondo, un sobre de condimento y una cabeza de ajo de la cual empezaban a brotar raíces y otros demonios, le hacían compañía a las botellas de agua que había dentro de aquella nevera. La mujer cerró la puerta de la nevera rápidamente dirigiéndose hacia el estrecho pasillo. Llegó a su cuarto, se sentó en el matre que estaba en el suelo del cuarto en donde siguió meciendo al niño en sus brazos, tratando de apaciguar su llanto y su hambre. El niño lloró con más fuerza, la joven mujer comenzaba a desesperarse. Puso al niño sobre sus muslos sujetándolo con una mano mientras que con su otra mano subió su camisa dejando una de sus tetas al descubierto. Acercó al niño al negruzco pezón. El niño chupó del pezón desesperadamente mientras que la mujer lo sujetaba en sus brazos. El niño soltó el pezón y comenzó a llorar más fuertemente. La mujer volvió a cubrir su teta y acomodó al niño en sus brazos. Sus tetas habían dejado de dar leche desde hacía algún tiempo. Frustrada consigo misma, la mujer se levantó del suelo, dejando al niño justo en medio del matre, y caminó por el pasillo hasta llegar a la nevera. Abrió la puerta de la nevera de donde agarró la botella de leche del niño, llenó la botella del niño con agua que cogió de una de las botellas que tenía en la nevera. Cerró la puerta de la nevera, puso la botella llena de agua sobre el tope del gabinete del fregadero de la cocina y buscó en la alacena de la cocina, buscó entre toda aquella inconfundible pestilencia a cucaracha moribunda de entre la cual sacó el envase del azúcar. Puso un poco de azúcar al agua que estaba dentro de la botella del niño, colocó el envase de azúcar de vuelta en la alacena, cogió la botella del niño, la cerró y se dirigió hacia el cuarto en donde, en medio del matre, lloraba el niño sin consuelo. Tomó al niño en sus brazos y acercó el biberón de la botella a su boca. El niño chupó del biberón fuertemente. La mujer se tranquilizó un poco cuando vio que el niño dejó de llorar. La figura del perro negro apareció por el pasillo que llegaba hasta el cuarto, se detuvo justo en la puerta, miró la mujer y al niño, se sentó y volvió a rascarse con sus patas traseras. El perro dio media vuelta y desapareció por el pasillo. La mujer siguió alimentando al pequeño tranquilamente hasta que, de pronto, escuchó que la puerta del frente se abrió y que alguien entró a la casa. Se levantó del matre, con su hijo en sus brazos y se dirigió hacia la sala de la casa. Desde el estrecho pasillo vio que la puerta que daba acceso a la casa estaba abierta completamente cosa que el perro aprovechó para escapar de la casa caminando tranquilamente bajo aquella lluvia de tormenta, perdiéndose por el oscuro callejón que quedaba justo detrás de la casa en donde, media cuadra más abajo, se topó con el cadáver de un hombre, que por sus ropas parecía ser un vagabundo, escondido entre la hierba de un patio cuya casa había sido quitada a los dueños por el banco cuando ellos se atrasaron en los pagos. El perro negro acercó su puntiagudo hocico al cadáver, lo olió por unos segundos y empezó a comer la putrefacta carne de aquel cadáver mientras que, a media cuadra de allí, la mujer se detenía justo a la entrada de la cocina. La mujer vio a su marido, con toda su ropa empapada por el agua de lluvia que caía con fuerza y sin parar ni tan sólo por un instante desde hacía dos semanas atrás, con una cerveza en la mano, buscando dentro de la vacía nevera.
-Dejaste la puerta del frente abierta.-dijo su mujer molesta.
-¿Aquí no hay ná que comer? -dijo el hombre mientras bebía de la cerveza que llevaba en la mano.
-¿Acaso traiste algo que comer? -preguntó en tono irónico su mujer. El hombre no dijo nada, terminó de beber la cerveza que tenía en su mano, tiró la lata en el fregadero justo encima de los trastes que llevaban en el fregadero una semana -porque saliste esta mañana a buscar trabajo y ni tan siquiera te molestaste en traer algo de comer.
La mujer desapareció molesta por el pasillo hacia su cuarto. Su marido cerró la puerta de la nevera, se dirigió hacia el sofá, se detuvo justo frente al sofá y comenzó a desvestirse hasta quedarse sólo en sus calzoncillos, dejando sus pantalones y su camisa mojada, sus tenis todos llenos de lodo y hasta sus medias en el piso de la pequeña sala. Después de haberse desvestido se tiró en el sofá mientras que en el cuarto su mujer le cambiaba el trapo meado que le había puesto a su hijo de pañal porque hacía días que se le habían acabado los pañales. Después de haberle cambiado el trapo al niño se dirigió hacia la sala nuevamente.
-A mí no, a mí no me tenías que traer ná, tú sabes, pero a tu hijo sí, porque él no tiene culpa de que su padre sea un hijo la gran puta como tú -dijo su mujer al llegar a la sala con su hijo en brazos mientras que el esquelético perro negro apareció en la puerta de la casa, entró y se acostó en una esquina de la sala tranquilamente -aquí la pendeja fui yo por abrirte las patas, mi mai me lo advirtió coño y no le hice caso.
-¡La vieja puta esa! -dijo su marido mientras se levantaba del sofá enfurecido agarrando al niño y arrebatándolo de los brazos de su mujer violentamente mientras ella gritaba tratando de quitarle al niño. Su marido dejó caer el niño violentamente en el sofá mientras golpeaba a su mujer salvajemente. El niño cayó en el sofá y del sofá cayó al suelo de la sala. El perro negro buscó refugio debajo del sofá mientras el niño lloraba ruidosamente y su padre continuaba golpeando su mujer la cual había caído al suelo con los golpes.
-¡No vengas a mencionar a la vieja puta esa! -gritaba su marido enfurecido mientras la golpeaba sin compasión. La mujer finalmente logró sacarse a su marido de encima empujándolo con ambas piernas. Su marido cayó de espaldas en el suelo mientras su mujer corrió por el pasillo hasta llegar al cuarto en donde se encerró. Su marido se levantó del suelo y endemoniado corrió por el pasillo hasta llegar al cuarto donde trató de abrir la puerta.
-¡Maldita sea! -dijo su marido todo lleno de rabia mientras golpeaba la puerta con los puños y con los pies fuertemente -¡Abre la cabrona puerta esta! ¡Abre la puerta!
-¡No voy abrir un carajo so cabrón! -gritó su mujer desde el otro lado de la puerta- ¡Y más puta es la madre tuya...desgraciao!
-¡Que abras la puerta dije, puñeta! -gritó su marido mientras embestía la puerta violentamente y en la sala el perro negro salía debajo del sofá, agarraba al niño por el trapo que llevaba puesto como pañal, lo cargaba hasta la puerta y desaparecía hacia la calle con el niño colgando de su boca. El marido logró romper la puerta, entró al cuarto violentamente agarrando a su mujer por el pelo y tirándola hacia el matre mientras que su mujer logró clavarle las uñas en el rostro el cual comenzó a sangrar rápidamente. La mujer cayó sobre el matre y rápidamente su marido se le tiró encima para evitar que pudiera escapar mientras la golpeaba salvajemente.
-¡Y ahora,ah! -repetía su marido como un desquiciado mientras la golpeaba- ¡y ahora, ah, mira a ver si la vieja puta esa te viene ayudar ahora!
El perro negro cargó al niño hasta la casa abandonada, media cuadra más abajo en la cual se había topado con el cadáver del vagabundo, el mismo lugar en el cual la policía encontró su cadáver junto al cadáver del vagabundo. La policía trató de interrogar a la madre del pequeño pero sufrió un ataque de histeria cuando se enteró de que su pequeño había fallecido, tuvo que ser sedada y hospitalizada. La policía se llevó a su marido a la estación de la policía para interrogarlo pero se negó a hablar y menos de media hora después la policía lo encontró ahorcado en su celda.
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Jose Antonio(TC) Carrero.  tcstandup@gmail.com

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