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La hora una. Porque no todos los minutos son iguales
El hombre del bacalao

Cuentos y relatos globales. 19.06.11 

Walter E. Pimienta Jiménez. Walter53pimienta@hotmail.com  Si en el competido mundo de la publicidad existe un anuncio que tenga el propósito desconcertante de decir la verdad (en un mundo como el de hoy donde reina, campea y prospera la mentira más que la mala hierba), ese aviso no es otro que el del hombre del bacalao promocionando por setenta años en forma ininterrumpida a la célebre y popular “Emulsión de Scott”, difundiendo a la vez de ella, y con sinceridad, un hecho de buena fe de parte de su genial autor. Es aquél un cuadro confiado y noble y que asegura en su sencillo texto, al ciudadano común y corriente, que dicho remedio sí que está hecho a base del más puro aceite de hígado de bacalao enriquecido, además, con vitaminas “A” y “D”  con  las cuales se alcanza una vitalidad sin límites que a muchos, luego de probarla, sintiéndose rejuvenecidos, les ha hecho decir: “Prepárense carajo porque ahora sí van a saber quién soy yo nojoda”…

¿Pensaría el virtuoso dibujante del hombre del bacalao en eternizar su nombre en el llamativo dibujo de una simple etiqueta para una emulsión que sirve de fortificante, de expectorante, que despeja las vías respiratorias, que evita la bronquitis y que deja fuera de combate al catarro de perro que un  fresco collar de ajos no pudo acabar? Honestamente pienso que no; pero con ella se hizo famoso gracias a la incapacidad mental de algunos abuelos y abuelas que, no sabiendo leer, así se la pedían al boticario de antes: “Vendema, por favor, señor, un frasco del hombre del bacalao”…, bendita panacea que, según ellos, revivía la salud extraviada, abría el apetito, recuperaba el sueño perdido y el buen humor…

Yo me imagino que el creador del hombre del bacalao hizo del pescador y del pesado gádido que orgulloso éste lleva a cuestas, el centro de atención de su colorida estampa que más que un buen dibujo en sí, tiene “cara de noticia” relatada supuestamente así: Aquella mañana de un octubre lluvioso, en un olvidado pueblito costero del Atlántico Norte, un anónimo pescador -digamos que llamado “Alan Becket” y que hasta entonces nunca había hecho nada importante en la vida- trajo amarrado y arrastras sobre sus espaldas un bacalao como de dos y medio metros de largo; el más grande que allí se había visto jamás. Digamos también, en gracia de buena conjetura, que afuera el aire era helado -pues así debe serlo siempre en ese lugar del planeta- pero él, vestido de rústica pana y luciendo sombrero de fieltro, sin importarle estropear su ropa, lleva encima la razón poética de su noble oficio y, entonces, con cara de estar diciéndole a otros: “ Ajá, y ahora cómo les quedó el ojo”…, por las humedecidas calles olorosas a marisco, delirante caminaría midiendo sus pasos para que todos lo vieran y no pensaran que  aquello era una pesadilla.

Nadie, a partir de ese día, podría disputarle al tal “Becket” de mi imaginación, el  honor de haber traído a tierra firme el bacalao más grande de los mares y con éste, a su vez, años después, en correspondencia con los avances de la ciencia médica y de las investigaciones de “Pharmetique S.A.”, la producción de un remedio histórico que cura la calaverada de la tos perniciosa y el ahogo nocturno de costurera. Agreguemos al fantástico e interesante hecho que “Becket” sólo aguardaba esa oportunidad para decirle al mundo su más fría y sorprendente verdad:

-“Apenas hoy descubro que no me creían capaz de hacer algo así… ¡Si mi madre lo hubiera visto!… ¡Pero que nadie se haga ilusiones! ¡De este bacalao ni una escama!” -gritó para que le oyeran abriéndose paso a empujones por entre una muchedumbre que hasta esa mañana le ignoraba y ahora, ambiciosa, parecía quererle.

La noticia, como es supuesta, no dice si a “Alan Becket”, por tan memorable gesta, le levantaron una estatua en su pueblo natal pero sí da una interpretación muy personal a la asombrosa decisión que este hombre tomó al despertar un día con la necesidad inminente de pasar a la historia para siempre, dejando de lado su convencida mala fama de flojo rompe hamaca.

El hombre del bacalao tiene apenas setenta años de edad oliendo a lo que le toca oler: a bacalao y a eternidad y, mientras, con gesto afable y expresivo, jubiloso y regocijado en su lento andar incansable de botines apretados, disfruta eternamente del cariño y de la predilección doméstica de su vecindad universal sin necesidad de renovar para nada su publicitada indumentaria, sinónimo absoluto de buen semblante, de buena salud y de categórica tranquilidad de espíritu en viaje perpetuo y seguro hacia otros setenta años y sin pasar por la penosa necesidad de que nadie le ayude a cargar su bacalao…

Walter53pimienta@hotmail.com

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