Walter E. Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com. En un comienzo los clavos, a pesar de ser fuertes y de tener tan finas sus puntas y de venir en diferentes presentaciones y tamaños, no prestaban ninguna utilidad al hombre, algo estaba pasando, algo no funcionaba; los niños, por ejemplo, trataron de usarles como juguetes pero resultaron muy peligrosos. Alguien, creo que fue un señor de apellido Clavijo, sugirió que se usaran como elementos para escribir untándoles de tinta sus puntas, mas esto también fue un fracaso porque rompían el papel. La señora del mismo señor: es decir, la esposa de Clavijo, los ensayó para hacer música pero todos eran átonos. Un pescador, doblándoles las puntas, quiso emplearlos como anzuelo pero se los tragaban los tiburones y los peces más pequeños los vomitaban.
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En definitiva, nadie sabía qué utilidad otorgaban a la humanidad los dichosos clavos y, estos, vistos como un clavado disparate de su inventor, se oxidaban en sus empaques y allí morían pegados unos con otros convertidos en una masa dura, compacta y sin alma...Era tanta, pero tanta la clavada inutilidad de los clavos que la sociedad de entonces propuso recogerlos y exhibirlos en forma burlona en el Museo Romántica de las cosas que el hombre alguna vez creó y no sirvieron absolutamente para algo... Pero, ¿quieren saber ustedes cuándo empezaron los clavos a vivir su vida en grande, prestando a la humanidad envidiables servicios en la construcción de puertas, portones, ventanas, techos, sillas, pupitres, bancos, banquillos, escaparates, baúles, vitrinas, poltronas, sillones, silletas, mesas, mesones, camas y similares como hasta hoy?... Cuando los hombres, por fin, usaron sus cabezas y entonces sí dieron en el clavo... Moraleja Hay inventos que duran cien años para inventarse y otros cien para usarse.
Walter E. Pimienta Jiménez. |