—Soy muy feliz aquí, Maestro, ¿por qué debo irme a un lugar extraño con gente que no conozco? —preguntó Valdyn. —Porque es tu obligación, pequeño colibrí —respondió Salek con dulzura—. La mía es esperar tu regreso. —Obligación, ¿por qué? Yo no quiero ir. —Obligación para con tu pueblo, para conmigo incluso para contigo mismo —razonó Salek— algún día serás el Príncipe de Sillmarem. Pero antes de eso debes aprender a ser una persona íntegra y para ello necesitas construirte por dentro. —Yo quiero estar contigo, ¿tan malo es? ¿Acaso ya no me quieres? —Precisamente porque te quiero, debes partir. —No te entiendo, Maestro. Me has enseñado a respetar y amar la vida sobre todas las cosas y ahora me envías a un lugar donde la gente no piensa y vive igual que nosotros ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me alejas de lo que quiero? —No te preocupes, no estarás solo. Löthar te visitará de vez en cuando. Además allí podrás conocer nuevos amigos, gentes de otros mundos y razas. —Pero, ¿para qué? —Para conocer su forma de vivir y de pensar, sus virtudes y sus defectos. Sus fortalezas y debilidades. Nosotros los Sillmarem, pequeño colibrí, somos respetados en todo el universo conocido por nuestra absoluta independencia, respetando a todos los pueblos e individuos por pequeños y humildes que sean, sin por ello dejar de contactar con las civilizaciones exteriores a nuestro mundo. —Pero estamos ocultos a los demás. ¿No podemos quedarnos aquí y ya está? —Nuestro sistema de ocultación planetaria hace que no nos puedan encontrar pero eso no significa que nosotros no debamos encontrarlos a ellos. Tenemos obligaciones que cumplir. —Pero si no las cumplimos nadie podrá encontrarnos para reprochárnoslo ¿no? —Valdyn no seas quisquilloso, de sobra sabes que las cosas no son tan simples. Estamos en permanente contacto con el exterior. Tenemos bases, embajadas y acuerdos comerciales con muchos planetas. No podemos vivir aislados. Eso nos destruiría. Nuestra cultura está custodiada por un pequeño pero excepcional ejército de defensa. Siempre que los poderosos han intentado abusar hemos estado ahí ayudando en lo que hemos podido. Por eso somos respetados. —Y si somos respetados ¿Por qué tenemos que ocultarnos, Maestro? —El Imperio de las dos águilas de platino siempre ha anhelado someternos a su poder. Hace muchos siglos inventamos un sistema para protegernos de sus ataques después de que nuestro planeta de origen fuera destruido. Huimos hasta este paradisíaco mundo ocultándonos de todos y salvaguardando nuestra intimidad. — ¿Os referís a la Caja de Anillos Múltiples de Guerón, Maestro? —En efecto. Guerón era un genio científico. Creó un dispositivo anulador de los espectros de luz. No nos hizo desaparecer sino volvernos transparentes de cara al exterior. Nuestros tres satélites gozan de dicho sistema escondiéndose y escondiéndonos formando una triangular y perfecta pantalla de ocultación orbital. También nos permite generar campos de gravedad que alteran las rutas de las naves desviándolas de nuestro planeta sin que ellos se percaten. Las puertas de acceso a nuestro mundo hacen desaparecer nuestras naves a ojos de los demás, permitiéndoles vía libre a nuestro mundo. —Pero todo esto ¿por qué? —Somos la única civilización que han plantado cara al Imperio en reiteradas ocasiones y ha vivido para contarlo. Somos la única civilización independiente y autosuficiente materialmente. Nadie depende de nosotros y nosotros no dependemos de nadie. Tratamos como iguales a todas las personas sea cual sea su origen. Somos respetados, en definitiva, por una causa muy sencilla, los pueblos actuales saben que si algún día una gran amenaza cayese sobre ellos, Sillmarem iría en su ayuda siempre que fuese en legítima defensa de la vida. —Entonces, Maestro ¿por qué debo ir hasta allí? –preguntó Valdyn, cabizbajo. —Porque servir a tu pueblo significa esforzarse en hacer las cosas lo mejor posible. Así tú serás feliz. Para lograr esto es muy importante tu formación. —Pero tú eres mi maestro, ¿con quién mejor que contigo, Salek? —Mi pequeño colibrí, no se trata de acumular conocimientos sino de ver, sentir y vivir experiencias que te serán de gran utilidad llegado el momento. Aprenderás más con niños de otros planetas que te enseñarán sus culturas antes que con un viejo como yo. —Si es así, no quiero ser Príncipe, ni aprender, ni servir a nadie. Solo quiero estar contigo –se obstinó malhumorado Valdyn. —Y lo estarás, mi pequeño colibrí. En mente y espíritu. ¿Acaso crees que por que estés físicamente lejos de mí, no estaré contigo? Cuando tengas miedo, sientas dolor o te encuentres solo yo siempre estaré a tu lado. —Löthar Lakota me ha dicho que algún día seré un gran gobernante como lo fue mi padre, ¿es eso cierto? —Probablemente. Puede que incluso mejor. —Tío Miklos me dijo que tengo la astucia de Chakyn Chakiris y el valor de Löthar Lakota. —Eso es importante pero si no lo haces por tus principios no vale gran cosa. Es como una barca sin remos, que no te lleva a ninguna parte. —Si me voy, ¿cuándo volveré? ¿Pronto? —Cuando hayas completado tu instrucción. — ¿Cuándo será eso? —Cuando tengas dieciséis años standard. —Entonces ya no te acordarás de mí. Es mucho tiempo. Ven conmigo Salek. —Mi obligación es servir aquí en tu ausencia, pero créeme que yo también te voy a echar de menos. Alguien llamó a la puerta sacando a Valdyn de sus recuerdos. Se levantó y abrió. Era Sarah Seberg, compañera de clase y una de sus mejores amigas. — ¿Vienes a cenar? –preguntó Sarah. —Claro –dijo Valdyn— estoy hambriento. — ¿Impaciente por volver a casa? —Sí claro, aunque al final voy a echar esto de menos. Sobre todo a ti. —Bueno, cuando salgamos puedo ir a visitarte –dudó Sarah—. No. Mejor ven a visitarme tú a mí. Se miraron el uno al otro rompiendo a reír mientras bajaban al salón para disfrutar de una de sus últimas cenas en la Academia. Valdyn no podía dejar de pensar en lo rápido que había pasado el tiempo y en que por fin volvería a ver a su maestro.
Capítulo II
La academia de Thenak en el planeta Thenae
«Desde los primeros útiles de piedra hasta los motores lumínicos actuales, hemos intentado someter a la naturaleza, sin darnos cuenta de que esta, siempre va un paso por delante del hombre». Chakyn Chakiris. (La aceptación y conservación de nuestra génesis)
En la penúltima semana antes del final oficial de curso, en la academia de jóvenes cadetes de Thenak se podía percibir en el aire esa típica atmósfera de relajación y despreocupación que acontece al inminente cierre de una etapa ya acabada. Tanto profesores como alumnos disfrutaban de una soleada mañana que prometía ser un caluroso día. Rodeada de frondosos bosques y, en su parte externa, cortada por un no muy ancho río de aguas cristalinas, se elevaban los altos muros de protección de la Academia de Thenak. Cada doscientos metros sobresalía una torreta de vigilancia armada, la parte superior de la torreta parecía la cabeza de un peón gigante de ajedrez, con la particularidad de que esta era giratoria y estaba capacitada para dar giros completos, sobresaliendo del centro un cañón de disparo rápido de medio calibre capaz de derribar carros de gran tonelaje. Había cámaras y dispositivos de alarma esparcidos y disimulados por todo el perímetro de los muros de la Academia, así como aparatos con las fun¬ciones más dispares; minas, trampas eléctricas, sensores de vida, ojos nocturnos, medidores bacteriológicos, termómetros, rampas de antiaéreos, anticarro y demás dispositivos de defensa. Coches–aéreos vigilaban sin descanso los alrededores del complejo académico. Ante semejante despliegue militar, cualquier visitante que cruzase tales medidas de seguridad se sentiría un tanto impresionado por el fuerte contraste del interior del recinto con la reciente militarizada imagen externa que acababa de percibir. Un gran arco de estilo gótico adornaba la entrada de la puerta principal de la academia, acompañada de dos columnas de granito adornadas con dos dragones de piedra en lo alto. En la parte superior de dos puertas de roble se leía la siguiente inscripción tallada en piedra con caracteres góticos: «Sabiduría, Humildad, Honor». Un poco antes de llegar a la puerta principal, formando un círculo, había una avenida adornada a ambos lados con una hilera de cipreses, y torciendo por otra avenida justo al principio de la hilera de cipreses se podía subir a una terraza que ofrecía una panorámica general de las instalaciones de la Academia. Un fuerte olor a resina y a césped recién cortado inundaba el aire. En su conjunto, las medidas totales de la Academia abarcaban unos diez kilómetros de largo por cinco de ancho. El porqué de estas medidas era muy sencillo: seguridad. Cuanto más pequeño es un recinto, mayor facilidad para su control y funcionamiento. A todo esto se le podía añadir la exacta distribución de las ins¬talaciones, estando perfectamente coordinadas estética y funcionabilidad. Así como el edificio de la entrada principal era la residencia del Rector, a ambos lados se podían divisar dos antiguos edificios del mismo estilo gótico que el principal. En estos se alojaba el profesorado del centro. Más adelante se encontraban las aulas, salas de prácticas, instalaciones deportivas, residencia de alumnos, jardines, almacenes de avituallamiento, edificio del personal de man¬tenimiento, barracones de las tropas de seguridad, salas de comunicaciones, un hospital, los jardines principales de la Academia, adornados con una gran avenida y una enorme fuente central junto a un helipuerto con dos hangares, y el resto de instalaciones destinadas a tapar todas las necesidades que el centro académico pudiese tener. En ella se alojaban unos setecientos alumnos, hijos de las principales familias de la Interfederación, así como de planetas y sistemas fronterizos inde¬pendientes y también, aunque de manera excepcional, de algunas de las estirpes del Imperio. Según avanzaba el día, el calor iba en aumento y a pesar de los ventila¬dores de las aulas, el alumnado se movía impaciente deseando el toque del timbre. El aire se notaba cargado. Se oían toses nerviosas, risas, murmullos, golpes de impaciencia con la yema de los dedos sobre la mesa, así como algún que otro alumno que se mordía las uñas o hacía alguna que otra pregunta a su instructor aparentando interés con la esperanza de eludir la entrega de la lección del día. Por fin la tan esperada señal de descanso del mediodía sonó. Todos los alumnos salieron de sus aulas en ordenadas filas a los jardines exteriores. Una vez allí, se separaron en grupos esparciéndose por cualquier rincón de los jardines del recinto interior. Uno de estos grupos se alejó de la fuente de la avenida central. Cruzó el Jardín Chino, pasó por el invernadero y únicamente cuando se asegu¬raron de que estaban completamente solos, se sentaron en círculo al lado de un estanque con peces. —Bueno, ya estamos solos —dijo con alegría Nathan, el mayor de todos—. Bien, pasemos lista, veamos si estamos todos. Paseó su mirada por los presentes. —Troya, Han, Zore, Sophy, Ethne, Thoth, Novak, Sarah, Valdyn y un ser¬vidor. Bien, declaro abierta la sesión. —Sarah, ¿tienes el plano? —preguntó Nathan con la emoción reflejada en su moreno rostro de ojos grises llenos de vivacidad. Una jovencita de unos catorce años, también de pelo negro que contrastaba con una tez blanca de labios finos y ojos azules, se puso de rodillas, sacando de su manga un plano. Lo puso en el centro del círculo de sus amigos y lo abrió. —Aquí está, Nathan. Tal como me pediste. Intercambió una sonrisa de complicidad con él, esbozada con coquetería, a la vez que miraba fijamente su alta y ancha figura. Todo el grupo se inclinó para estudiar mejor el mapa. — ¿Cómo lo conseguiste? —preguntó curioso, Valdyn. —Sí, ¿cómo lo conseguiste? —preguntó uno de los más pequeños del grupo, Han, mientras se arrimaba un poco más para poder ver mejor el codiciado plano. —Muy sencillo. Accedí a la base de datos del Rector. Es el único junto al Comandante de seguridad que tiene los planos de todo el complejo, tanto de seguridad como del alcantarillado, además de la instalación de aire y, en definitiva, de toda la Academia —dijo Sarah. — ¿Cómo accediste a la base de datos? —interrogó Valdyn mientras ob¬servaba con minuciosidad cada uno de los detalles del holoplano. —Sí, ¿cómo accediste? —repitió Han. Mientras Sarah contaba los detalles de su pequeña hazaña, Nathan repri¬mía una sonrisa. Sabía por propia experiencia, que hay una edad cuando se es pequeño que, de una manera inconsciente, se toma a los mayores cuando estos destacan de los demás, ya sea en un deporte o disciplina, como un ídolo o héroe a imitar. Evidentemente, Valdyn estaba muy bien en ese papel a sus dieciséis años. Era de los mejores miembros de la Academia, y además por méritos propios. Alto, flexible, de ojos profundos, impregnados con un toque de sabia serenidad, pelo moreno y ondulado, mandíbula fuerte, nariz recta, cejas finas, largas pestañas, piel morena y labios carnosos. Destacaba en todos los deportes y disciplinas tanto tácticas como militares. Su sola presencia llamaba la atención. Era inteligente, hábil, diplomático, auto controlado, intensamente leal y siempre fiel a sus princi¬pios y convicciones, de grato humor aunque introvertido, impaciente y orgulloso. Representaba todo lo que a uno le gustaría ser y mucho más. Por eso, no era de extrañar que los más pequeños hiciesen todo lo posible por imitarle. Poco a poco Nathan volvió en sí y siguió las explicaciones de Sarah. —Entonces, una vez descodificada la clave de acceso, entré en la base de datos, copié el fichero y luego lo imprimí. Fue sencillo. —Bien Sarah —dijo Valdyn. —Bien Sarah —repitió a su vez, Han. —Bien hecho —este era Zore, el hermano gemelo de Han. Y así las consiguientes felicitaciones del resto del grupo. Hechas estas, Nathan se puso en cuclillas, se llevó el dedo índice a los labios y, en silencio, estudió el plano. Mientras tanto, el resto del grupo aguardaba, manteniéndose expectante y esperando su decisión. Solamente se escuchaba el rumor de la caída de agua en el estanque. Una suave mano de viento acarició sus caras. Los minutos pasaban y pequeñas gotas de sudor bro-taban de la frente de Nathaniel. — ¡Lo tengo! Todos se arrimaron tocándose hombro con hombro. — ¿Cómo lo haremos? –preguntó Ethne. — ¡Alcantarillas! —dijo Nathan mientras no perdía de vista el invernadero situado justo detrás del estanque de peces. Todos le miraron estupefactos, y este se empezó a reír. —Estás loco. Si nos pillan, puede que nos sancionen y solo falta una semana para volver a nuestras casas —razonó Sarah. —Tranquilízate, sé lo que hago —dijo Nathan mientras levantaba las palmas de las manos pidiendo calma. —No, no creo que sepas realmente lo que haces. Tú y Valdyn deberíais saberlo mejor que nadie —respondió medio encolerizada, Sarah. El resto de cadetes se observaron perplejos. —Quieres hacer el favor de tranquilizarte —replicó Nathan con impa-ciencia pronta a convertirse en irritación. —Valdyn y yo nos graduamos dentro de una semana. Somos los que más tenemos que perder. Asumo toda la responsabilidad. — ¡Asumo toda la responsabilidad! —le reprochó, Sarah—. ¡Habla por ti mismo! — ¡Mujeres! a la hora de la verdad siempre se echan atrás —sentenció Nathan mientras lanzaba un imperceptible guiño a Valdyn a la vez que releía una y otra vez el holoplano. — ¡Maldito armario con patas! —Reconócelo querida, estás loca por mis huesos. Vamos, no te dé ver¬güenza, estamos entre amigos al fin y al cabo. — ¡Desgraciado, presumido, fanfarrón, gusano inmundo! Bueno eso sería insultar a los gusanos. Jamás me fijaría en un animal como tú. — ¿No? —preguntó con beatitud, Nathan. — ¡NO! —Ya, ya. Como diría mi abuelo, puede ser verdad y sin embargo nunca haber sucedido, mi querida niña. —Pero bueno, ¿quién te crees que eres? ¿Dios? —No. Soy su padre. —Santa diosa Yllanna, no sé cómo te soporto. —Bienaventurados los que son capaces de reírse de sí mismos porque nunca acabarán de disfrutar de su naturaleza ni de asombrarse —dijo riéndose Nathan. —Mirad a Don Perfecto, que en vez de cagar mierda como todo el mundo, caga mármol. —Vaya vocabulario —dijo con disimulada sorpresa Nathan. —Piérdete. —Ah, son tantas las mujeres que dicen que no, cuando en el fondo piensan que sí —dijo Nathan mientras estudiaba el plano una vez más y lo levantaba del suelo acercándoselo a los ojos para poder verlo con más claridad. Un blanquecino resplandor iluminó su rostro mientras fingía ignorar a Sarah. — ¡Idiota, tontorrón, te voy a hacer picadillo! A todo esto le acompañó una buena lista de tacos e insultos hasta que Valdyn intervino pidiendo silencio por ambas partes. —Ya está bien Nathan, di lo que tengas que decir, y tú, Sarah, tranquilízate. No disponemos de mucho tiempo y tenemos que tomar una decisión ya, y ruego por que sea la acertada —dijo Valdyn. —Está bien, haya paz, hermanooooos —dijo Nathan cansadamente—. Además si no quieres venir, no vengas. Si lo prefieres lo someteremos a votación después de escuchar mi plan, ¿os parece bien? Todos asintieron y Sarah se limitó a alzar orgullosamente la barbilla, aunque no perdía detalle de lo que Nathan decía. —Vale, sabemos que atravesar el muro es imposible porque aunque lo consiguiésemos, podríamos salir pero no volver a entrar. Al menos, no sin ser descubiertos. Hasta aquí todo claro —Nathan hizo una pausa y esperó a que todos lo asimilasen. Los cadetes asintieron en silencio—. También he pensado utilizar uno de los conductos de aire que llevan al exterior. Según este holoplano están repletos de ojos ópticos y sensores láser que accionarían la alarma general. Y nosotros no queremos que suceda eso, ¿verdad? Queda excluido intentar coger un helitransporte o un vehículo de avituallamiento. Están fuertemente custodia¬dos. Por último, solo queda el sistema de alcantarillado. Todas las salidas están electrificadas excepto una. — ¿Cuál? —preguntó Valdyn intuyendo lo que Nathaniel se traía entre manos y no estando seguro de que le fuese a gustar lo que su mejor amigo tenía en mente. —La del invernadero. — ¿Por qué? —Acaso no sabíais que el actual invernadero era antes un almacén de avi¬tuallamiento. Reformado este, la alcantarilla se selló pero no se electrificó porque no se utilizaba. Tiene una cerradura de doble combinación digital muy primitiva y da la casualidad de que la llave está en el invernadero, así que nos va que ni pintado —dijo Nathan—. Primero guardamos los ponchos en el invernadero, con las mochilas. Después dejamos el candado abierto, cuando nos vayamos, volvemos a coger la llave, cerrándola al salir y una vez todo haya terminado volvemos, abrimos, pasamos y cerramos el candado dejándolo todo tal y como estaba, saliendo del invernadero en grupos de tres, caminando directamente a los comedores como si nada hubiese pasado. Es tan sencillo que no puede fallar. No hace falta que lo digáis, lo sé, soy un genio y, como todos, un incomprendido. En serio no me miréis así, no puede fallar. Una vez hubo terminado cogió el plano y se lo guardó. —Y bien, ¿qué os parece? —Menudo estratega de capirote —espetó Sarah. —Bien, sometámoslo a votación —contestó con impaciencia Nathan—. ¿A favor? Vamos, vamos sin timidez, pequeños. Poco a poco las manos de los miembros del grupo se fueron alzando excepto las de Sarah y Valdyn. — ¿Valdyn? —Es una locura pero iré con vosotros. Alguien tendrá que cuidar de ti, Nathan —contestó Valdyn con distracción y voz lejana. Dicho esto todos se rieron incluidos Nathan y Sarah. — ¿Y bien, Sarah? —preguntó Nathan. — ¿Es que soy la única que tiene un poco de sentido común aquí? –pre¬guntó Sarah—. Quiero que conste que esta fiesta de despedida nos puede traer graves problemas a todos. Si luego sucede algo, no digáis que no os avisé. —La voz de la conciencia ha hablado, inclinémonos ante ella. Dicho y hecho. Vox populi vox dei. Adjudicado, la operación fiesta será mañana a las 5:00 horas. Quedaremos en el invernadero a las 4:50 —dijo con una amplia sonrisa Nathan—. ¡Ah, otra cosa! aparte de las mochilas y los ponchos, llevaremos los uniformes de reglamento de la Academia y las armas blancas. Cualquier precau¬ción es poca en los tiempos que corren. Ni que decir tiene que tendremos que actuar en equipo. No quiero sorpresas. ¿Queda claro? Bien. El grupo pareció relajarse al haber tomado una decisión. —Sarah, aunque estés triste, sonríe. Más vale tener una triste sonrisa que la pena de no volver a saborear la alegría de vivir. —Yo debo ser tonta —susurró Sarah. —No es el momento de ser sinceros —dijo Nathan a lo lejos. — ¡Dioses, me voy a morir! —aulló Sarah. —No caerá esa breva. — ¿Por qué queréis salir de la Academia y echarlo todo a perder? Si nos cogen nuestros tutores en Mithra…
—Es nuestra fiesta de fin de curso, una pequeña escapadita. Vamos mujer ¿y tu espíritu de aventura? También hay que disfrutar un poquito de la vida, ¿no? Por fortuna, sonó la sirena que señalaba el final del descanso y la reanu-dación de las clases. El grupo se fue acercando lentamente a las filas de sus compañeros y cada uno fue incorporándose a sus clases. Un día de aventuras les aguardaba.
Capítulo III
El mensaje
«Para conocer la máxima expresión de la sabiduría qué mejor que retornar a nuestra inocencia».
Noah Aristóteles Salek. (La pureza de mente y espíritu como máximo don del hombre)
La mayoría de las salas e instalaciones con actividades de tiempo libre estaban llenas de cadetes. Aunque otros, como Valdyn, preferían retirarse a los jardines y pasear. En las últimas semanas había reincidido de una manera in¬consciente en esta actividad, llegando a convertirse en un hábito para él. Mientras paseaba, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían y eran sustituidas por las artificiales de las farolas de los jardines colindantes a la avenida principal de la Academia. Al final de las largas hileras de luces, se podía divisar la fuente principal, coronada con una oscura estatua de bronce que representaba a una antigua diosa griega de la que el centro había heredado su nombre. Valdyn hizo un breve esfuerzo para recordarlo hasta que dio con él. Su nombre era Atenea, la cual, según le explicó un día el propio Rector del centro, representaba la Sabiduría. Era la diosa de la sabiduría de una antiquísima civili¬zación de la vieja Terra–Mater, ya extinguida hacía mucho tiempo. A medida que se acercaba a la fuente, podía sentir su humedad, mirando los diferentes arcos de agua, resaltados con luces instaladas a su alrededor. Un bonito efecto de luz y formas añadido al relajante murmullo de su suave fluir. Se sentó al borde de la fuente, metió ambas manos refrescándose la cara y el cuello e inspiró satisfecho por el efecto renovador del agua. Le recordaba su mundo marino, su hogar. Qué calor hace, se dijo mientras levantaba la cabeza y percibía la salida de la primera de las dos lunas gemelas de Thenae. Se desabrochó los botones de la casaca, dejando entrever una blanca camisa con cuello corto de reglamento, mientras se ponía en pie, siguiendo su paseo hacia el Jardín Chino. Recuerdos de su infancia llenaban sus pensamientos. Atravesando la entrada del mismo, vio a cuatro jóvenes cadetes que no so¬brepasarían los once años de edad standard. Parecían enfrascados en una discusión que se interrumpió con la repentina aparición de Valdyn. Rápidamente el mayor se puso en pie. Haciendo el saludo de la Academia cuando se está frente de un superior, puso su puño en el pecho a la vez que decía: — ¡Atención, firmes! El resto del grupo se puso en pie y se cuadró, sacando pecho y levantando la barbilla. Todos permanecían en silencio, esperando el saludo de su superior. Mirando al frente con cierto temor. —Descansen —les contestó Valdyn mientras observaba los diferentes escudos de armas que llevaban los jóvenes cadetes a ambos lados del cuello de sus negras casacas. Los cuatro eran hijos de grandes linajes que ofrecían vasallaje al Imperator. Valdyn lo sabía porque en la parte superior del escudo de armas de los diferentes rangos y familia a las que representaba cada cadete, se encontraba la dorada cimera imperial. No era algo usual cobijar esa clase de miembros en una academia que estaba bajo la autoridad y jurisdicción de la Interfederación. Cierto era que, ya hacía muchos años que formaban parte de la de por si variada com¬posición de los cadetes de la Alta Escuela, cuya tradición en la formación de sus alumnos para desempeñar las futuras responsabilidades que les aguardaban, era legendaria. Sin embargo, los pensamientos de Valdyn giraban en dos cuestiones que no se había planteado antes. La primera, en las implicaciones políticas que se derivaban de tener miembros tan especiales. La segunda, en la terrible responsabilidad que corría la Academia al tener pupilos de esa índole. De ahí las extraordinarias medidas de seguridad con que contaba la Academia. Todo este flujo de pensamientos se difuminó en un segundo. Sus ojos se apartaron de los diferentes escudos de los cadetes e hizo una vista rápida general a sus uniformes, paseando su mirada minuciosamente por cada cadete. Dio un paso al frente y abrochó una hombrera suelta en el uniforme del cadete más pequeño a la vez que le preguntaba nombre y graduación. A lo que este le contestó dando un paso al frente y retirándose después. —Sargento cadete Alex, Alexey Ziant, Señor. —Bien cadete Alexey debes cuidar más tu aspecto la próxima vez tendrás una pequeña falta de diez puntos, ¿queda claro? —preguntó con firmeza Valdyn. —Sí mi Señor, no volverá a suceder Señor. —Esto también va para todos los demás, ¿queda claro? —¡Sí señor! —contestó al unísono el resto del grupo. Mientras le contestaban, Valdyn se percató de lo rígidamente disciplinadas que eran, más que las respuestas, las actitudes de sus compañeros de estudios. Evidentemente ya venían condicionados y lo eran desde que nacían hasta que morían. Sin embargo, tenía la sensación de que le ocultaban algo y no sabía muy bien el qué, ni por qué. Tuvo un presentimiento. Valdyn les preguntó qué hacían fuera de sus habitaciones a esas horas. El mayor respondió en nombre de todos. —Señor hace demasiado calor en nuestras habitaciones y mis compañeros y yo decidimos tomar un poco de aire fresco. Además todavía quedan dos horas para el toque de queda, Señor —respondió con calma y seguridad el cadete con galones de alférez. —Está bien caballeros, ya es hora de volver a sus respectivas residencias —dijo Valdyn con comprensión. Al fin y al cabo él tampoco quería quedarse encerrado en la habitación. Estaba a punto de proseguir su paseo cuando vio un arrugado papel debajo del banco donde se habían sentado. Se agachó y mientras lo cogía preguntó: — ¿Qué es esto? Los cuatro cadetes permanecieron en silencio y en rígida posición de firmes. Abrió el papel y lo leyó. A primera vista parecía un parte militar, en la parte superior estaba el sello de la Interfederación, la fecha era de hacía una semana.
******************************************************
FECHA: 28/08/11971. NUEVA ERA. CUARTEL GENERAL FRONTERIZO ALPHA 9.ANKORAK D.C. INFORME DIRIGIDO AL VICECONSUL DE LA INTERFEDE-RACIÓN Y MINISTRO DE ASUNTOS EXTERIORES EN EL ALTO CONSEJO, CHRYS LAMBERT. **CODIGO GAMMA ROJO**
—TRAS LOS ACONTECIMIENTOS QUE RECIENTEMENTE HE TENIDO QUE PRESENCIAR, ME VEO EN LA OBLIGACIÓN DE COMUNICAROS EL SIGUENTE INFORME: —NUESTRAS PATRULLAS EXTERIORES HAN DETECTADO LA MOVILIZA¬CIÓN DE FUERTES CONTINGENTES DE TROPAS BLINDADAS Y DE ASALTO EN LOS SECTORES COLINDANTES A ALDEVARAN PLATA 7. COMO VOS BIEN SABÉIS DICHO SECTOR GOZA CON LA PROTECCIÓN DE LA INTERFEDE-RACIÓN, SEGÚN EL ESTATUTO 7 PÁRRAFO SEGUNDO DE LA LEY DE FRONTERAS ESTABLECIDO CON EL IMPERIO EN EL TRATADO DE DORASAT. CUALQUIER EJÉRCITO O FUERZA ARMADA QUE VIOLE EL SUELO DE CUALQUIER PROTEC-TORADO BAJO LA JU¬RISDICCIÓN Y PROTECCIÓN DE LA INTERFEDERACIÓN, COMO EL MENCIONADO ANTERIOR-MENTE, INCURRIRÁ EN GRAVES SANCIONES IMPUESTAS POR LA ALTA CÁMARA DE SISTEMAS UNIDOS. OS ENVIO LAS PRUEBAS ADQUIRIDAS POR NUESTRO SERVICIO FRONTERIZO DE SEGURIDAD. VARIAS PELÍCULAS VIRTUA¬LES, HOLOFOTOS Y DEMÁS MATERIAL DE APOYO. LA SITUACIÓN DEL CUARTEL FRONTERIZO DE ANKORAK ES DE ALERTA ROJA. NO SE MODIFICARÁ ESTA MEDIDA PREVENTIVA HASTA NUEVA ORDEN. RUEGO URGENTE RESPUESTA.
TENIENTE GENERAL DE SECTOR, ALAN WILFORD.
P.D.: EL TOTAL DE NUESTROS EFECTIVOS ES DE 2 LEGIONES, 20.000 HOMBRES. EN CASO DE SUFRIR UNA INCURSIÓN A GRAN ESCALA, ME VERÍA EN LA OBLIGACIÓN DE RETIRAR MIS TROPAS POR SER ESTAS INSUFICIENTES PARA FRENAR UN ATAQUE DE ESTE TIPO, HASTA LA LLEGADA DE MÁS EFECTIVOS DE APOYO. ****************************************************** Una vez leída la nota Valdyn se quedó pensativo durante un largo rato. Después alzó la cabeza y observó cómo los cuatro cadetes permane-cían en silencio. —¿Dónde habéis conseguido este mensaje? —preguntó Valdyn mien-tras guardaba la nota y cruzaba los brazos, adoptando una paciente actitud de espera. Los cuatro cadetes permanecían en actitud de firmes y parecían dispuestos a no quebrantar su silencio. —Escuchadme bien, la posesión de un documento confidencial de esta índole, representa alta traición. Las consecuencias no solo serán graves para vo¬sotros, también lo serán para vuestras familias. No podré ayudaros si no ponéis nada de vuestra parte, ¿y bien? Los cuatro cadetes permanecieron impasibles. —De acuerdo, os lo plantearé de otra manera. Como Caballeros del Imperio, solo debéis fidelidad a vuestras familias y a vuestro amado Imperator. Sin embargo, dentro de la Academia poseéis un pacto de respeto a sus reglas. Rompedlas y romperéis vuestro pacto de fidelidad para con los vuestros, o dicho de otra manera, habréis traicionado a vuestro Rey. Los cuatro cadetes, al oír esta alusión se envararon aún más, pero seguían en silencio. De repente, uno de los más pequeños fue a decir algo, pero una cortante mirada del mayor de los cadetes le contuvo y se calló. —No solo sois traidores, sino también ladrones. Entonces el más mayor de los cuatro dio un paso al frente y con ira contestó: —Somos fieles a nuestro Rey y no somos ladrones, Señor. Un ladrón es aquel que hurta algo de valor. —Ah, ¿no lo sois? —dijo Valdyn ingenuamente—. La adquisición de un bien ajeno, sea este de valor o no, es robo y se castiga como tal. —Esto es solo un papel Señor, no un bi… Valdyn estaba a punto de perder la paciencia. —Es un bien de uso de la Academia y por tanto de valor para la misma, así que tenéis dos opciones, hablar y decirme cómo, cuándo y dónde habéis sustraído este documento o ateneros a las consecuencias. Dicho esto, otro de los cadetes dio un paso adelante y se presentó: —Mi nombre es cadete alférez Zoltar Samseg. Fui yo quien ad¬quirió el documento, Señor, pero antes de nada quiero que sepa que no hubo mala intención por mi parte ni por la de mis compañeros. Me prestaron un programa descodificador y accedí a unas de las bases de datos encontran¬do varios registros, entre los que hallé este. Fue solo un juego. Esa es toda la verdad Señor. ¿Un juego?, pensó Valdyn. —Está bien, veré qué es lo que puedo hacer. ¿Tienes el programa aquí, cadete? —Tomad Señor —dijo entregándole un cubo de color platino. — ¿Alguien más sabe algo de esta carta? —No Señor. — ¿Seguro? —Seguro. —Dadme vuestras llaves de terminal. Quedan confiscadas hasta nueva orden. Y vuestra esfera–memoria de ficheros. —Pero Señor… — ¡Ahora! —dijo con firmeza Valdyn. Los cuatro cadetes entregaron a Valdyn lo que les pedía, no sin cierta reticencia. —Bien, hablaré con el Rector y veré qué puedo hacer. No os prometo nada, pero os ayudaré tanto como pueda. — ¿Cómo podemos estar seguros de que cumpliréis lo pactado, Señor? No es que dude de vos pero… —preguntó el mayor de los cadetes. —Cadete, es Valdyn de Sillmarem quien te da su palabra. Los cuatro compañeros se quedaron estupefactos. Una oleada de temor les inundó mientras que el más pequeño no podía evitar una exclamación no exenta de admiración, — ¡Es un Sillmarem! Pudieron apreciar al tiempo que Valdyn se giraba, el escudo de armas del cuello de su casaca. Si tenían alguna duda, quedó completamente disipada al observar su insignia familiar. Constaba de dos tridentes de plata, cruzados sobre un delfín de la misma tonalidad, con tres rosas debajo, que simbolizaban las tres lunas de Sillmarem. Sobresaliendo de todo ello una S gótica sobre fondo azul claro. También pudieron apreciar en el dedo meñique de su mano derecha una sortija de oro, cuyo sello tenía una S con dos tridentes cruzados en la parte superior del mismo. Durante unos segundos los jóvenes de la alta nobleza imperial no supie¬ron cómo reaccionar. Hasta que, por toda excusa, doblaron la rodilla en el suelo y con la mano derecha abierta en el corazón, y la otra abierta hacia arriba en dirección a Valdyn, rindiéndole homenaje, utilizaron la ritual fórmula de saludo del Imperio. —Salud noble Señor, que el cielo os guarde. Los cuatro jóvenes se levantaron e hicieron otra reverencia con las manos junto a las piernas, a la vez que se inclinaban y se marchaban, no sin cierto nerviosismo e inquietud. Valdyn quedó sumido en profundas reflexiones. Todavía quedaba más de una hora antes del toque de queda, así que decidió proseguir con su paseo nocturno. Dejó atrás el Jardín Chino y regresó por uno de los jardines exteriores a la gran avenida central. Camino de su habitación, emergía la segunda de las lunas gemelas de Thenae. Oscuros nubarrones cubrían las colinas que bordeaban el gran río Cervus. Casi la totalidad de los territorios que rodeaban la Academia eran considerados reserva natural. Estaba prohibido el acceso de cualquier persona ya fuera de la Academia o de la población civil, bajo pena de grandes sanciones. Solo el per¬sonal de protección o ecólogos de la Interfederación ejercían ese derecho. Una fabulosa fauna de aves nocturnas le daba el nombre de «el Bosque Alado». Era, en definitiva, un edén que intentaban conservar y proteger. Un fuerte olor a resina y a tierra virgen inundó su ser. Se sentía aceptado por lo que era, un ser humano desnudo y libre como las criaturas que poblaban los alrededores de la Academia. A medida que se iba acercando a la entrada de su residencia, se esforzaba por dominar una creciente agitación interior. Solo se le ocurría una persona que hubiese sido capaz de diseñar un programa que pudiese descodificar cualquier base de datos de la Academia: Sarah. No podía ser otra que ella. ¡La muy estú¬pida! Si se hubiese limitado a hacer lo que se le pedía, nada de esto hubiera ocurrido. Por fortuna solo yo sé lo que ha ocurrido aunque… El flujo de pensamientos de Valdyn llegó a una conclusión. No diría nada a nadie. Se limitaría a pedirle el programa original e interrogarle por el resto de copias que hubiese hecho. De esa manera no se sabría nada, confiscaría las copias y le daría un toque de atención a Sarah. La hora de impresión del documento había sido al comienzo de la jornada académica. Los cadetes solo tuvieron acceso a sus terminales a las 10:00 de la mañana y después de cumplir con todas las clases del día, el único momento y lugar donde se pudieron reunir y estar a solas sin ser molestados, era donde él los había encontrado, en el Jardín Chino. Aun así no era esto lo que más le preocupaba, sino lo que el contenido de la nota podía significar. Muchos detalles se le escapaban y lo sabía, si hacía una semana que había sido emitida, a estas alturas todo el mun¬do debía saberlo. No obstante, no conseguía encontrar sentido al movimiento de tropas imperiales en un sector custodiado por la Interfederación, a sabiendas de que cualquier agresión imperial obtendría respuesta de las civilizaciones fronterizas con el Imperio. No solo porque tenían pactos de apoyo político con la Interfederación, sino porque no permitirían ningún intento de anexión. Nadie ignoraba que los Sistemas Fronterizos, los Rebelis y sus guerreros Shinday, mantenían un pulso por el control del sector. Los sistemas diplomáticos independientes eran, quizás, el único organismo oficial capaz de actuar como mediador entre dos partes en litigio, como podían ser el Imperio y la Interfederación. También había que contar con supercivili¬zaciones tecnológicas como Invenio, cuya base de poder radicaba en su fuerte potencial creativo aplicado a las nuevas tecnologías siempre punteras y en cons¬tante expansión por todas las galaxias actuales. Valdyn también se preguntó cómo reaccionaría la Alianza de los Siete Señores o Septem cuyos principados eran completamente independientes del Imperio o cualquier otro poder político. Sus siete sistemas planetarios eran de una extraordinaria riqueza económica. Sobre todo la bioingeniería, que era su principal fuente de ingresos. Aunque siempre había tenido excelentes relaciones con el Imperio. La monarquía de Indha, que basaba su poder en la exportación de materias pri¬mas y de artesanía a los mundos tecnificados también tendría algo que decir. Y por último, la alta–democracia de Krystallus–Nova cuyo poder era la energía y su distribución. Los principales yacimientos de cristal energético eran originarios y únicos en Krystallus–Nova. Los sistemas económicos del universo dependían en gran medida de la producción de este peculiar cristal energético de múltiples propiedades. Tanto el Imperio como la Interfederación, Invenio, la monarquía de Indha, las grandes corporaciones Kaishas, exceptuando los Sistemas Fronterizos y los mundos de Sill, dependían de ellos para cubrir el noventa por ciento de sus ne¬cesidades energéticas. Usaban el denominado Visignis o comúnmente conocido como Vignis, sustancia natural–energética. Krystallus–Nova ejercía su monopolio por el cosmos civilizado con paternal sutileza. La situación de privilegio de Krysta¬llus–Nova no dependía de nadie. Era autosuficiente. Aunque las mayores fuerzas del universo mordiesen el polvo, quedaría en pie sin afectarle lo más mínimo la sacudida, por fuerte que fuese. Su monopolio de energía, su riqueza, era lo bastante amplia como para cubrir por completo todas sus necesidades. Además era un planeta con unos recursos naturales bien aprovechados y a esto se podía añadir su estabilidad gubernamental, basada, sobre todo, en la formación de sus habitantes y en su equilibrio entre tradición y progreso. Sin embargo, su mayor debilidad radicaba en su propia existencia y su enorme cantidad de poder, al tener el absoluto mo¬nopolio de Vignis. Cierto que la legitimidad de su alta–democracia estaba fuera de toda duda y su comportamiento respecto a las otras fuerzas ya existentes era ejemplar y respetado. A pesar de hallarse en una tremenda posición de poder y de fuerza el peligro existía, no en la posible corrupción de sus honrados miembros sino en la hipótesis de que un día el gobierno de Krystallus–Nova pasara a otras manos y pudiese transformarse en una cruda realidad. Quien dominaba el Vignis domi¬naba la mayor fuente de energía del cosmos. El poder dependía del poder para mantenerse. El Imperio no dudaría en adueñarse de tal monopolio a la más leve opor¬tunidad que se le presentara. Las grandes corporaciones interplanetarias lucha¬ban salvajemente por obtener un bocado del pastel. Krystallus–Nova, conocida como el banco de las civilizaciones actuales, filtraba y dominaba el grueso de las transacciones económicas más importantes, legales e ilegales. En sí mismo se había convertido en un gigantesco planeta–bancario. Muchas empresas bélicas del Imperio vivían de la guerra y siempre anhelaban dar un suculento zarpazo a tal delicatesen. Valdyn empezó a agitar su cabeza de un lado a otro, procurando quitarse esos pensamientos de la cabeza. Empezó a subir las escaleras de entrada a su residencia, encontrándose en la puerta a un jardinero trabajando en uno de los hermosos rosales situados a ambos lados de las escaleras de mármol. Este se percató de la llegada de Valdyn y dejando sus grandes tijeras en el suelo, se levantó y saludó con una ligera reverencia. —Salud, mi Señor. —Salud y buena fortuna jardinero. El jardinero se inclinó con humildad y continuó su tarea cuando, de repente, Valdyn se paró en seco, giró la cabeza y observó con interés al viejo jardinero. Parecía completamente absorto en la poda de sus rosales, sus movimientos eran precisos y ordenados a pesar de la avanzada edad que se adivinaba en su blanca cabellera, sus lánguidos ojos grises o sus rugosos dedos que no paraban de moverse de un lado a otro con cierta habilidad. —Jardinero, ¿no es un poco tarde para vuestro trabajo? —preguntó Valdyn. Sin girarse y continuando con su trabajo respondió con cortesía. —Mi Señor, tengo permiso del Rector, porque mañana he de ir al pueblo. He creído que sería mejor hacer esta noche el trabajo de mañana y así terminar la poda de mis rosales, mi Señor. Valdyn dudó por un momento lo que dijo el anciano y estuvo a punto de pedir confirmación, aunque se abstuvo de ello, puesto que hacía casi cinco años que conocía al viejo jardinero, y era, al parecer, muy apreciado por el Rector. — ¡Bien! Buena fortuna anciano —saludó finalmente Valdyn con cor-tesía. — ¡Que los dioses le bendigan, noble Señor! Valdyn entró a la residencia y se dirigió a sus habitaciones estando todavía viva su agitación interior. Se preguntaba cómo se habría tomado su tío, el actual Regente de Sillmarem hasta su nombramiento, la noticia que leyó en el informe confiscado a los nobles cadetes en el Jardín Chino. ¿Cómo influiría la decisión de su tío para con él y su futuro? A medida que avanzaba por el estrecho corredor del piso superior de su residencia hacia la habitación, Valdyn lo veía todo confuso y gris. Iba diciéndose a sí mismo que quizá fuese su propia rebeldía hacia sus futuras e ineludibles responsabilidades, lo que le había inducido a aceptar ir a la loca y descabellada escapada fuera del recinto de seguridad con Nathan y sus compañeros, como última oportunidad de total libertad antes del nombramiento en Sillmarem. El futuro Señor de Sillmarem inspiró profundamente, susurrando mientras cerraba la puerta de su cuarto una frase que solía decir muy a menudo Chakyn Chakiris, hacía ya, mucho tiempo: <<Ocurrirá lo que tenga que ocurrir. La cuestión es dónde, cómo y cuándo>>.
Capítulo IV
La ciudad de la luz «La violencia es el fracaso del hombre respecto a las demás especies». Chakyn Chakiris. (Abstracciones de la realidad)
Tal y como había previsto Nathan, la salida de la Academia fue fácil y sin contratiempos. Una vez dentro del invernadero, Nathan cerró la puerta tras de sí, y empezó a pasar lista a todo el grupo. —Buenos días amigos —dijo esbozando una amplia sonrisa. ¿Habéis dormido bien? ¿Preparados para nuestra visita a la ciudad? En marcha, pues. Veamos si falta alguien. A ver… Han, Zore, Sarah, Valdyn, Troya, Sophy, Thoth, Ethne, Novak y yo mismo. Perfecto. —Un momento, ¿qué ruido es ese? —preguntó Sarah. El chasqueo de unas tijeras de jardín llegó hasta sus oídos. —No os preocupéis, es el jardinero —respondió Nathan. —Vamos, démonos prisa —susurró Valdyn. —Bien, comprobad vuestros macutos en silencio. Rápido —dijo Nathan—. Apresuraos, si nos cogen aquí, nos la vamos a cargar. Silenter, ¿me oís? Silenter. —Te lo advertí. ¿Y ahora qué? ¿Asumirás toda la responsabilidad? Merluzo, en buen lío estamos. Como nos cojan, el Rector en persona nos… —Buen momento escogéis para discutir. Ya no nos podemos echar atrás. Silencio, silencio he dicho, Sarah. Comprobad vuestros equipos y vayámonos de aquí cuanto antes, ¡vamos! —dijo Valdyn en voz baja señalando la rejilla del alcantarillado. Dicho esto, todo el grupo comprobó sus macutos y ponchos. Los puñales bien ajustados en las fundas de cuero de sus bocamangas. Los alimentos, toda la ropa de abrigo y el equipo en general. Así Sarah comprobaba el equipo de los más pequeños, Valdyn el de Troya, Novak el de Sophy, etc. Actuando como un solo cuerpo, perfectamente coordinado. El largo hábito de adiestramiento y la cotidiana convivencia en la Academia habían creado un lazo de unión entre el grupo que se había fortalecido con el paso del tiempo. Más que cadetes de Academia, parecían hermanos. A pesar de la diver¬sidad de sus lugares de procedencia, cada uno conocía las virtudes y debilidades del otro, debido a las dificultades que la convivencia les había ocasionado. Sus tutores habían dado buenas referencias de ellos. Habían sido selec¬cionados cuidadosamente por el Rector de Thenak, que a su vez había recibido las directrices personales de Noah Salek, el maestro de Valdyn en Sillmarem. —Antes del toque de queda estaremos de vuelta. Ahora silencio. Seguidme —susurró Nathan. Terminados los preparativos, el grupo salió sigilosamente por la rejilla de alcantarillado al exterior. Una vez fuera, la cerraron, cruzaron el pequeño riachuelo de la Academia y arrastrándose por el follaje, fueron por la espesura, hasta el Bosque Alado. Desde allí atravesaron el gran río Cervus por una de sus orillas más estrechas, dirigiéndose finalmente a la ciudad de Mithra. Espesos bosques se entrela¬zaban a ambos lados del sendero por donde transitaban con paso alegre y aire feliz. Los jóvenes cadetes se aproximaron a la entrada de la ciudad, atravesándola, no sin leer un gran cartel colocado a la derecha del gran arco de piedra que coronaba su acceso principal: «BIENVENIDOS A MITHRA, CIUDAD DE LA LUZ». Debajo se podía leer la siguiente leyenda: «El lugar donde se compran y venden las luces de tus sueños». «Fiesta en Mithra», terminaba por poner en una pequeña pancarta colocada transversalmente en una de las esquinas externas del cartel. Sus callejuelas más bohemias estaban abarrotadas y en ellas se mezclaban miembros de todas las nacionalidades de la Interfederación y de los rincones más dispares del universo. Aquel día se celebraba un carnaval local con motivo del cumpleaños del Gobernador de la ciudad, íntimo amigo de Anastas Krátides y subalterno de este, con múltiples eventos y fiestas deportivas. Ni que decir tiene que Han, Zore, Sarah y todos los demás, exceptuando a Valdyn que parecía tener su mente en otra parte, contemplaban tan curiosas fiestas aguzando sus sentidos. Valdyn observaba, con una sonrisa dibujada en los labios, la despreocupa¬ción de los gemelos y su tremenda vitalidad, sabiendo que un día no hacía mucho tiempo, él era tan despreocupado y risueño como ellos. En ese instante se preguntó cuánto le había cambiado Thenak, y si su tío Miklos sería capaz de reconocerlo a su regreso a Sillmarem. Amaba su mundo natal con una intensidad que sabía que no le abandonaría nunca. Realmente Sillmarem no le pertenecía a él, sino más bien al contrario. Él pertenecía a Sillmarem en cuerpo y alma. Con una palabra se podía definir a su marino planeta natal: belleza. Sus playas, sus montañas, sus ríos, sus lagos, sus hermosos fondos marinos, sus mares cristalinos de un mara-villoso verde esmeralda, su fauna y flora salvaje. Todo aquello era una antesala al paraíso. Un auténtico edén natural. La sabiduría de los antiguos y los avances tecnológicos y científicos fruto de la creatividad e ingenio de la actualidad formaban un equilibrio entre tradición y progreso tan unido como las dos caras de una misma moneda, y cuyo máximo valor era la cultura. Una cultura que respetaba y protegía la vida en todas sus formas y facetas. Fuera de Sillmarem había un famoso dicho: «En Sillmarem no existen ni la contaminación ni las cerraduras». Y era cierto. El simple hecho de ser original de Sillmarem imponía respeto y admiración en las civilizaciones externas a la Interfederación, incluso en ella misma. De repente, Sarah le agarró del hombro haciéndole volver en sí. —Últimamente estás muy distraído. ¿Hay algo que te preocupe? —Pensaba en Sillmarem, en si habrán cambiado mucho las cosas. —Tú tranquilo, seguro que todo sigue como siempre. Ahora relájate y vamos a pasarlo bien, que para eso hemos venido, ¿no? —Tienes razón. Vamos. Salieron del casco viejo, uniéndose al resto del grupo y se dirigieron hacia los muelles. Valdyn deseaba curiosear por las tiendas de antigüedades de la plaza principal de Mithra, así que se despidió de sus compañeros decidiendo quedar con ellos más tarde en la misma zona. Entró en una tienda de antigüedades y rebuscan¬do, encontró lo que quería. Un colgante con un delfín de oro portando, engastado, un pequeño rubí como ojo. Era para Sarah, como regalo de despedida. Vagabundeando por las calles de Mithra, Valdyn percibió un atronador vo¬cerío en un gran ruedo anexo a la plaza principal. El furioso relincho de caballos y estrépito de armas de acero saturaba el aire. Por un momento, levantó los ojos viendo cómo surcaba el cielo una gi¬gantesca ballena metálica de hidrógeno. Un hermoso Zeppelín. A lo largo de sus costados se desplegaban mayúsculas palabras luminosas:
«BIENVENIDOS A ANKORAK, LA TIERRA PROMETIDA DE LAS OPORTU¬NIDADES PARA USTED Y SU FAMILIA. UN PARAISO DIGNO DE LOS DIOSES Y HOMBRES EMPRENDEDORES COMO USTED».
Mientras veía cómo el enorme dirigible se perdía a lo lejos, pensó en lo asombroso de los caprichosos lances de la historia. Podían desaparecer civiliza¬ciones enteras y, sin embargo, pervivir reliquias como la que estaba admirando. Antiguallas que le sobrevivirían en el tiempo. Pensando en dirigibles, Valdyn recordó una vez que Löthar Lakota constru¬yó un fokker triplane rojo como el del Barón Manfred Von Richstoffen. Para un crío de seis años era una experiencia única y se asombró tanto de la pericia de Löthar pilotando como de lo ingenioso y rudimentario del aeroplano. Y aunque utilizaron cinturones anti–g y todo tipo de medidas de seguridad, su tío Miklos se enfureció muchísimo. <<Arriesgar tan estúpidamente la vida del Príncipe heredero, ¿te has vuelto loco, Löthar?>>. Incluso Noah Salek, cosa excepcional en él, estaba enfadado. Löthar ape¬nas acababa de salir de su adolescencia, pero de nada sirvieron las excusas. El castigo les duró nueve meses. Es mejor no pensar en ello, pensó mientras veía como el trasero del dirigible picaba rumbo hacia el norte. Un ramalazo de tristeza inundó su estado de ánimo. Qué ironía, Ankorak será probablemente pasto de las llamas en poco tiempo. Se fue acercando al ruedo percibiendo en su exterior un gran tumulto. Sonaron tambores de guerra. Tiro con arco, luchas greco–romanas, justas y torneos tenían lugar aquel día en las arenas de la plaza. Era un espectáculo digno de verse que sorprendió y avivó aún más la curiosidad de Valdyn. ¡Un torneo medieval! Qué idea más curiosa. Debe ser en honor del Gobernador de Thenae. Una abigarrada y eufórica marea de cabezas atestaba la plaza. Niños a hombros de sus padres, comiendo todo tipo de chucherías; viajeros de todas partes con pintorescos atavíos, trajeados tecnócratas de Invenio. Sin embargo, los ojos de Valdyn se posaron en una bella esclava. ¿Una esclava? Era algo inusual encontrarse un esclavo dentro de las fronteras de la Interfederación. Era algo muy extraño. Cierto que Thenae era un planeta fronterizo y como tal, era difícil controlar lo que se salía de la ley o rozaba la ilegalidad. La Interfederación condenaba rotundamente la esclavitud. Todo esclavo–humano dentro de sus fronteras era libre. No obstante, esta era una esclava especial. Parecía estar drogada con esencia de selata. En su cuello portaba un collarín de castigo, muy utilizado en Septem y el Imperio. Si el prisionero o esclavo pretendía evadirse, una simple presión al botón del mando a distancia de sus carceleros y una descarga eléctrica abortaría el intento de huida del convicto. Era un método tan eficaz como cruel. Por supues¬to, existían otro tipo de collarines peores. En ese sentido tanto Septem como el Imperio tenían una imaginación portentosa. Este tipo de ingenios daba una idea del tipo de filosofía que dominaba en ambas culturas y que se podía resumir en: <<Consigue lo que quieres que otros hagan para ti sin escatimar medios para ello>>. De todos modos, aquella esclava debía haberles causado bastantes problemas, porque también tenía collarines en ambos brazos y pies. La joven continuaba sumida en una profunda somnolencia. Por otra parte, entre el gen¬tío, destacaba el arco principal atestado de personalidades. Junto al Gobernador Menelao Deucalion había un enorme gordo con ojos de depredador, engalanado con el uniforme escarlata y oro de Septem. Portaba una copa de vino en una mano y en la otra un jugoso racimo de uvas. No paraba de comer, beber y reír con total desinhibición. Slava Taideff, Embajador de la Heptarquía Septem, era una parodia moderna del dios Baco. El Gobernador estaba incómodo y parecía mantener una silenciosa lucha interior entre sus ganas de abofetear a semejante bestia de grasa y su necesidad de guardar las formas. A cada chiste del Embajador de Septem, este se esforzaba por sonreír levemente. Valdyn centró de nuevo su atención en la esclava. Pese a su estado de aturdimiento alejado de la realidad, estaba ricamente ataviada y era hermosa, muy hermosa. Un chaleco de terciopelo estampado, una falda de seda plata y oro que dejaban a la vista sus brazos desnudos repletos de raros tatuajes frente a la refinada austeridad de unas sandalias de cuero de Indha. Por un momento los ojos de la esclava se abrieron, clavándose en los de Valdyn. Unos ojos que tenían algo de sobrehumano. Parecían decir tantas cosas. Valdyn se sentía al borde de algo, pero no sabía de qué. Había algo de indomable y salvaje en su mirada tan fría como los ojos de un gato. Las vidriosas retinas de la esclava se apagaban poco a poco, hasta que terminaron por extinguirse cuando sus parpados volvieron a caer. La exhibición de una esclava en un acto público y en un planeta de la Interfederación, era una declaración descarada de intenciones por parte del Embajador de Septem. Sorprendentemente el Gobernador, pese a todo, no había puesto objeción alguna, ¿por qué? ¿Por qué estaba drogada? ¿Tan peligrosa era? era un desafío a la autoridad del Gobernador y a las gentes de Thenae. Ello no sería bien visto por el pueblo. De hecho, la gente murmuraba lanzando furtivas miradas a la rubia cabellera de la esclava, a su hermoso y extraño rostro y al resto de su persona. El Gobernador debía haber recibido instrucciones muy estrictas de Anastas Krátides para soportar con buena cara y sangre fría la provocación del Embajador de Septem. Después de lo que había leído en la nota que encontró en el Jardín Chino, Val¬dyn sabía que enfrentarse al Embajador era provocar a un aliado del Imperio. En ese instante se produjo un movimiento del gentío. Gritos excitados por doquier. El Primer Caballero de Thenae y sus Jinetes azules descendían a sereno trote. Abatieron las lanzas, según la tradición local, en señal de obediencia y lealtad. En el otro extremo, brillantes corazas de oro cubrían a los caballeros que galopaban tras la bandera de escarlata y oro de Septem. Valdyn apreció que no llevaban ningún tipo de arma moderna. Todas eran según la tradición, lanzas, hachas de doble filo y espadas. En definitiva, las propias de una liza medieval. Pronto se oyó un sonido de trompetas e inmediatamente todos los jinetes de Septem se apearon con ligereza del caballo y se arrodillaron ante el Embajador. Mil guardias circundaban toda la plaza ya que el Embajador era muy suspicaz respecto a la seguridad de su persona. Los caballeros de otras tantas ciudades de Thenae penetraron en la arena, llamando especialmente la atención los transparentes corceles de Invenio. Se ase¬mejaban a caballos de cristal con vida propia. Eran tan hermosos como enigmáticos. Varias cuadrigas tomaron posiciones para enfrentarse después del torneo. A lo lejos, el cielo estaba pintado de oscuros nubarrones. Llovería en no mucho tiempo. Valdyn, una vez más, se fijó en la exuberante esclava. Parecía ejercer un magnético embrujo en él. No sabía muy bien qué era lo que tanto atraía su aten¬ción, una atracción instintiva, era algo difícil de explicar pero, ¿qué? ¿Qué? Por momentos, una creciente marea humana se apelotonaba entre las gradas de protección y el terreno de combate, aplaudiendo como locos la exhibición marcial desplegada por diez guerreros atacando y persiguiéndose mon¬tados en ovo–discos aéreos, haciendo piruetas a cada cual más espectacular. Detrás del palco de honor se acomodaron los principales dignatarios de Thenae, Septem, Andriapolis–Alpha, la República Zankla y el principado Corinnas entre otros. Bajo el escudo de Thenae se encontraba también el asiento destinado al Embajador del Imperio, de Invenio y a dos diplomáticos de Krystallus–Nova. Por fin llegó la hora; Valdyn se sentía presa de una creciente excitación. Quién lo iba a decir, presenciar un torneo medieval de verdad, pensó. Sabía que era una fiesta popular muy famosa en toda la Interfederación y única en Mithra. Retumbaron los tambores de guerra, los caballeros se desplegaron sobre el terreno de combate, arrogantemente enhiestos como guerreros que iban a luchar por el honor de todo un planeta. Llevando los ojos al descubierto, saludaron al Gobernador y sus invitados. Tantos rostros extraños, tantas cosas nuevas, tantos colores. Los sentidos de Valdyn estaban sobresaturados por el constante desfilar y exhibir de contrastes de que hacía gala la ciudad de Mithra. Se sentía libre. Todas sus preocupaciones se difuminaban. Eran tan, tan lejanas. Se sentía vivo. Vivo y feliz. La vida, en ocasiones, era una maravillosa aventura. Cien escudos de armas se elevaron circundando la plaza. Los diez primeros fueron identificados con el escudo de Thenae, un búho blanco sobre fondo azul marino. Otros tantos del resto de participantes y, cosa extraña, el último escudo era negro con un dragón de plata. No llevaba ninguna divisa ni corona de ningún tipo, lo que causó gran sorpresa entre los asistentes. El Primer Caballero de Septem corrió en el primer turno y derribó a su adversario con extraordinaria contundencia, sonriendo a los vítores de sus con¬ciudadanos. Frente a frente, dos parejas de caballeros se enfrentaban, rasgando el aire un crujir de lanzas y escudos. El torneo medieval de Mithra había comenzado.
Capítulo V
El guerrero del dragón «No olvidéis que un día también fuisteis niños, por eso reconocer que algo no se sabe y querer aprenderlo es el primer paso de la sabiduría». Dhalsem Thagore. (La virtud de la sencillez de pensamiento)
El Embajador de Septem parecía un tanto subido de tono por los efectos del vino. El plan del Conde se desarrollaba como había sido previsto, sin contra¬tiempos por el momento. De repente apareció, de una apartada sombra, un singular jinete cubierto con una oscura armadura. Su coraza relucía ornamentada con extraños símbolos felinos. El nuevo caballero montaba un poderoso pura sangre negro. Su visera bajada ocultaba su mirada, portando en la banderola que flotaba al final de su lanza, en negro y dorado, un dragón de plata con las siguientes enigmáticas letras argentas: «Homofel». Al ver la inscripción, la cara del Embajador de Septem palideció. El Gobernador frunció el entrecejo. Sus esposas y acompañantes de alto rango susurraron por lo bajo. Toda la multitud murmuraba, especulando qué podría significar la inscripción y quién sería el desconocido. «El hombre del dragón». Aquel nombre corría y se posaba de boca en boca entre las gentes de la plaza principal de Mithra. Lo que más atraía la atención era la enorme alzada del desconocido. Casi dos metros y medio. Era un gigante, aunque, curiosamente, sus movimientos eran fluidos y ágiles. El hombre del dragón permanecía junto a su caballo, inmóvil, esperando su turno. —¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su Señor? —se preguntaban entre sí, no solo la gente del graderío, sino los altos dignatarios allí reunidos. Valdyn observó cómo los otros caballos relinchaban nerviosos y asustados a su paso. Desvió su mirada hacia el hijo del Gobernador, Praxíteles Deucalion. Su lanza embistió a su oponente con fuerza y precisión, haciéndole morder el polvo con gran júbilo de la multitud que gritaba y aplaudía. El Gobernador recibió las felicitaciones de sus más allegados y, por supuesto, las del Embajador de Septem, por la destreza de su retoño. Momentáneamente Valdyn se fijó en una figura cercana al palco principal. Era ¡Teofrasto!, el jardinero de la Academia de Thenak. ¿Qué demonios hace aquí el jardinero de la Academia?, se preguntó Valdyn cubriéndose con su capucha la cabeza y con los pliegues de su poncho el rostro mientras observaba su larga y espesa cabellera tan blanca como su enor¬me barba. Finalmente se relajó cuando recordó que la noche anterior el propio jardinero le había hablado de su necesidad de venir a la ciudad. Aun así debía avisar a los demás en cuanto terminase el torneo. Tras muchos duelos y combates, solo quedaron dos caballeros en pie. Sobre la arena ambos combatirían por el Cetro del Valor. La mujer del Gobernador lo sostenía en su regazo. Uno de ellos, caballero de Septem, era un combatiente experto. El otro era el hombre del dragón. Se bajó la bandera azul de Thenae y ambos contendientes se lanzaron a la carga con desmedida furia. La embestida fue brutal. Los dos luchaban denodada¬mente, los golpes de sus enormes hachas de guerra hacían saltar chispas al metal de sus armaduras, cuyas esquirlas saltaban en derredor de los combatientes. Un golpe de maza asestado a dos manos por el caballero de Septem lanzó fuera de su montura al hombre del dragón. El caballero de Septem conocido como Dragan Partika y favorito del Embajador puso pie en tierra; tras varios golpes, ataques, paradas y fintas, el combate aumentó de intensidad. Ambos giraban estudiándose uno alrededor del otro, buscando puntos débiles, esperando o provocando un descuido de su rival para aprovecharlo. Con excelente velocidad, Dragan Partika hizo una finta hacia la izquierda y otra hacia adelante golpeando con fuerza al pecho de su oponente. Este lo paró a duras penas con su escudo, batiéndose en retirada. El siguiente golpe de Dragan Partika fue a la altura de la cabeza de su oponente. El hombre del dragón repelió el ataque produciéndose una enorme abolladura en su escudo, contraatacando a su vez y lanzando un fortísimo golpe a dos manos directo a la cintura, que fue interceptado por Dragan con tan mala fortuna que el mango de su hacha se quebró. Aquí hay algo que no encaja, pensó Valdyn. Exteriormente el desconoci¬do tenía, pese a lo enorme de su corpulenci |