Walter E. Pimienta Jiménez. Walter53pimienta@hotmail.com. A unque parezca mentira, en “Locolondia” hay un “hombre-reloj”. Esto, desde luego, le trae a toda la población sus ventajas. Claro, no todo deben ser siempre malas noticias para “Locolandia” y tener a alguien que satisfecho y gratis, después que tú le pidas el favor, te levante todos los días a la hora fija para salir al trabajo, es ya, de por sí, ir en adelanto. Y ese adelanto tiene apodo propio: El loco Chicho. Chicho trabaja de reloj; lo de trabaja es un decir: funciona de reloj y eso le hace feliz. Ya el alcalde, de buena gana, lo oficializó de cronómetro municipal como ejemplo y manera de puntualidad y así, él, Chicho, le es útil a la sociedad.
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Lo bueno del loco Chico es que “labora” a horario corrido y por el servicio que presta nada exige a cambio. Su herramienta de ocupación es un viejo pero eficiente reloj de manilla suizo que su abuelo Sixto le regaló hace cuarenta y dos años en una Navidad y que nunca se le ha dañado ni parado hasta hoy. El reloj de Chicho es más preciso que el reloj natural de los gallos. Lo digo porque hace unas noches me cité con una amiga en el parque central y aunque era mi primer encuentro con ella, llegué allí veinte minutos atrasado. El celador del sitio, que es un viejo conocido mío, al verme se acercó y con cara de burla me dijo:
-Te fregaste. Ya se marchó y me encargó te dijera que no te inventes otro pretexto para volver a verla…Fallaste, amigo, ¿no sabes acaso que aquí todo funciona según el exacto reloj y la hora de Chicho?
Y es cierto, en “Locolandia” las parejas - como no me ocurrió a mi- se encuentran a la hora precisa que marca el reloj de Chicho. La gente se acuesta y se despierta a la hora del reloj de Chicho. El mercado público se abre y se cierra dependiendo de la hora que señale el reloj de Chicho. Los buses salen de la estación hacia la capital, según lo diga la hora del reloj de Chicho. Las cantinas, bares y negocios funcionan hasta la hora que muestra el reloj de Chicho. El amor se hace gracias a la hora oportuna del reloj de Chicho. La gente nace y muere no cuando le da la gana si no a la hora que anuncia el reloj de Chicho, las fiestas empiezan y acaban cundo diga el reloj de Chicho… y todo el tiempo aquí, quiérase o no, gira y gira en función del fosforescente reloj de Chicho que nos dice si es tarde o temprano para hacer las cosas a su turno pues, hasta los remedios e inyecciones se suministran o se aplican a los enfermos de la manera más rigurosa si antes se le pregunta la hora a Chicho ya que los demás relojes no son dignos de fiar, tienen duro el minutero, niegan hasta los segundos o se adelantan de manera incontenible.
Chicho no duerme porque los relojes, “si son buenos relojes”, no duermen nunca. “Allá viene el reloj caminante”, dice la gente cuando le ve y, él, sin esperar siquiera a que uno mire su propio reloj, voluntariamente repara en el que lleva y, entonces, sin darle tiempo al tiempo, nos da antes la hora puntual… quince segundos y tres décimas de atraso tiene el mío en comparación con el de él…
A Chicho, en “Locolandia, no se le consulta para otra cosa que no sea para saber la hora, hecho al que invariablemente le sigue esta infaltable pregunta: “¿Repíteme?..., y es justo ese el momento en que uno confirma una vez más que el costoso, nuevo y fino reloj que con orgullo luce, nunca señala el tiempo con acierto… ¿Qué hora es, Chicho? Es el interrogante más escuchado en las calles del pueblo y, Chicho, como señalando el camino de la felicidad, con la mano izquierda a la altura del corazón, baja la vista y satisfecho, con voz cronométrica y sagrada, responde: -“Las doce del medio día, quince minutos, cuatro segundos y siete décimas”… Y, en tal caso, hay quien diga: -“¡Oh qué tarde es, ¿estará ya el almuerzo en mi casa!?”.
En “Locolandia”, lo dicho, las horas, los minutos y los segundos de todas las horas de siempre, no las indica el viejo y cansado reloj de la torre de la iglesia que algún día se detuvo porque le cayó un rayo encima y se durmió sin historia: la regala de corazón, en forma auténtica, y en nombre de Dios, un hombre que sólo tiene eso que dar: el tiempo de todos los tiempos y que otros, perfectamente imbéciles no regalan aunque les sobre… pero que el loco Chicho, dueño de todos los momentos, sin detenerse, a gusto ofrece sin faltar nunca a su demente lealtad de centinela… Chicho, un hombre de paz, un loco bueno e imprescindible como el tiempo y que, circunscrito a su obligación, nos hace vivir por siempre cuerdos y juiciosos al rítmico compás imparable e incesante del
Tictac… tictac…tictac…tictac…tictac…tictac…de insomnio conque los deliquios y caprichos del destino nos invita a no huir ni a renunciar jamás a la esperanza de un mundo mejor… Walter E. Pimienta Jiménez. Walter53pimienta@hotmail.com |