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El doctor Robertico
Disquisiciones sobre la vida doméstica

Cuentos y relatos globales. 08.05.11 

Walter Pimienta Jiménez" <walter53pimienta@hotmail.com> 
-De este último examen que presenta hoy, depende que él se gradúe y que,     por fin, tengamos en la casa un médico.
-Y, ¿de qué es el examen?
-De todo, y por eso se lo he encomendado a todos los santos. Los santos saben mucho, Porfirio, ellos le ayudarán.
Robertico besó la imagen de San Antonio, la misma que a Rosa, su mamá, después de haberla puesto de cabeza y velado durante un tiempo, en efecto, y según su fama, le sirvió para conseguirle novio a Antonia, su hija mayor, cuando ésta ya casi llegaba a los cuarenta y, ahora, felizmente casada,  vive al lado de Cristóbal con quien le hizo el portento en tiempos en que él ya estaba a punto de entrar al seminario y ella al monasterio.


Robertico se persignó  y salió. Sentía en el vientre una revolución de tripas, llevaba frías las manos y le palpitaba más el corazón de forma desconocida.
Que San Antonio, velado y puesto de cabeza fuese efectivo para conseguir novio a las mujeres, en literatura puede ser cierto y en este caso la Antonia era el ejemplo más claro y, de pronto, no el único; pero que el mismo santo, enredado y comprometido aquel día en meter su mano para que Robertico, el hijo de Rosa y Porfirio, se hiciese médico asumiendo él desde el cielo la etiqueta de ser su benefactor, vaya uno a saber si la cosa deba tomarse en serio y cuando, según la circunstancia,  quien pide el milagro, no sabe uno si  carece de talento y vocación.
Robertico se regresó y pidió tres veces la bendición de su mamá. Miró con ojos de petición, una vez más, a San Antonio y le dijo a su tía Isidora que rezara por él, mientras en el cielo, el santo, a lo mejor en ese mismo momento, no sabría a qué atenerse pues él, en cosas de medicina no fue nunca el maestro a compararse ya que lo suyo, más bien, era el ejemplo de un apóstol moral y social con peculiar religiosidad y creencia.
-Los santos hacen bastante por todos. Ya verás Porfirio, ellos le ayudarán.
-Y, ¿de dónde justificas tú eso, Rosa?
-Porfirio, lo he leído en alguna parte, lo he leído.
-Y, ¿habrás acudido a los más efectivos? Recuerda que hay unos que son reaccionarios y comunistas: San Pedro, por ejemplo.
-Y, ¿de dónde te viene a ti esa antipatía por los santos, Porfirio?
-Es que, Rosa, tengo la impresión de que si pudieras pedirle a los santos el milagro con una escopeta cargada, lo harías.
-En efecto, si es del caso sí. Mi hijo tiene que ser médico… el primero en la familia… Deja tu realismo crítico, Porfirio, no es válido ante la dura vida que llevamos. Con Robertico de médico, saldremos de la pobreza…
-Rosa, lo que te quiero hacer ver es que los santos pueden tener sus limitaciones. No mal entiendas lo que digo… ¿No te has puesto a pensar cómo estarán los pobres de atribulados ante el repertorio de pasiones y de sentires humanos que a diario escuchan?
-Pero San Antonio no ¡Carajo! -gritó la mujer.
-San Antonio puede ser muy bueno, Rosa, pero no tolera una exigencia y deja ya de morirte de la angustia- replicó con enojo Porfirio.
Cuatro horas después, sin avisar, soltando una nerviosa tosecita, de regreso, Robertico entró a la casa, se quitó el sombrero de bombín que llevaba puesto y echó una ojeada a la sala. Allí, en torno a una mesa ovalada, Porfirio, Rosa y su tía Isidora, comían. Venía cabizbajo y, sin saludar ni dar la mano a nadie, se dejó caer sobre una silla libre.
-He rezado por ti todo lo que me sé-le dijo su tía Isidora, dirigiéndole una mirada confusa al rostro y poniéndole un plato de sopa al frente.
Robertico presentía un desagradable sinfín de interrogantes.
-No tengo apetito, tía- dijo.
El alma de Robertico se llenó de oprimente angustia. Sus padres dejaron de comer, se cruzaron las miradas y, turbados, no encontraban de qué hablar. Las copas quedaron llenas y listas para el brindis. Rosa y Porfirio, tenían ganas de hacer la misma pregunta pero fue la tía Isidora quien sin esconder más su voz de fiesta, dirigiéndose a Robertico, inquirió:
-Y, ¿cómo te fue, hijo? ¿Tenemos ya un médico en casa?
Robertico pestañeó tres veces seguidas, volvió a toser, apretó los labios, cerró los ojos y se puso a llorar. Rosa palideció, se llevó una mano a la boca y fue Porfirio quien preguntara:
-¿Por qué lloras?
-Me han rajado, papá. Nada de lo que estudié me lo preguntaron y San Antonio ni por allí estuvo siquiera.
Rosa, al borde del grito, apretó aún más la mano que cubría su boca en tanto que Porfirio, señaló:
-Me lo imaginaba. Lo presentía.
Y entonces sí, Rosa exclamó:
-¡Santo Dios, no puede ser posible! ¡San Antonio, qué ocurrió!
-No supe ni cuántos huesos tiene el cuerpo humano  y lo peor fue que me pasé toda la noche estudiando… ¡Soy un desgraciado y todo por culpa de San Antonio! ¡Estudié toda la noche, ustedes se dieron cuenta!- lloraba Robertico con enardecida expresión tomándose la cabeza entre las manos y sacudiéndose todo.
Rosa cubrió su rostro con una punta del mantel y sollozaba.
-Toda la mañana estuve rezando y no entiendo cómo mis jaculatorias, tampoco te ayudaron- dijo la tía.
-Es que alguien tiene la culpa- apuntó Rosa destapándose la cara.
-San Antonio, que de medicina no sabe nada y tú lo metiste en ese lío- comentó Porfirio y a la vez agregó: que Robertico se meta a comerciante, ahí está el hijo de Petronila, gana más dinero que cualquier médico.
-No, Porfirio, jamás. Mi hijo no nació para eso- dijo Rosa con voz determinante y, levantándose de la mesa, se dirigió a su alcoba, bajó a San Antonio del altar donde lo tenía, de un soplón apagó las velas y diciéndole: -“Te creía más instruido”, lo metió sin consideración en el fondo de un baúl.
Dos meses después, hay que decirlo así, porque así fue, el doctor Robertico, en una tarima de pueblo, rodeado por una multitud de seguidores que portaban banderas y pancartas, pronuncia un largo y entero discurso. En éste promete, a quienes le escuchan, parte de esta vida y de la otra, así como también: carreteras y puentes; el agua, la luz, la ciencia, estudio, trabajo, el cielo, el sol, las estrellas y la luna. Acaba el discurso, la gente le aplaude, le abraza. Todos quieren hablar con él; se mete en un lujoso automóvil y orondo se va.
Ocurrió que la noche en que Robertico no se hizo médico por culpa de San Antonio, un consejo de familia, sentado en la misma mesa en que cenaban, golpeando ésta con el puño, por unanimidad decidió que como éste no sirvió para galeno, entonces  se hiciera ratero y él, entendiendo en forma inteligente el mensaje, se metió a político…

Walter53pimienta@hotmail.com

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