Walter E. Pi mienta Jiménez. N o tiene el enterrador del pueblo, cara de moribundo a pesar de ser él la única persona que en el tenebroso panteón municipal, entre los nuestros, goza en sus largas vigilias del privilegio de vivir, de hablar y hasta de jugar con la muerte cuando a ésta también se le hace largo el desvelo y, entonces, algo aburrida y casi buena, decide , a veces, no hacerle mal a nadie por una noche… Está aquí, frente a mí, el enterrador del pueblo, y veo que no es magra su figura ni flaca como el hambre y que, además, no trae con él su garabato de la muerte y que en sus ojos, puestos en su lugar, hay una mirada humana que guarda un dejo de lejana alegría como cuando en alguna ocasión, de niño, tuvo a lo mejor la felicidad en las manos en forma de un toche de río* recién cogido. Por las venas del enterrador del pueblo, corre sangre y dentro de su pecho palpita fuerte un corazón bueno, como de metal, que no obstante estar rodeado de muerte, de silencio y de olvido, vuelve a creer en la vida cuando mira el nacimiento de un nuevo día.
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Parece taciturno el enterrador del pueblo, algo le abate porque sabe que a él también, en algún momento, se le agotarán los días de su vida y le entristece saber que, a pesar de serle leal a la muerte en sus quehaceres cotidianos, ella, que no conoce formas de gratitud alguna, con perfidia y sin aceptarle trato posible, le tiene inscrito en la lista de los que esperan y, en tal caso, delira con la idea de querer saber qué humano le hará con lástima el favor de enterrarle para darle en forma agradecida y anticipada un abrazo y un aplauso de alabanza. En su vida el enterrador del pueblo, no ha hecho otra cosa que ayudar a enterrar a los muertos porque éstos, más muertos que nunca, empapados de escalofrío, son incapaces de enterarse solos para siempre. El, fiel a su oficio, ha enterrado niños que, de mala índole, le tiraban piedras a los mangos y les gritaban sus apodos atormentantes a los locos y, por igual, ha enterrado ancianos que quedan tan vivos a la hora de morir que antes de enterrarlos les pregunta si la verdad de verdad están muertos y éstos, con sus respuestas de silencio, pervertidos, así le dicen: -“Sí, hombre, claro que sí… y hasta la próxima resurrección”… y sólo entonces es cuando, con un dolor opresivo, palada tras palada, les deja caer encima una oscura tonelada de tierra y, sudoroso y agitado, se quita el sombrero, mira a los presentes, se persigna y les vuelve a ella, como dice la Biblia… Miro al enterrador del pueblo y su mirada que anuncia desenlaces terribles, después del saludo, parece preguntarme: -“¿Cuándo te toca?”- y siendo así, sin culpa, algo apenado, me da su mano amiga e igual que cualquier parroquiano demanda por los míos y evoca personas y cosas; a mi difunto padre, por ejemplo, de quien dice que siempre adivinaba su presencia en la oscuridad de la noche porque llevaba el cigarrillo encendido en la mano izquierda. Sabe de lutos y de lágrimas el enterrador del pueblo, y dice él que la parca, acosada por el afán de sus muertos diarios, a veces hace bien llevándose al que sufre pero hace mal cuando, en su itinerario pavoroso por la tierra, vestida de pompas negras y sin compartir con nadie su inapelable determinación, toca satisfecha a los niños que apenas le piden a la vida cielo para sus cometas… Sabe más de la vida que de la muerte el enterrador del pueblo. El dice, con profunda tristeza en la voz, que vivir es siempre una lenta agonía y sabe por qué lo dice. A veces tose y tose y tose sin resuello, sin tolerancia y sin sosiego porque el frío de la noche le hace daño, mucho daño, y un cansancio interminable que le pide lecho, le derrumba en un viejo y roto taburete y allí, como sentado en el trono de su desgracia, con cara de vencido, vomita sangre y le crujen los huesos y escucha en las tinieblas el canto de muerte de una lechuza. Sabe más de la vida que de la muerte el enterrador del pueblo, y cuando sin más opción escogió tal ocupación, lo hizo porque siempre ha creído que este oficio del diablo sólo lo ejercen personas que no pueden morir jamás, jamás; pero sí pueden, sí pueden… es cuestión de que a él, como a todos, nos llegue la hora…
• Toche de río: pájaro de color amarillo y negro de bonito cantar y que vive cerca de los ríos, de ahí su nombre |