Hipólito, el policía del pueblo, hilando suposiciones, gastando ingenio e inteligencia, conoce como el que más al delincuente responsable de un hurto y lo mira con gafas oscuras y con ganas de torcerle la suerte y de echarle mano para llevárselo consigo en nombre de la ley y la justicia; pero éste -el ladrón- astuto como la zorra, adoptando siempre una pose de ministro honrado, parece decirle: -"Yo no me he robado nada"- y entonces, con el taco de la esplendidez en las manos, a tres bandas, hace en el billar unas carambolas de asombro y de hechizo que el mismo alguacil, sin poder creer en la evidencia y olvidando su misión, termina por aplaudir festivamente quedando así el delito impune y olvidado.
Hipólito, el policía del pueblo, con sólo mirarle a la cara, conoce al aprendiz de ladrón sin futuro, capaz de devolver lo robado antes del amanecer... y el pillo, no es que le tema a él y a su garrote sino a la rápida divulgación de la noticia y a las sospechas del alcalde que, enseguida, buscando la manera de dejar grabado su nombre para la posteridad y en los corazones de la gente, ordenará le erijan una estatua ecuestre en la plaza principal al haber ordenado contra éste le pongan preso porque..."el que manda, manda"...
Vive feliz el policía del pueblo cansado de hacer nada en un pueblo donde nunca pasa nada; pero sí pasa, y, dándose todo el tiempo del mundo, con su gorra sobre la cara,a la sombra de los almendros, agobiado por el calor de un agosto sin viento y una lluvia de mosquitos inmortales, duerme sentado en uno de los asientos del parque donde sueña, a lo mejor, con darle aprehensión a los pistoleros que en la película de ayer en la noche,en el "Teatro Montecristo", asaltaron un banco.
Hay muy pocas cosas que salvaguardar en el pueblo y se dicen tan honradas y tan mansas sus gentes, que el policía del pueblo -pienso yo- olvidado por el mundo y con el destino equivocado, consumido por la peste de un sórdido aburrimiento,a veces pierde la noción del buen orden que deben guardar siempre quienes viven en sociedad y, confundido también en el conocimiento de lo útil que es su servicio,engalanado de autoridad y de charreteras, con la parsimonia de los que no hacen nada, busca en su cerebro la providencial respuesta que por fin le permita llenar el crucigrama de un periódico de hace tres años y que en su pregunta vertical número tres, con tres letras, así le interroga: "Arroyo que canta"... Y, él, en actitud reflexiva, piensa que el cura sabe la respuesta pero no va donde éste ni le consulta a fin de que el sugestivo enigma de palabras vuelva y le rete sin dejar de poner a prueba su talento.
En la cárcel del escarmiento, que de pura piedra fuera hecha para derrotar con ella el delito, Hipólito, el policía del pueblo, nunca ha puesto preso a nadie, y no es que aquí no haya gente capaz de quebrantar la ley y el orden después de las ocho de la noche y cuando todos dormimos, sino que lo hacen sin que nadie lo note, nadie lo escuche y nadie lo vea aunque todos lo noten, todos lo escuchen y todos lo vean; menos él, y entonces termina el delito al día siguiente convertido en un runrún de cocina y de esquina.
Hipólito, el policía del pueblo, en medio de un alboroto de perros y traspasando los límites reales de su valentía, acariciándole la cacha a su revólver, le conoce el negro rostro a la noche, a las sombras y a sus adversarios, los ladrones, y por eso éstos, sobrevivientes a su voz de "¡ Alto o disparo!..., sigilosos y con el corazón asustado, escapándoseles despavoridos por la primera esquina y tomándose el trabajo de no faltarle al respeto, hacen como que se van a sus casas y guidando sus hamacas se acuestan igual que él, pero ocurren tantas cosas malas mientras duerme el mundo que algún vivo despierto robó y arriba sólo lo supieron las estrellas...
Es inhumano el ladrón, gente de mala vida, y por eso roba...Y es humano Hipólito, el policía del pueblo y, por eso, gimiendo de desilusión, sin reprimirse y a pesar de ser de día, quitándose la camisa pero no las botas, en el sopor de un agosto sin viento, trata de dormir si lo dejan en paz los ladrones...y los mosquitos... |