Me lo imagino, al pobre, un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, semicalvo y luciendo un sombrero alón de hojas para ocultar con ellas su vergonzosa y progresiva alopecia, sentado no en la rama de árbol sino en una silla plástica que junto con la contaminante basura, en su territorio, y procedente de un inimaginado lugar, arrojó la última inundanción...Y allí, derrotado y sin recuerdo de herencia, porque su "Chita" nunca le parió, parece acabar sin imperio y sin descendencia...
El Tarzán de antes, el de los "paquitos" (historietas) y el cine, debe ser hoy un anciano para nada selvático y sin autoridad ante unos pocos orangutanes y orangutanas semicivilizados que por ahí todavía quedan y que, predispuestos contra él, le cogen irrespetuosamente las nalgas y genitales en medio de un ruido ensordecedor porque en el mundo de lo que antes era más selva que ahora (pero ya casi no), también ocurren casos y cosas increibles y de farándula.
Flaco, viejo, canoso, arrugado y muy desmejorado fisicamente, el decadente Tarzán de esta época, llevado por esas frecuentes crisis de mal humor que a lo mejor le sobrevienen cuando salido de casillas se da cuenta que algunas gorilas estrafalarias, descomunales y hombrunas, a sus espaldas, de él se burlan, ignorado por completo y desorientado porque ya ni el canto de los pájaros le indican por cuál camino se llega sin perderse a su "casa-árbol", preso en el pasado, no se explica tampoco cómo en la otrora impenetrable y virgen selva sin límites, se abren trochas, carreteras, pueblos y ciudades que ponen a las tribus dizque en contacto con la civilización y los grandes inventos.
El Tazán de ahora, que sin bejuco del cual colgarse desciende trabajosamente por la pedregosa rivera de un río semiseco en el que unos hombres, con mercurio, contaminan el agua y extraen oro, sin siquiera una guacamaya para comer, grita, grita, grita a lo tarzán, grita de hambre y sólo el eco desconcertante y bromista le devuelve su bullaranga triste para siempre... y, entonces, abrumado por sus recuerdos más antiguos, caminando como sonámbulo por su universo de pesadumbre, por entre un mustio bosque sin venados y sin flores, sigiloso huye de la malaria y del dengue hemorrágico perseguido por una nube de mosquitos.
Quebrantado el ímpetu, el Tarzán de hoy, el de nuestro tiempo, debe considerar como una burla del destino esa orfandad en la que ha quedado haciendo inutilmente de defensor de la selva, convencido de que su historia, aunque fuera un buen invento de su ya desaparecido padre, no debería tener este triste fin rodeado de una jungla sin color, brumosa e impura por culpa del hombre y, desmerecedora , además, de los riesgos y sacrificios de su hazaña.
Tarzán no supo en qué momento de su vida, en virtud de qué fuerzas adversas, enredado en su propia maraña, se quedó sin su montaráz hogar y, desmontado hace rato del último elefante que le llevaba y le traía, dueño ahora de nada, lo seduce la gran ciudad y su insensible mundo prodigioso y, siendo así, triste, muy triste, contempla también al último moribundo león hasta que los ojos se le humedecen y se los seca con el dorso de la mano y exhalando un hondo suspiro de resignación, desconsolado y sin quien le escuche, aterrorizado con toda clase de pronósticos siniestros sobre lo que fuera su dominio, tras el llanto de los monos, ajeno a su propia existencia, siente miedo, siente miedo y grita por última vez, grita, grita a lo tarzán sin estampida de fieras que, con pasos lentos y cansinos, se están yendo quizás para toda la vida...
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