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“El golero malicioso”
Disquisiciones  sobre la vida doméstica

Cuentos y relatos globales. 30.01.11 

Walter E. Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com
-Sólo muerto yo, eres tú mujer de otro- le replicó ese mediodía “El golero malicioso” a Francisquita a la hora del almuerzo y agregó: Vale más estar muerto que verme convertido en un cachón por ti.
-Nunca te verás. Celos que te caen. Eso es. Celos que te caen.
Y con a aquellas palabras, él, como siempre, a medias, se veía una vez más semi-investido de una misteriosa y aparente inmunidad anti cornamenta a término variable, diríase que poco inmortal y que le hacía sentirse algo vulnerable a los riesgos de una posible infidelidad de su mujer.

“El golero malicioso” no es más que el apodo con el cual se conocía en el pueblo a este celoso caballero, presa de un enfermizo delirio en extremo suspicaz para con su mujer fogueada e intrépida en la hechura de algunas martingalas amorosas, capaz de confundir no solamente a su esposo sino también al diablo que por algo no deja de llevar, en todo tiempo, tan portentosas y peligrosas astas… Lo de golero, comulgaba a la medida con lo del color de su piel: “El golero malicioso” era negro como el golero sin más explicación… y, lo de malicioso, porque, enfrentado a la realidad de su mundo, aquél tipo, astuto y ladino en extremo, con ocultos planes,  quiso siempre descubrir a Francisquita en plena faena amorosa en brazos de un marido ocasional demostrándole en su misma cama su generosa y magnífica vocación para el amor clandestino…
El de Francisquita y “El golero malicioso”, hay que decirlo así, era un amor exasperante. Formaban éstos una pareja atormentada por el delirio del amor y las sospechas. Ella, buscando siempre en quien descargar su pecaminoso arrebato por los hombres y, él, él consumido y envuelto permanentemente en la tardía comprobación de la traición de su mujer y naufragando en un mar de delirantes dudas…
-Tú dirás que no; pero he visto a Carlos Arturo pasar hoy cinco veces por el frente de la casa, ¿es que te quieres ir con él?- dijo esa vez “El golero malicioso” a su mujer en medio de un colapso de cólera.
-Ni que ese tipo fuera la única vela encendida en el pueblo. Celos que te caen- le contestó ella con seguridad enigmática mientras empezaba a barrer la sala de su casa.
Que Francisquita no fuese precisamente una hermana de la caridad, lo sabía todo el pueblo, y que no encontraba reposo a sus calenturas de amor, también; solamente “El golero malicioso”, yendo y viniendo entre fantasmas de incertidumbre y dolorosas corazonadas, vacilante y a la vez desconfiado, no conseguía esa prueba irrefutable que le dijera, irritado en la burla, qué hombres deshilachaban su paciencia y tocaban descaradamente la puerta de su casa cuando él no estaba o cuando suelto de pierna, roncaba y dormía como toro viejo apaciguado por el peso de los años y la desilusión.
-Oye, ¿qué tanto nos visita Cristóbal y hasta tan tarde? ¿No será que tú le gustas?- le dijo el otro día “El golero malicioso” a Francisquita empecinado, como siempre, en sus sospechas esquivas.
-No me vengas  con esas. Bueno, basta. Celos que te caen, le contestó ella con voz de pistola militar a punto de ser disparada.
-Y, ¿quién era ese que anoche cantó serenata por aquí?- volvió a preguntar “El golero malicioso”.
-Vaya yo a saber. Celos que te caen.
Y “El golero malicioso” estuvo al borde de llorar llevado por la consternación y hasta pensó en decirle que saldría de viaje el miércoles y volvería en tres días a fin de regresar sin aviso, pero el hecho de creer que la encontraría en brazos de otro hombre, heló su sangre y, entonces, atragantado de rabia, señalándola con el dedo, volvió a decir:
-Sé que el ocioso de Casimiro te piropea.
-Son piropos de buena intención. Celos que te caen.
-Bueno, y, ¿por qué sales siempre a la calle sin nada puesto debajo?- dijo él, airado y accionando las manos.
-Porque no soporto el calor. Celos que te caen.
-Los hombres miran más de lo que tú crees.
-¡Qué miren! Celos que te caen.
Era cierto: “El golero malicioso”, luego de estos diálogos de guerra con su mujer, por días no lograba recobrar la serenidad en mucho tiempo. Abandonaba su trabajo de coime en el billar de la plaza, comía a duras penas y andaba como sonámbulo por la casa, envuelto en una toalla, atormentado por el presagio de una cruel alevosía.
-Y, ¿para quién te vistes y te arregla tanto esta vez?
-Voy de visita para donde mi mamá. Celos que te caen. No pierdes la costumbre.
-Tus ojos no me dicen la verdad.
-En ese caso, no me mires ¡Carajo! Celos que te caen- gritó la mujer mientras ajustaba el último botón de su rosada blusa.
-Admítelo. No me negarás que Ildefonso, el de la esquina, a pesar de que le falta un ojo, te come con la mirada.
-¡Qué lástima que sea con la mirada! Ya desearía yo que fuera con… Celos que te caen… ¿Qué te pasa?
-Me pasa que viéndote así de bonita, descubro ahora cuánto te amo.
Francisquita, esa vez, se asustó y antes de caer en una peligrosa y momentánea conmoción cuarteada por el dolor y la lástima, ahogando un adiós, esa tarde salió a la calle.
Un temor desconocido y oprimente atormentaba a “El golero malicioso”.
-Me va a oír cuando vuelva. Ya ajustaremos cuentas. Sé que Simón la estuvo invitando a una fiesta y que Napoleón le propuso darle clases de inglés. Y también es cierto que recibe con sonrisitas al vendedor de enciclopedias. Con lo mucho que lee- se dijo.
Y la tarde pasó…y la noche llegó. Un intempestivo aguacero, afuera, hacía llorar al cielo. “El golero malicioso”, enredado en el berenjenal de sus celos, aullaba de dolor.
El aguacero empeoraba.
La oscuridad se afianzó en todo lo doméstico.
“El golero malicioso” encendió una vela dentro del cuarto.
Una gotera nociva caía en el lecho nupcial.
-¡Tantos y tantos habrán dormido aquí con ella!- se volvió a decir.
-¡Tantos! Tantos habrán pasado- se repitió.
Francisquita no volvió esa vez… Se fue con Eulogio…
“El golero malicioso” y la húmeda cama esperan…
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