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La calle prohibida
Disquisiciones sobre la vida doméstica

Cuentos y relatos globales. 09.01.11 

Walter E. Pimienta Jiménez.  Hay quienes, de lunes a sábado, vienen a ella por curiosidad y, al mismo tiempo, atraídos por los boleros de Bienvenido Granda, de Orlando Contreras o los de María Luisa Landín... Los domingos no, porque son para ellas y ese día no trabajan...A las siete en punto de la noche, "señores respetables" y truhanes sin distingo -todos con cara de villanos- abiertas las puertas de los prostíbulos, dueños de una generosa vocación por el amor comprado, llegan tras otro motivo: para pasar allí, con las "mujeres alegres de la triste vida", una noche como la de esta noche, una noche de desafuero febril ensopados en champaña, aguardiente, cerveza y ron. Todo el ambiente que aquí se respira, entre intermitentes luces de neón, bombillas rojas y música estridente, persuade a la dilapidación sin súplicas y, como si el tiempo en aquel lugar diera vueltas y vueltas en redondo, ocultos y malsanos deseos eróticos se desbordan en el bullicio dejando, de momento, a la tristeza derrotada y olvidada en un oscuro rincón.

Los clientes de las mujeres de la calle prohibida, acostumbrados a apagar la última estrella de la noche, pervertidos hasta la intransigencia; míseros privilegiados de la soledad acompañada que brinda el amor simulado; perturbados por los falsos encantos del pinta labios barato, las pestañas postizas y los senos marchitos, haciendo suyos halagos y caricias inverosímiles, son ya  del pueblo su desastre cotidiano sin exterminio moral...

...Y, mientras tanto, ellas, las mujeres de la calle prohibida, "expertas y duchas" en saber curar las cicatrices y los trastornos dolorosos del alma, sabedoras de las calamidades criminales que sus adulterados hechizos provocan, tienen siempre oídos, cada noche, para oír una misma y repetida declaración de amor que deviene de un  trillado bolero capaz de hacer llorar a la más asesina fiera en reconciliación y, entonces, tratando a los hombres por igual, impávidas, les complacen sin reacción de verguenza ni de alarma.

- Déjeme sólo verla- clama una voz de burdel.

-Hazlo si es ese tu deseo; pero no me culpes si te quedas ciego- contestó inofensiva una morena de labios carnosos y trasero supremo.

-No más quiero verla- volvió a murmurar la umbrosa voz.

-Ah, bueno, pague y vamos- dijo ella- y los dos, sin disimulo alguno, un paso adelante y otro detrás, se perdieron por la abierta puerta cerrada de la alcoba del amor.

Un silencio a plazos, marcado por la música que se extingue en el salón, deja oir un tintineo de copas y una orgía de risas que coinciden.

-Vente conmigo- suplican en una mesa unos ojos llenos de lágrimas.

-No me gustan los hombres bajitos como tú- se oyó por respuesta y, de inmediato, un desastre de botellas rotas lanzan un grito de dolor contra el piso al tiempo que el hipnotizado "traga níquel" de colores esta canción de desafectos muele: "Yo sé que es imposible nuestro amor/ porque el destino manda,/ y tú sabrás un día perdonar/ esta verdad amarga"...

Los clientes de las mujeres de la calle prohibida, impregnados de una fragancia mortal, saben bien que no tienen quien les salve par el mundo y, en tal caso, con ojos desconsolados, imprecisos y ligeros de palabra, son la lástima del fácil amor de la noche, del amor que destroza, que apuñala y que agoniza entre vómitos de sangre y, por ello, sin conjurar peligros siquiera, engañados así mismo, amando más que nadie, distraen y mastican su doméstica felicidad que sabe a desdicha susurrando este bolero: "Mi último refugio/ pensé que fueras tú/ y fue mi gran fracaso/ poner mi fe en tu amor"...

... Mas desistir no es la consigna y por eso no falta aquí quien lleve, con inquebrantable voluntad, una inventada ilusión y una flor de desesperanza al tiempo que, dando fijo y duro en el punto débil del corazón, éste despecho hecho canción todos baila, tararean y escuchan: "...no estoy herido/ y por mi madre que no te aborrezco/ ni guardo rencor/ por el contrario/ junto contigo le doy un aplauso al placer y al amor/ !qué viva el placer!/ !qué viva el amor!/ ahora soy libre, quiero a quien me quiera/ !qué viva el amor!"...

...Y, secuestrado otra vez el silencio: ...-!Qué viva!- gritan borrachos, juntos y con insomnes voces, los clientes de las mujeres de la calle prohibida...
 
Walter E. Pimienta Jiménez.  walter53pimienta@hotmail.com

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