Permitiéndose el eventual recuerdo de una añoranza alegremente vivida, activa y menuda; casi bella y provocativa aún a sus cincuenta y siete y, con cierto recato en el vestir y la moda, Pudenciana, esa mañana de abril, de manos del puntual cartero, recibió la carta que siempre, el primer miércoles de cada mes, y desde hacía ya veintidos años, ininterrumpidamente y sin falta le enviaban. Aquella era la misiva doscientos sesenta y cuatro y, ésta, igual que las docientas sesenta y tres anteriores, sin ser abierta siquiera, fue a parar también al atado paquete que, con cinta negra, era ya como un libro antiguo de amor o de amistad que alguien le escribía con el corazón abierto a otro corazón hermético (el de ella), impenetrable, distante, severo y sin sentimientos.
No tenía necesidad de suponer qué persona le escribía porque, aunque aquellas cartas jamás traían remitente, ella conocía quién lo hacía...era ese coterráneo suyo que allá, en su pueblo natal, en la fiesta patronal de la Virgen del Carmen, entregándole una flor y una imprecisa esquela, de joven, le declaró su amor con avidez cuando, al atardecer, en el parque central, la banda de música entonaba el vals "Tristezas del alma"... Era la infaltable carta de aquel muchacho que en sus escritos jamás le colocaba el punto a la letra "i" y que copiaba, además, en forma metódica y clara usando en todo tiempo plumero de palo y tinta verde.
Concentrada y ocupada en sus primeros experimentos de pensionista, terca en su decisión de mejorar un poco su pobre inglés; convencida y orgullosa de saber que debajo de la falda de una mujer solterona, como ella, hay todavía un codiciado cofrecito intacto que muchos hombres quisieran abrir; pintando paisajes de obligado verde; tiñéndose con irrespeto sus primeras canas; lustrando con ácido bórico y cepillo dental algunas joyas; ordenando su colección de muñecas artesanales; bebiendo durante el día catorce vasos de agua para no subir de peso; dándole cuerda a su reloj de pared; aplicándose en el rostro una mascarilla de crema de naranja con ruibarbo y claras de huevo de gallina para conservar una edad eterna; leyendo sobre las virtudes y milagros de las pastillas de omega tres y el ginkgo biloba y organizando su nueva vida al ritmo de quienes ahora no hacen nada.
Pudenciana ni se había dado cuenta que ya era mayo; lo supo porque su rosal de dos semanas, atiborrado de colores deslumbrantes, se lo dijo. Mayo, el mes de las flores, que como haciéndole una señal del pasado, esta vez, contra lo acostumbrado, no le trajo el anuncio de la infaltable carta de cada primer miércoles de todos los meses y que, enseguida, sin dolerse del tiempo y sin ayuda de nadie, trajo a junio sin ganas de quedarse en el calendario porque, éste, de inmediato, dio paso a julio sucintado de pronto en ella este asombro e inquietud: hacía tres meses que quien por veintidos largos años le escribía, ya no lo hacía y, entonces, sin paz y sin fuego en el corazón, por primera vez se sintió más desolada que nunca; por primera vez, rechazada e ignorada y, mirándose al espejo, vio agrietada su piel, vaciados los inicios de sus senos, arrugado su cuello y se advirtió terriblemente anciana, acabada, y lloró, lloró una lágrima que corriendo por su mejilla derecha, salando su paladar, fue más bien un sollozo espontáneo y recortado que le punzaba el alma con la penetrante espina viva de un amor solitario y sin esperanzas... y devastada por la realidad quiso humanizar su espantoso abandono y, como alucinada, sacó de una de las gavetas de su tocador las cartas que, cada primer miércoles de todos los meses, ella sabía quién le escribía y, sin esperar más, quiso leerlas todas al tiempo; era un asunto de conciencia y, con manos imprecisas, soltando el atado, tomó una y otra y luego otra y otra sin fórmula de orden porque era la de los recuerdos más frescos y recientes la que buscaba acaso por darle tranquilidad a su exilio amoroso y, siendo así, la abrió y la leyó sin pausa porque estaba escrita con una prosa incansable y dolida, con su caligrafía metódica de color verde, delirante en palabras mansas y sosegadas pero exactas. Era la epístola del abandono. Era la circular del adiós dictada por el presagio triste de lo que siempre se espera y, ésta, más que una misiva, era en sí una minuciosa y tardía recapitulación de infortunios apasionados que antes de concluir con una torturante despedida, en su penúltimo párrafo, así decía: "...En todas mis cartas te propuse matrimonio y en ésta que será la última que te escribo, rumiando mi amargura, con decadente deseo y dolor de hombre, vuelvo a proponértelo por encima del terrible mal que me aqueja, por encima de tu ciego orgullo y de tu indiferencia...y por si acaso me alcanza el tiempo para cumplirme mi promesa"...
Y ese mismo día, sin tiempo que perder, Pudenciana metió en una pequeña maleta llena de amor, el atado de sus cartas; tres o cuatro vestidos necesarios, dos pares de zapatos y algunas otras pertenencias. Empacó también su antiguo dolor y su tristeza, tomó un avión, atravesó el océano y, luego de varias horas de viaje incierto, sin anunciarse, llegó por fin a su pueblo logrando presentarse a tiempo no a su boda pero sí al velorio de Liborio...
walter53pimienta@hotmail.con |