 Walter E. Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com. Lo noble y humano es que se llegue a tener canas en abierto e irreconciliable divorcio con la naturaleza en el fallido intento de teñirnoslas, ensayando para ello todos los remedios que recomienda la farmacopea universal a fin de hacer efectiva la terapeutica de la vejez retardada contra la cual, le advierto, después de muchas artes y oficios, no hay milagro posible.Yo no sé en qué momento de mi vida, por ejemplo, comencé a tener canas pero sí recuerdo que fue desde muy joven así como comprendo que soy canoso porque canoso fue mi abuelo Ismael, mis tías y tíos y de cabello por completo blanco mi mamá; admíreseme entonces porque, en nombre de ellas y de ellos, llevo unas “monárquicas” y respetables canas sin avergonzarme de la calidad y de la cantidad de las que ya soy dueño y con las cuales, orgulloso, rindo tributo genético a los míos con toda la dignidad de lo que en público ahora soy: un canoso.
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En este caso, siendo humanamente normal, nada es más ridículo y mezquino como entintarse las canas contra las cuales, le repito, es mejor quedarnos impotentes. Te sacas una, dos, tres y te salen cien. Te las pintas del color que quieras (menos de blanco, por supuesto) y ellas, imperceptibles e invencibles, están ahí, ahí, debajo de su boina o debajo del tinte que, sometido, se va… se va… se va… Hoy, canoso como soy, cayendo en la cuenta de que estoy ante un acto intemporal, propio del animal humano y que no tiene por qué convertírseme en una tragedia familiar, contradigo en tal caso a quienes asocian las canas con la vejez pues en la Biblia, el libro de todos los libros, de éstas, por lo menos, eso no se lee sino lo siguiente: Las canas son una digna corona, ganada por una conducta honrada. Amigos, no me tiño las canas simple y llanamente porque no me da la gana y porque si lo hiciera me faltaría al respeto a mi mismo. Sus luminosas apariciones en mi cabello no perturban mi tranquilidad y, antes por el contrario, se han ganado algunos familiares halagos hasta el límite de que alguna vez una compañera de trabajo, no se si viéndose en la necesidad de darme un consuelo sin pedírselo, al mirármelas, me dijo: “Bonitas canas las que tienes. Asócialas con tu sabiduría”… Y yo que las afiliaba con mi abuelo materno y él, a lo mejor, con el eslabón perdido…, triste y acongojado gorila lomo plateado del que ambos, en este caso, como hombres, las heredamos… Por lo visto (¿?), nos salen canas y más canas a cualquier edad así como a fulano le puede dar un catarro o un resfriado en primavera (¿por qué no?) Ellas (las canas), dueñas de la irreverente libertad de aparecérsenos cuando quieren, y nada sometidas a la dictadura de los metafóricos tintes artificiosos, rompiendo códigos estéticos, “con voz callada” pero estremecedora, derrumban y acusan la parodia de mocedades que no tienen por qué ser eternas. Nunca he tomado en serio mis canas, para qué si al final se salen con la suya, emergen y crecen sin frontera mientras escribiéndoles esto, satisfecho, saboreo un tinto olvidándome que existen y volviéndoseme cada vez más blancas y cada vez típicamente mentirosas diciendo de mi, a lo mejor, una edad que no coincide con la que oficialmente certificará la oficina del registro civil de mi Juan de Acosta natal. Tal vez usted piense de otra manera pero las canas no dan alergia ni desmayos y eso no lo ignora nadie, sólo que no falta quien agote todos los recursos para ponerles fin en tanto que éstas, invulnerables y expresivas, se nos hacen cada vez más públicas abriéndose paso heroico en una poblada cabellera que su alucinado poseedor pretende sea de otro sublimado y admirado color casi inasiblemente real… Convénzase, amigo, lo verdaderamente real de lo irreal -pidiéramos decirlo así- son sus canas o más exactamente dicho, me atrevo a aseverar que nada es más “inexistente” y al mismo tiempo tan demasiado humano que nuestras cortas o largas canas de nunca acabar… En conclusión, y en oposición a las canas, por lo general, nunca he escuchado palabras de aprobación sino de descontento contra el blanco pelo, y más cuando algunos caen en el detalle de que éste no admite milagrosas intervenciones y es por ello que aconsejo a usted, mejor, lo siguiente: Mire sus relucientes y atractivas canas como un extraordinario regalo de cumpleaños que un amigo anónimo le dejó en la puerta empacado en una linda caja en cuya tapa viene impreso el escudo de su nobleza y, en último caso, no luche más con ellas y sin más problema, hago lo que yo…, orgulloso me las peino a placer…
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