El alcalde era introvertido, solitario, culto, austero, honrado y de buenas costumbres para algunas cosas... y para otras se guardaba muy bien lo suyo. Desde sus orígenes tenía, con terrible sentido práctico, el hábito de levantarse todos los días mucho antes del amanecer, usualmente entre las cuatro y cuatro y media, vestirse, salir subrepticiamente de su casa, cruzar todo el pueblo en búsqueda del río, meterse en un matorral, orinar y hacer lo otro (¿?), quitarse la ropa pieza por pieza y, entonces, completamente desnudo, dizque para darse aires de juventud, dando tres saltitos preliminares, entrar en el agua a nadar y así relajarse sin límites a la luz de las últimas estrellas. Algo más de una hora se gastaba él en aquel paraiso terrenal haciendo de Adán ignorado, primario y sin una Eva que en ese instante le diera amor. Complacido salía luego del río como si lo acabaran de inventar, trepaba la orilla y, puesto al suave viento mañanero, se secaba, se vestía y, reconstruyendo su grandeza, fresco, de regreso a su casa devoraba el mejor desayuno, leía la Biblia donde le convenía y, luego sí, atendía sus funciones.
Mi tía le había dado sesenta y seis veces y media la vuelta al mundo tratando que el alcalde le firmara la escritura de la casa y, para conseguirlo, hasta le propuso que se acostara con ella mostrándole una vez, a solas y en su despacho, el inicio de sus gordas y rosadas piernas; pero me contó que a él no se le paró el sexto sentido saliendo del incómodo momento con un: " No me gustas..., me gusta es tu sobrina"..., es decir, yo... Y con el último "no te piso más la alcaldía", como mordida por un alacrán en mala parte, de allí salió arrastrando sus chancletas y con la lengua hecha una bola de la rabia. Era verdad, el alcalde me acosaba y yo no había querido decir nada pero tarde o temprano tenía que ocurrir...
Yo, igual que todos en el pueblo, ignoraba lo de los baños privados del alcalde pero parece que mi tía Pabla no. Esa mañana de mayo, por cierto, dejando a un lado las almohadas, bastándose a sí misma, se tejió sus largas trenzas, se las enrolló sobre las orejas, se puso las chancletas y, sin despedirse de mi, con la escritura en las manos salió de la casa metiéndose algo en el seno. Parecía dispuesta a todo. Mi tía no se levantaba sino después de las seis ..., había tenido un mal dormir dando vueltas en la cama. Era evidente, andaba en asuntos sigilosos. Aquella era la ocasión. Seguía por el mismo camino que, minutos antes, rumbo al río y como de costumbre, anduvo el primer mandatario, así que hasta allá llegó... Lo encontró desnudo, justo en el momento en que, de espaldas a ella, escaso de nalgas, daba los tres saltitos preliminares. Ella, sin siquiera ser vista ni sentida, se sentó sobre las ropas del bañista. Hizo un grande esfuerzo para no reirse con lo que veía pero aquella risa que repercutía en la casa espantando a todos los pavos, no podía reprimirse y, en tal caso, salió sin resistencia a la voz de:" Bonito cuerpo tiene...¡Qué nalgas!
El alcalde, espantado y sin tiempo que perder, se lanzó al río y, con el agua al cuello, miró a mi tía y se sintió humillado. "No es que esté loca -le dijo ella y al mismo tiempo agregó- usted verá... Si me firma la escritura le doy la ropa"
-"¡Loca, loca, una loca es lo que eres!"- le gritó él.
-Ninguna loca... firmeme la escritura y evítese el escándalo o aquí verá el otro amanecer. Sálgase ya del agua, aquí está el documentó y la pluma...
El alcalde, al reponerse de la sorpresa, airado ordenó a mi tía que se fuera. "Te tengo en mis manos, No estás en condición de exigirme nada. Firma, firma. Lo que ocurre es que quieres acceder a mi sobrina por el favor, ¿no es así? Pues no se va a poder. Ese jamón ya tiene dueño. Dagoberto Hernández, para tu información. Erraste la carambola ¿Te creias que por ser viuda y sin hijos no tengo cómo reclamar lo mío? Fíjate que no..., todo esto es porque no voté por ti... Y eso que no he querido decirle nada a su esposa... Sea gentil, firmeme, fírmeme el documento- volvió a decirle.
El alcalde sabía que de no firmar la escrituración, con lo terca que era mi tía, pasaría todo el resto de su administración dentro del río pues conocía a "la Gorda Pabla" como encarnación de lo inalterable y resistente.
-Ya salgo; pero no me mires -pidió él-
-No tengo por qué mirar tu estorbo. No es digno de tanto. Le falta, le falta... Y, de pronto, el alcalde salió del río; estaba frente a una rechoncha y canosa mujer que, tranquilamente sentada encima de sus ropas (las de él), ponía a su alcance el documento y la pluma. Este, tembloroso, firmó y, entre tanto, le decía: "Ya he cumplido, cumple tú ahora y prométeme que te llevarás este secreto hasta tu tumba"...
Mi tía Pabla, haciendo un gran esfuerzo, diez años después, murió. Yo me casé con Dagoberto, le he dado cinco hijos y si le he contado esto es para que se sepa que... entre cielo y tierra no hay nada oculto...
Walter E. Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com |