Maday de Carlos y de Joz madayteatro@hotmail.es . Gratamente he leído creaciones literarias, y no solo noticias y opiniones, en esta página. Eso me ha animado a enviar este cuento. Ojalá les guste (por cierto, no es la primeravez que lo envío a otros medios, pero nunca tuvieron a bien publicarlo). Un cuento a la luz de la Luna (O cuando el Amor es algo más que una palabra de cuatro letras). No era aquella una figura que él viese recortada habitualmente sobre la silueta de la luna. Éstas eran, por lo general, las de los murciélagos en su ciego afán por capturar mosquitos; en otras ocasiones se trataba de la formación de alguna bandada de patos que, guiándose por aquella luz califal, realizaba su migración; otras, las de sus hermanos y hermanas búhos y lechuzas. |
Intrigado, desde el árbol donde se encontraba voló unas decenas de alazos (que es como miden los pájaros las distancias) hasta posarse en la veleta que dominaba la torre de la iglesia y, desde allí, pudo ver cómo aquella extraña figura sin plumas y sin alas casi se dejaba la vida en el empeño de volar: era el Burro que, arrojándose una y otra vez desde el campanario, no parecía entender que los de su especie tienen cuatro patas con sus respectivas pezuñas para no despegarse del suelo. Afortunadamente, la premura del Burro por cometer aquella locura hizo que aquel cuadrúpedo dejase abandonado el carro de heno que transportaba justo en la vertical de su caída, sirviéndole de estupendo colchón, como si de un auténtico especialista de cine se tratase.
Extrañado el Búho por el comportamiento del asnado, y cuando éste volvió a subir al campanario, le preguntó: <¿Qué haces, Burro?>; a lo que éste contestó: <¿Que la Gata quiere la luna?>, terminando de decir la frase desde el fondo del carro del heno. Volvió a subir al campanario el Burro y una nueva pregunta le formuló el Búho: <¿Y cómo pretendes llegar hasta la Luna?>. <¡Volando!> Le respondió el pollino mientras se sacudía nuevamente el heno de la cabeza. Una vez más el Burro en el campanario, una vez más le preguntó el Búho: <Y tú... ¿nunca has oído eso de "¡mira, un burro volando!"?>. <¡Por eso!> Dijo con cara de felicidad e increíble gesto de asentimiento a la vez que escupía heno. ¡Qué larga y disparatada se prometía aquella noche para el noctámbulo filósofo! Percatado el Búho de que la inteligencia no siempre guarda relación con la facultad de hablar, por lo que de nada servirían sus intentos por hacer comprender a aquella orejuda criatura que los burros no vuelan (y que -dado el hipotético caso- jamás podría apoderarse del plateado astro), decidió cambiar de estrategia (para de este modo intentar evitar el trágico final que auguraba el desatinado comportamiento del asno). Desbancaría la lisura de la "irónica" pregunta y la sustituiría por la inclemencia del oráculo catastrofista: <¡Pero... ¿Cómo le vas a regalar la Luna a la Gata?!> Imploró, señalando con la punta de sus alas al satélite. <¡¿Qué harán los océanos sin mareas?! ¡Se estancarán sus aguas y se convertirán en infinitas cloacas! ¡¿A qué aullarán los lobos cuando caiga la noche?! ¡Quedarán afónicos buscándola y, desorientados, se abandonarán a la locura! ¡¿Bajo qué luz compartirán sus secretos los enamorados?...!> No necesitó el astuto Búho completar la última profecía para que, desolado y compungido, confesase el Burro: <¡Pero Búho, ¿qué puedo hacer?, si es que le he prometido la Luna a la Gata y...!>. <¡No me lo digas!> Interrumpió el sabio que, con adivinatoria mueca, apuntó: <¡Y además lo hiciste a la luz de la Luna! ¿Me equivoco, Burro?>. Balanceando de izquierda a derecha la cabeza entre sus patas respondió el obtuso animal, con la mirada perdida en el heno. <¡Qué talento...!>. Sentenció el Búho. Tras pensar unos segundos en cómo podría ayudar al Burro a deshacer aquel entuerto, levantó el vuelo desde la veleta y en círculos rodeando la torre descendió hasta el carro para hablar con él, pues aquello que le iba a proponer lo tendría que hacer al oído... <Cortarás un trozo del queso que más le guste a la Gata con la forma que hoy vemos de la Luna y, ya de día, se la darás diciéndole que la misma Luna es y que se la puede comer. Como estamos en el último cuarto menguante, cuando mañana caiga la noche no verá la Luna en el cielo y pensará que realmente se la ha comido.> Entendiendo más bien poco de aquella maniobra, hizo el Burro punto por punto todo aquello que el Búho le había indicado. <¡Viva, viva, tengo la Luna!> Gritaba la Gata dando saltos y lanzando al aire aquello que le había regalo el Burro para, luego, volver a recogerlo. <¡Viva, viva!> Intrigada, se le acercó a la Gata su hermana gemela que, tras oler aquel codiciado objeto, dijo: <¡Pero boba, ¿no te das cuenta que es un trozo de queso cortado con forma de luna?! A lo que repuso la primera: <Sssshhh, calla, que el Burro cree que es la Luna...> Y es que, en ocasiones, el Amor es mucho más que una sola palabra de cuatro letras... FIN Maday de Carlos
|