Walter Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com. Con la tarde fresca, cerrada de riguroso luto, sentada en una mariapalito de balancines en la amplia sala de su caserón, la mujer, dedicada por completo a la soledad y al absoluto retiro de su viudez, rompiendo un silencio interior de muchos años, evocaba ahora el pasado rehaciendo épocas de gloria y de desventura familiar. Sin misterios en el corazón, y como si soltara un atado de historias, perdida la mirada, en tono pausado hablaba de lo humano y lo divino desahogando así, y con palabras viejas, su más honda tristeza y su dolor de antes y de siempre...
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"...Señor, por aquello de que las medias verdades son peligrosas, esta se la contaré entera... Jugador como él solo que me salió mi hijo Hildebrando, nació con el naipe en las manos. No podía ver una rueda de ruleta esperando noches enteras le saliera el número siete. Amaba más al juego que a las mujeres; por eso todas las que tuvo lo abandonaron. Tenía la facultad de jugar poker bajo la lluvia sin inmutarse para nada de los rayos y los truenos, saliendo derrotado en reto no por sus rivales sino por la nostalgia, esa especie de nostalgia mediterránea que se dibuja también en el rostro de los soldados cuando cuentan sus muertos y sin júbilo ganan la más sangrienta guerra. Murió una noche de fiesta de San Juan jugando a la ruleta rusa con Miromel y Furumingo, sus amigos de andanza. Lo encontraron en medio de un reguero de sangre y de barajas de acuerdo con su voluntad y como una sentencia... Es que, señor, no es mentira, el vicio, como el exceso de trabajo, también lleva a la pobreza y a la muerte... Fue mi oveja negra, mi dolor de madre...Nunca miró los libros ni el estudio; garrapateaba su nombre de memoria y letra por letra. De niño mostró lo que era: jugaba al trompo, a la bola de uñita, a los dados, a la cuarta, al geme, al cuatro y ocho-doce y, luego, de joven, a los gallos, al billar, a la buchácara, al dominó, al siglo, a la cucurubá...fue dos días no más a la escuela primaria a la cual no volvió porque dijo que ahí no le daban comida...Tuvo tiempo de sobra para pensar en su futuro pero no tenía futuro alguno en que pensar. Ni su padre, tampoco yo, le hicimos escándalos...usted sabe, hijo único... por eso no hubo poder humano que lo cambiara. Su abuelo Juan Gustavo, fiel seguidor de la disciplina de San Agustín, más de una vez, le pintó sobre las piernas y la espalda, las letras de su nombre en mayúsculas grabadas en alto relieve en su reseca correa de cuero de chivo, y hasta le soltaba a diario once improperios de muerte en cartiginés y once en alemán antiguo tratando de corregirlo pero, qué va..., a Hildebrando eso lo jodió más... es que todos somos esclavos de lo mejor y lo peor que llevamos por dentro. El bueno del padre Hernández quiso hacerse cargo de él poniéndolo de auxiliar en la casa cural al tiempo que, entre rato y rato, le leía pasajes de bíblicos que a mi hijo no le traspasaban el alma ni las buenas intensiones viviendo la tragedia de conseguir lo que quería de todo corazón sin conseguirlo. Haga con Hildebrando lo que quiera, me dijo de mal humor una tarde el clérigo trayéndomelo a la casa al notar en la sacristía un faltante de cinco botellas de vino de consagrar y al descubrirle el naipe en los bolsillos. Los cargaba para que se los bendijera y así no perder jamás en el juego, me dijo el muy descarado esa vez... Mire, mire bien, ese que está ahí, en el retrato colgado de la pared, es él. Ese es Hildebrando, quedó con cara de crisis prolongada y mirada de tigre cazado, así como se fue, sin saber a qué edad deja un hombre de ser necio, sin oír ninguna clase de consejo. El juego, verdad efímera, lo hizo vender hasta los gobelinos de la prosperidad y su caballo de paso árabe a precio de caridad practicando el método más popular de distribuir la riqueza en la ruleta y como si no supiera que en ella no gana nadie más que su dueño... No me dejó ni un nieto ni por duda y un designio fatal le imposibilitó vivir sin el juego hasta cuando se nos acabaron los últimos dineros y el cofre de prendas legítimas de que yo disponía y que desde niña me dejó mi madre. Que se lo encomendara a San Ignacio de Loyola con oraciones de cauterio dizque infalibles contra el vicio, me recomendó buenamente mi comadre Joaquina Castro, pero el alma de Hildebrando de Jesús Camacho y Fuentes, era insensible a todo artificio espiritual. Para él, estar vivo era jugar, jugar trémulo de incertidumbre esperando su gran noche, su gran momento. No lloré su muerte porque ya lo había llorado en vida y por adelantado, a tiempo para no volverlo a hacer..., pero sin entender si mi dolor apenas comenzaba o ya había terminado. Uno no olvida sus muertos ni la historia de la familia. El pasado tiene voces y nostalgias como esta que no se pueden desterrar de la memoria y que nadie quisiera se repitan para que nadie se condene...Que, ¿qué recuerdo de Hildebrando? Todo, todo y todos los días...Una noche se ganó en una apuesta un par de canarios desafortunados como él porque se los comió un gato...
Walter Pimienta Jiménez. walter53pimienta@hotmail.com
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