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Telf. de interés Su opinión Clientes Normas de Alh.com Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca Todas las carpetas•51 usuarios en línea • Lunes 21 de Abril de 2014
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Noche violenta

Cuentos y relatos globales. 10.10.10 

Javier Vàsquez Aguilar davor@ec-red.com. Aquella  tarde  conversé  con  Carlos.  Era  un  tipo  que  conocí  en  "la  Boquita",  una discoteca de mala muerte del centro limeño. Cuando lo vi por primera vez tenía la  apariencia de un vendedor de drogas o algo parecido, esos que merodean por  las calles, pero me equivoqué. Era un estudiante de una universidad particular ubicada  en la avenida Javier Prado. Me parecía extraño que un tipo que vive solo en el Jirón Ica y sin  trabajo, aparentemente, estudie en una universidad privada, cosas de  la  vida; no sé, pero era un loco para las fiestas. 

Esa noche llegué solo al bar "Estelita" en Cailloma. Estaba deprimido por el trabajo y  la  universidad,  todo  se me  había  acumulado,  quería  explotar.  Me  senté  en  la
barra  y  pedí  un  vaso  con  cerveza  bien  helada.  Una  vieja  regordeta  se  acercó  y preguntó: 
-Hey niño, ¿te pasa algo?, si quieres te curo de las penas.
 
Su olor a colonia barata me dio asco, y mientras la miraba, sentía su mano dentro de mi bolsillo buscando algo.  
-¡Oiga qué se le perdió! 

 Era  asquerosa,  era  como  si  estuviera  en  un  asilo  rodeado  de  viejas  decrépitas buscando sexo. La empujé con  fuerza y cayó pesadamente, de pronto dos sujetos fornidos  se  acercaron  y  me  levantaron  en  vilo  llevándome  al  baño,  cuando disponían  a  colocarme  el  primer  golpe  alguien  los  detuvo.  Caí  al  piso  y  sólo escuchaba una discusión, algo como si no acordaban el precio, estaba aturdido, no entendía. 
 
-Hey socio, ¿te pasa algo? Me llamó Carlos..., pero chochera que mal estas, ¿qué paso?; levántate te invito un trago, vamos.
-Okey.
 
Esa noche bebí  infinitas  jarras de cerveza, sangría y  tragos baratos. Mi sueldo de fin de mes se redujo a unos miserables cinco soles qué llevaría a casa, pero si nadie me  espera,  ¿para  qué  diablos  trabajo?  Aún  recuerdo  algo  de  la  madrugada: mujeres en nuestra mesa, me presentaron a un sin fin de amigos y amigas, todos muy gentiles pero no olían bien, parecía que esos cuerpos nunca probaron agua. De esa madrugada, no recuerdo nada más. En  la mañana, no estaba en casa, estaba en  un  cuarto  nauseabundo  de  una  quinta.  Me  desperté  con  un  fuerte  dolor  de cabeza  y  lo  primero  que  vi  fue  a  la  acabada  regordeta  encima  de mí  roncando fuertemente.  Traté  de  salir  pero  no  podía.  Odiaba  esa  situación.  Miré  hacia  un costado y allí estaba Carlos con dos mujeres. Finalmente, pude escaparme. Busqué mi ropa Calvin Klein que mi madre me envió de Estados Unidos y salí raudo a mi casa.  Entré  y  vi  todo  normal.  En  la  grabadora  encontré  un  mensaje  "llámame cuando regreses, tu mamá".
 
-¿Y  ahora  qué  quiere  mi  madre,  no  está  contenta  en  Europa?  Maldición  quizás regrese a Perú, pucha si se entera que no voy a la universidad me friego. 
 
Mis  viejos  son  divorciados,  es  una  situación  que  hasta  el momento  no  entiendo. Siempre  estuve  en  la  casa  de mis  tías,  envidiaba  cuando  en  el  colegio  había  los
paseos familiares, nunca fui con mis padres, o era mi abuela o mis tías. Mi madre se  fue  a Europa  a  trabajar  en no  sé donde  y me dejó  aquí  en  Lima, que  es una ciudad de porquería. ¿Por qué no me llevó? Siempre con la misma cháchara "tienes que estudiar", si supiera que ya no voy y que estoy en este lugar. 
 
Luego de aquel  fin de semana, se me hizo costumbre salir con Carlos, éramos  los dueños de  las discotecas del centro de Lima. Cada  fin de semana era mil soles de gastos.  Empezábamos  desde  las  siete  de  la  noche  del  viernes  hasta  el  lunes  y siempre  terminamos  en  la  quinta  con  diferentes  mujeres  desde  púberes  hasta viejas reprimidas. Mi vida se tornó una tontería, quería terminar con esta situación, no era vida. 
Una tarde de invierno no teníamos plata para ir a nuestra juerga pero Carlos tenía la  solución  para  cada  problema,  recuerdo  el  clásico  "no  es  problema  choche", aunque  ese  día  no me   convenció  el  "no  es  problema  choche"  quise  indagar  de donde  salía  el dinero  y  seguí  a Carlos  hasta  la  plaza  Francia. Se  paró  cerca  a  la librería  Studium,  donde  adquiría mis  libros  cuando  era  estudiante  de  secundaria. Estaba allí apoyado en el poste de alumbrado eléctrico, estaba con su clásica ropa: casaca azul,  jean negro, camisa Cougar y su  reloj Benneton. Me oculté detrás de los  jugadores  de  ajedrez  (un  juego  difícil)  y  miré  por  primera vez  de  donde provenía el dinero de Carlos: vendía drogas. Esa imagen me desalentó y percibí un aire enrarecido algo como a suciedad. Me retiré.   Esa tarde caminé por la avenida Wilson pensando en mi amigo, cavilando en el lío que me había metido. Sí, mi amigo, aquel que conocí en el bar de mala muerte era un paquetero. Ese fin de semana no fui a la juerga. Estuve en mi departamento. El lunes  sonó  el  teléfono,  pensé  que  era mi madre  fastidiándome  otra  vez,  timbró cinco veces hasta que contesté.
 
-Alo, alo, habla Carlos. 
-¿Qué quieres?
-Cuidado  chocherita,  ¿pasa  algo?,  ¿por  qué  no  fuiste  a  la  disco  el  viernes?,  te esperamos con las flacas, estuvieron buenas, ya sabes. 
-No pude ir, tenía que hacer. 
-Tú  tenías  que  hacer,  no me  hagas  reír,  sabes  qué,  tengo  un  negocio,  es  algo sencillo, ven a mi casa. 
-Okey (dubitativo) 
 
Esa tarde, a pesar que sabía a lo que se dedicaba mi amigo, fui a verlo. Estaba con dos  chicas,  dos  horas  después  se  fueron  y  dejaron  un maletín.  Le  pregunté  que
contenía, no me  respondió. Intenté quitárselo pero me empujó, caí al piso y  traté de agarrar sus piernas hasta que  lo conseguí. Rodó pesadamente y el maletín, se abrió. Era una sustancia blanquecina sin olor. 
-¿Vendes droga?
- ¡Ni una palabra a nadie si no te friegas!
Esa tarde caminé por la avenida Wilson pensando en mi amigo, cavilando en el lío que me había metido. Sí, mi amigo, aquel que conocí en el bar de mala muerte era un paquetero. Ese fin de semana no fui a la juerga. Estuve en mi departamento. El lunes  sonó  el  teléfono,  pensé  que  era mi madre  fastidiándome  otra  vez,  timbró cinco veces hasta que contesté.
 
-Alo, alo, habla Carlos. 
-¿Qué quieres?
-Cuidado  chocherita,  ¿pasa  algo?,  ¿por  qué  no  fuiste  a  la  disco  el  viernes?,  te esperamos con las flacas, estuvieron buenas, ya sabes. 
-No pude ir, tenía que hacer. 
-Tú  tenías  que  hacer,  no me  hagas  reír,  sabes  qué,  tengo  un  negocio,  es  algo sencillo, ven a mi casa. 
-Okey (dubitativo) 
 
Esa tarde, a pesar que sabía a lo que se dedicaba mi amigo, fui a verlo. Estaba con dos  chicas,  dos  horas  después  se  fueron  y  dejaron  un maletín.  Le  pregunté  que
contenía, no me  respondió. Intenté quitárselo pero me empujó, caí al piso y  traté de agarrar sus piernas hasta que  lo conseguí. Rodó pesadamente y el maletín, se
abrió. Era una sustancia blanquecina sin olor. 
-¿Vendes droga?
- ¡Ni una palabra a nadie si no te friegas!
 
© Javier Vásquez Aguilar

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