Esa noche llegué solo al bar "Estelita" en Cailloma. Estaba deprimido por el trabajo y la universidad, todo se me había acumulado, quería explotar. Me senté en la barra y pedí un vaso con cerveza bien helada. Una vieja regordeta se acercó y preguntó: -Hey niño, ¿te pasa algo?, si quieres te curo de las penas. Su olor a colonia barata me dio asco, y mientras la miraba, sentía su mano dentro de mi bolsillo buscando algo. -¡Oiga qué se le perdió!
Era asquerosa, era como si estuviera en un asilo rodeado de viejas decrépitas buscando sexo. La empujé con fuerza y cayó pesadamente, de pronto dos sujetos fornidos se acercaron y me levantaron en vilo llevándome al baño, cuando disponían a colocarme el primer golpe alguien los detuvo. Caí al piso y sólo escuchaba una discusión, algo como si no acordaban el precio, estaba aturdido, no entendía. -Hey socio, ¿te pasa algo? Me llamó Carlos..., pero chochera que mal estas, ¿qué paso?; levántate te invito un trago, vamos. -Okey. Esa noche bebí infinitas jarras de cerveza, sangría y tragos baratos. Mi sueldo de fin de mes se redujo a unos miserables cinco soles qué llevaría a casa, pero si nadie me espera, ¿para qué diablos trabajo? Aún recuerdo algo de la madrugada: mujeres en nuestra mesa, me presentaron a un sin fin de amigos y amigas, todos muy gentiles pero no olían bien, parecía que esos cuerpos nunca probaron agua. De esa madrugada, no recuerdo nada más. En la mañana, no estaba en casa, estaba en un cuarto nauseabundo de una quinta. Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y lo primero que vi fue a la acabada regordeta encima de mí roncando fuertemente. Traté de salir pero no podía. Odiaba esa situación. Miré hacia un costado y allí estaba Carlos con dos mujeres. Finalmente, pude escaparme. Busqué mi ropa Calvin Klein que mi madre me envió de Estados Unidos y salí raudo a mi casa. Entré y vi todo normal. En la grabadora encontré un mensaje "llámame cuando regreses, tu mamá". -¿Y ahora qué quiere mi madre, no está contenta en Europa? Maldición quizás regrese a Perú, pucha si se entera que no voy a la universidad me friego. Mis viejos son divorciados, es una situación que hasta el momento no entiendo. Siempre estuve en la casa de mis tías, envidiaba cuando en el colegio había los paseos familiares, nunca fui con mis padres, o era mi abuela o mis tías. Mi madre se fue a Europa a trabajar en no sé donde y me dejó aquí en Lima, que es una ciudad de porquería. ¿Por qué no me llevó? Siempre con la misma cháchara "tienes que estudiar", si supiera que ya no voy y que estoy en este lugar. Luego de aquel fin de semana, se me hizo costumbre salir con Carlos, éramos los dueños de las discotecas del centro de Lima. Cada fin de semana era mil soles de gastos. Empezábamos desde las siete de la noche del viernes hasta el lunes y siempre terminamos en la quinta con diferentes mujeres desde púberes hasta viejas reprimidas. Mi vida se tornó una tontería, quería terminar con esta situación, no era vida. Una tarde de invierno no teníamos plata para ir a nuestra juerga pero Carlos tenía la solución para cada problema, recuerdo el clásico "no es problema choche", aunque ese día no me convenció el "no es problema choche" quise indagar de donde salía el dinero y seguí a Carlos hasta la plaza Francia. Se paró cerca a la librería Studium, donde adquiría mis libros cuando era estudiante de secundaria. Estaba allí apoyado en el poste de alumbrado eléctrico, estaba con su clásica ropa: casaca azul, jean negro, camisa Cougar y su reloj Benneton. Me oculté detrás de los jugadores de ajedrez (un juego difícil) y miré por primera vez de donde provenía el dinero de Carlos: vendía drogas. Esa imagen me desalentó y percibí un aire enrarecido algo como a suciedad. Me retiré. Esa tarde caminé por la avenida Wilson pensando en mi amigo, cavilando en el lío que me había metido. Sí, mi amigo, aquel que conocí en el bar de mala muerte era un paquetero. Ese fin de semana no fui a la juerga. Estuve en mi departamento. El lunes sonó el teléfono, pensé que era mi madre fastidiándome otra vez, timbró cinco veces hasta que contesté. -Alo, alo, habla Carlos. -¿Qué quieres? -Cuidado chocherita, ¿pasa algo?, ¿por qué no fuiste a la disco el viernes?, te esperamos con las flacas, estuvieron buenas, ya sabes. -No pude ir, tenía que hacer. -Tú tenías que hacer, no me hagas reír, sabes qué, tengo un negocio, es algo sencillo, ven a mi casa. -Okey (dubitativo) Esa tarde, a pesar que sabía a lo que se dedicaba mi amigo, fui a verlo. Estaba con dos chicas, dos horas después se fueron y dejaron un maletín. Le pregunté que contenía, no me respondió. Intenté quitárselo pero me empujó, caí al piso y traté de agarrar sus piernas hasta que lo conseguí. Rodó pesadamente y el maletín, se abrió. Era una sustancia blanquecina sin olor. -¿Vendes droga? - ¡Ni una palabra a nadie si no te friegas! Esa tarde caminé por la avenida Wilson pensando en mi amigo, cavilando en el lío que me había metido. Sí, mi amigo, aquel que conocí en el bar de mala muerte era un paquetero. Ese fin de semana no fui a la juerga. Estuve en mi departamento. El lunes sonó el teléfono, pensé que era mi madre fastidiándome otra vez, timbró cinco veces hasta que contesté. -Alo, alo, habla Carlos. -¿Qué quieres? -Cuidado chocherita, ¿pasa algo?, ¿por qué no fuiste a la disco el viernes?, te esperamos con las flacas, estuvieron buenas, ya sabes. -No pude ir, tenía que hacer. -Tú tenías que hacer, no me hagas reír, sabes qué, tengo un negocio, es algo sencillo, ven a mi casa. -Okey (dubitativo) Esa tarde, a pesar que sabía a lo que se dedicaba mi amigo, fui a verlo. Estaba con dos chicas, dos horas después se fueron y dejaron un maletín. Le pregunté que contenía, no me respondió. Intenté quitárselo pero me empujó, caí al piso y traté de agarrar sus piernas hasta que lo conseguí. Rodó pesadamente y el maletín, se abrió. Era una sustancia blanquecina sin olor. -¿Vendes droga? - ¡Ni una palabra a nadie si no te friegas! © Javier Vásquez Aguilar |