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Tu diario. Libertad de expresion

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El Primer Día

Cuentos y relatos globales. 02.10.10 

Javier Vàsquez Aguilar davor@ec-red.com
-¡Ya  era  hora!,  ¡tú  cuándo  no!,  Yo  sabía  que  entrarías  a  esta  universidad  de  porquería, y en  los últimos puestos. Eres una bruta, ¡bruta!, ¡ya camina! Vamos a que  te matricules, sólo gastos me ocasionas y  tu padre que no  trae el cheque del  banco, a dónde se habrá metido ese viejo estúpido. 
Milagros,  retraída,  caminaba  agarrada  del  brazo  de  su  madre,  asustada,  observando  a  muchos  chicos  detrás  de  esos  anteojos  oscuros  que  le  daban  un
aspecto gatuno a su rostro delgado y seco. 
Oye mamá, por qué me hablas así, ya soy toda una señorita y no es justo que me  trates de esta forma, ¡no es justo!

¿Cómo te atreves de hablarle así a tu madre?, eres una perdida de porquería. Una  marca  rojiza  se  formó  en  el  delgado  rostro  de  Milagros,  tirada  a  un  lado  de  la
vereda llorando impotente ante aquella señora madura que la había engendrado 23  años antes en aquella clínica limeña de Miraflores.

El  golpe  y  la  ira  hicieron  que  su  subconsciente  evocara  imágenes  ocultas.  Mira Arturo,  igual  a  mi  madre,  qué  preciosa,  ¿no?  Sí  amorcito,  es  igualita  a  mamá
Cucha.
A ver mi nietecita, uy es idéntica a mí. La pequeña Milagros observaba borrosos los rostros deformes de sus parientes… hasta que reaccionó.
 
Tu nunca me has querido, siempre me maltratas ¿no es bueno que haya ingresado a esta universidad?, ¿no estás satisfecha?... ¡qué quieres, ya no te aguanto!
 
Ambas se miraron fijamente. Eran dos fuerzas opuestas tratando de imponerse. La señora Soria nunca había hecho una vida hogareña con su hija, siempre estaba en
el  colegio  dictando  clases,  en  las  reuniones  con  sus  ex  colegas  de  la  universidad Católica  o  en  alguna  reunión  familiar,  pero  nunca  con  su  hija. Milagros,  de  niña,
siempre estuvo con su abuela. La quería más que a su madre, inclusive.
 
¡Vete! No quiero que me acompañes más. Sola haré mis cosas. Busca a ese señor que dices que es mi padre, ni siquiera te respeta. Cuida tu matrimonio.
 
¡Cállate  ramera!  Un  golpe  la  hizo  rodar  por  el  amarillento  jardín  cerca  de  la facultad. Sucia, con  los cabellos revoloteados, observó a su madre retirarse por  la
avenida Universitaria. La imagen difusa de su madre la hizo verse al igual que ella: vieja, acabada y amargada. Yo no quiero ser como ella, ¡no!
 
Hey  flaca,  qué  sucede.  Un  tipo melenudo,  vestido  de  negro  le  extendió  la mano para levantarla. Nada, sólo me he caído, pero estoy bien. ¿Tú estudias acá?
¡Claro!, soy cachimbo de Comunicaciones, ¿y tú, flaca, de dónde? Comunicaciones. ¡Qué bacán! 

Ambos  caminaron  hacia  la  Facultad  de  Letras.  Intercambiaron  sus  primeros pareceres  sobre  la  carrera,  sobres  sus  vidas  en  la  pre.  Había  algo  en  común:
vestían ropa oscura, parecían metaleros o subtes.
 
Bien amiguito me voy, chau.
Oye, ¿te puedo acompañar?
No es necesario.
Oye… bueno, allá tú, como quieras.
¿Nelson, no? Bien, Chau.

Esa mañana  Milagros  caminó  retraída  por  la  avenida  Universitaria,  pensando  en aquel  chico  que  encontró  a  su  paso;  cavilaba  en  torno  a  la  situación  bochornosa
que ocasionó su madre en la entrada de la universidad y le martirizaba la idea de ir a  casa  y  confrontarse  con  ella,  tan  odiosa.  Subió  al  primer micro  que  apareció,
rumbo  al  centro  de  Lima  en  busca  de  un  refugio.  Llegó  con  desgano,  mirada perdida. Un vendedor de fotografías de mujeres desnudas la persiguió dos cuadras
hasta  que  se  fatigó  de  hablarle.  Nada  la  inmutaba,  sólo  ansiaba  encontrar  a Fernando, el único que la comprendía.
 
Se habían conocido en el colegio Pestalozzi en cuarto año, cuando Milagros ingresó a su nuevo colegio. No era muy popular. Era detestada por las chicas porque no era
como ella: era inteligente, creativa; analizaba todo a su alrededor antes de actuar y el único que  la comprendía y pensaba  igual que ella era Fernando. El  tiempo hizo
que ese encanto desapareciera.
 
No, ya se retiró. Estuvo por acá pero se fue, quizás esté en la calle Ocho. ¿Vamos? Creo que están todos allí.
 
Transitó  por  la  avenida  Wilson,  sin  rumbo  definido,  hasta  llegar  a  la  avenida Arequipa.  Sollozaba  en  silencio  porque  se  sentía  maldita,  sucia.  Contempló  su
vestimenta: asquerosa por el polvo de la mañana, por el sudor de la caminata y por las  miradas  morbosas  de  los  hombres.  Sin  darse  cuenta,  había  llegado  hasta
Miraflores y allí en medio de los acantilados, observando al mar y el vaivén de  las olas que se confundían con los latidos de su corazón y destrozaba su canijo cerebro
atormentado.
 
¡Este es el momento, aquí se acaba todo pues ellos no son dignos de mi presencia, no  lo merecen!  Dime, mar,  por  qué me  tratan  así.  Yo  nací  para  luchar  por mis
creencias y no para que  la  sociedad me  imponga  las comunes,  las que creen que son correctas, por qué. Dime, Dios, tú que creíste que este mundo sería diferente y
mira la porquería de familia que tengo. Mi entorno es mundano, la gente no cree en lo que piensa, todos son unos huecos que siguen los que otros indican sin examinar
el  porqué  de  las  cosas;  por  qué  este mundo  es  así,  creo  que  ni  tú  lo  sabes,  yo menos.
 
Mar, que hermoso estás, tú si eres libre, vas donde te da la gana sin que nadie te imponga parámetros pero no eres feliz porque nosotros te matamos lentamente.
 
Milagros,  regresó  la  mirada  suavemente  hacia  un  jardín  cerca  al  acantilado. Observó las flores amarillas. Cogió una y pensó en lo que sucedía en su entorno, y
escuchó  una  voz melodiosa;  no  sabía  de  dónde  provenía  pero  al  final  le  salvo  el dolor físico pero fue comienzo del infierno espiritual.
 
 Sacudió el polvo de su pantalón negro y rápidamente caminó por aquella estrecha calle,  cerca  al  acantilado,    llena  de  árboles  semisecos,  y  las  hojas  de  los  álamos
rozaron su pálido rostro de niña mujer que no creía en el mundo común… sólo el de ella.

© Javier Vásquez Aguilar

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