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El juego de la pelota

Cuentos y relatos globales. 26.09.10 

Javier Vàsquez Aguilar. davor@ec-red.com.Esa noche de verano, Tito corrió hacia la casa de Jorge para jugar. Coqui, con la  boca llena, llegó a balbucear algunas palabras. 
-Ñam, ñam, ñam, ¿qué quieres?
-Oye sabes qué, la gente va a jugar fulbito en la pista, ¿vas?
-Está bien, chévere. 
Los amigos del barrio fueron en busca de unos ladrillos para colocarlos como arcos  en la pista. Uno fue colocado en la casa de la Huevera –era una señora que durante
veinte años vendió huevos- y el otro, en la casa de la loca Castillo. La llamaban así  porque carajeaba y correteaba a cualquiera con pistola en mano.

Al cuarto de hora, el partido se tornaba arduo e intenso, casi se agarran a golpes muy parecido a una final de campeonato de segunda división.
 
-Vamos pásame, carajo.
-Foul, foul, cobra pues tarado… 
-La pelotaaaa…
-¡Huy mierda! ya cayó en la casa de la loca Castillo.
 
Nadie se atrevía a sacar la pelota del jardín. El flaco Larry, el más aventado del  grupo, fue a sacar la redonda.
 
-¡Yo lo saco!, ¡esa bruja me llega!, ¡van a ver!, yo sí soy macho, no maricones y  gallinas como ustedes.
 
Larry se acercó al borde de granadas del jardín y cogió la pelota con sus pequeños  y lúdicos dedos cuando una luz intensa hizo presa del cielo. El flaco pensó que eran
sus nervios; sin embargo, el grupo quedó impresionado con el espectáculo de luz  sobre sus cabezas.
 
El flaco Larry olvidó el balón, retrocedió hasta el gran pino de la cuadra donde su  patota estaba observando lo sucedido, aún sorprendidos. Observaron cómo una  franja multicolor se desplazaba sobre sus casas. Cuando cubrió todo el cielo, la  inmensa raya de colores se detuvo y se abrió –era como si el cielo fuera abierto por  dos fuertes manos. La luz fue cegadora, no pudieron ver nada. Era una luz intensa  acompañada de un estruendo que dejó sordos a los del grupo. Larry, ante la  desesperación, mojo su pantalón de miedo y corrió a casa en busca de su madre. El  resto del grupo no salía de su asombro.
 
El cielo nulo, blanco dejó de ser puro. Ya no era virginal. La noche volvió a ser el  paraíso de los demonios. Después de ver aquel espectáculo, los muchachos  volvieron en sí. Juntaron sus ladrillos y fueron a casa raudamente. En sus casas,  nadie dio fe a lo que comentaron. Aquella noche, ningún adulto creyó en los diez  niños de la calle Sixtina que, con el correr del tiempo, fueron creciendo con el  miedo y la desazón de la noche.

© Javier Vásquez Aguilar

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