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Tu diario. Libertad de expresion

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Sueño profundo

Cuentos y relatos globales. 19.09.10 

Javier Vàsquez Aguilar <davor@ec-red.com>Adolfo . tomó una ducha como de costumbre. Salió raudo del baño sin afeitarse. Al  entrar a  su dormitorio notó algo  raro,  extraño. No  era  su  cuarto,  éste  solía estar  ordenado;  no  era  su  pequeña  colección  de  libros,  sus  bates  de  béisbol  estaban  arrimados,  su  guitarra,  en  el  rincón,  donde  nunca  llegó  la  suave  y  penetrante  escoba que, con sus finas hebras, marcaban esa zonas extrañas de su cuarto; y allí  estaba, inclusive, su colección de revistas Cosmos.  No lo comprendía. Se miró frente al espejo, su rostro y la barbita algo crecida no le  decían  nada.  Sus  manos  estaban  temblorosas  y  frías  por  el  agua  helada  de  la  ducha; sus ojos, igual de gélidos y oscuros, que siempre denotaban tristeza. Pensó  que era  su  cabello: seguía  lacio y  ralo como siempre. Se  sentó en el borde de  la  cama y medito hasta el punto de no saber lo que ocurría en ese pulcro dormitorio.  Se miró  nuevamente  al  espejo  y  lloró  sin  comprender  absolutamente  nada;  era  como si interiormente cada célula se hubiera deteriorado, o cada órgano tuviese un  año menos de vida y como si a él le quedara muy poco tiempo de vida. Un grito lo  volvió a la realidad.

-Oye, qué viejo estás, son veintiséis años, qué planes tienes para hoy. Seguro que  saldrás con tus amigos ¿no?, ¿o qué?, ¿vienes a cenar?, no me salgas con que vas
a ver a esa fulana.
-No, mamá. Esta vez será diferente, qué amigos, ni qué fulana. Esta vez estaré en  casa, te lo prometo.  Sabes que hoy, cuando salí de la ducha, tuve una sensación extraña, sentí como si  la vida se me acortara.
-No hables tonterías, hijo. ¡Hoy es tu cumpleaños! ¡Caramba, cambia esa cara!
-Tienes razón. Bueno, ¿hay algo que tomar? Un jugo de naranja no me caería mal.
-Sí, aquí está, tómatelo rapidito, tú sabes que tienes que llegar a tiempo, tu jefe es  muy estricto.
-Ya lo sé mamá, Andrea viene a recogerme.
-¿Cómo?... o sea que ahora te recogen…
-Ya pues, no te molestes. Allí está. Chau, chau.
Adolfo  subió  al  auto  de  Andrea  rumbo  al  centro  de  la  ciudad.  Su  día  transcurrió  como de costumbre: solo dos comisiones periodísticas  (una sobre el asesinato del
rey  de  la  piratería  y  otra  sobre  la  premiación  de  un  joven  escritor  de  apellido  Velásquez). A  la  salida  del  trabajo,  tomó  un  taxi  de  lunas  polarizadas.  El  conductor  tomó  la  avenida Central para evitar el tráfico infernal de las seis de la tarde; sin embargo,  desvió su rumbo raudamente por unas calles oscuras.
-Disculpe, ¿está usted apurado?
-Un poco, ¿tiene algún inconveniente?
-No es grave, lo que pasa es que nos estamos quedando sin combustible.
-Está bien, no hay problema.
Raudamente, el taxista hizo una maniobra y se dirigió a la estación cercana. 
Adolfo  tarareaba una  canción de  su adolescencia. Nuevamente,  se mira al espejo  retrovisor del auto y recuerda aquellos días dela universidad.
-Qué será de Tina, del flaco Lores, del santo Esteban y del loco Manrique…
Intempestivamente,  las  imágenes de su  juventud  fueron atropelladas por un auto  negro deportivo con siete ocupantes. Bajó un hombre delgado con gafas gruesas,
de terno azul y corbata blanca buscando el servicio. Adolfo quedó impactado, no lo  creía  lo que veían sus oscuros ojos. Era el  flaco Lores. Fue a  su encuentro con el
pasado.
-Hola, ¿eres Lores, el flaco Lores?
-Sí, tu eres…Adol… ¡Adolfo!, ¡caramba! Qué haces por aquí.
-Justo regresaba a mi casa y mira...me encuentro contigo.
-Oye, a que no sabes, a la salida de mi estudio me encontré con toda la gente de la
universidad: Tina, el loco, el santo y ahora contigo, ¡que alucinante!  ¡Qué buena! Pero me van a  disculpar, en casa me esperan.
-¿Quién, tú esposa?
-No, mi mamá.
-Ah,  espera…  hoy  no  es  catorce  de  marzo...sí,  ¡es  tu  cumpleaños!,  ¡venga  ese  abrazó hombre!, ¡cómo pasan los años, caray! Oye, ¿que te parece si nos tomamos
unos tragos como en los viejos tiempos?
-Uhmmm, pero sólo unos cuantos. En casa me esperan, tú sabes…
-¿Vamos?
-Vamos.
-Espera voy a bajar el portafolio del taxi.
Adolfo fue donde el taxista, le dijo que allí se quedaba. Canceló el servicio, cogió su  maletín  y  enrumbo  al  auto  de  Lores  –ese  auto,  años  atrás,  fue  testigo  y
protagonista de innumerables experiencias.
-Oye… ¿y dónde quieres ir?, preguntó el santo.
-Bueno, donde ustedes gusten, claro ustedes van a pagar, ¿no es cierto?
-Oye Adol -así lo llamaban cuando jugaban tenis en la universidad- ¿qué te parece  si vamos al Vértigo?, ¿te acuerdas?, es donde una vez, recontra borracho, casi de
vas de cara contra el inodoro.
-Ya, ya no me vacilen, no quiero  recordar eso. Pero, Uhmmm… vamos al Vértigo.
Hace tiempo que no voy por allá.
La oscuridad de  la ciudad, el  ruido de  las discotecas y  los vendedores de cigarros  complementaban la noche bohemia.
El  flaco,  estacionó  el  auto  en  el  lado  izquierdo  del  local. Cuando  bajaba  Tina, un  hombre moreno alto y membrudo abrió la puerta: “buenas noches señorita”
Un grito aterrorizó a los transeúntes de la zona de parque. El santo fue donde Tina  debido al susto que se llevó al encontrarse con aquel personaje.
Ingresaron al Vértigo y encontraron muchas caras conocidas: por allí estaba Carlita  ya casada con Pedro –el menor de la promoción; Beto y Luz la eterna pareja que,
según comentarios, este año  tienen que  casarse. Se ubicaron en  la parte  central,  Lores pidió tres jarras de sangría dando inicio a la noche con sus colores, formas y
aromas.
La  noche  se  tornó  larga  e  inesperada,  tenían  en  la mesa más  de  diez  jarras  de  sangría  y  los  secretos  empezaron  a  fluir.  El  secreto mejor  guardado  y  develado
aquella  noche  fue  la  del  santo.  El  santo  Esteban,  en  sus  a  los  mozos,  era  un  defensor  a ultranza del  evangelio  y  ahora  se  dedicaba  a  administrar una  casa de
citas.
Adolfo, ya en tragos, se acuerda que tiene una reunión importante pero su interior  prefería lo banal y continuó con lo indeseado. Entrando a la madrugada, el ruido en
las calles de  la ciudad iba en decadencia. Los últimos en salir eran gente bohemia  que acudían a los bares más pintorescos, entre ellos, Lores, El santo, Tina y Adolfo.
-Yo  sólo quiero  seguir  tomando, balbuceaba  Lores que  con  las  justas  caminaba y  con  un  poco  de  suerte  no  se  cayó  a  un  hueco  dejado  por  unos  trabajadores  de
servicios.  Adolfo,  estaba  colgado  del  cuello  de  Tina,  ya  no  podía  más.  El  santo  ofrecía sus servicios a cuanta persona viera a su paso. Llegaron a un paradero y a
lo  lejos  Adolfo  observa  un  figura  menuda,  de  aspecto  oriental,  con  el  cabello  recogido; a su lado izquierdo una niña y al costado un hombre, que al parecer, era
su  padre.  Caminaba  lentamente,  conversando;  cuando  de  pronto  Adolfo  sintió  vértigo,  se  nubló  su  mente,  el  alcohol  inundaba  cada  parte  de  su  cerebro.  La
embriaguez  le causó un desfallecimiento y  lo traslada 10 años atrás, cuando tenía  dieciséis años, en un parque de su casa: él en short y polo, ella en pantalón y polo
manga larga, siempre sonriente, con su cabello amarrado.
-Estarás siempre conmigo.
-Sí, aunque nos separen.
-Tengo mucho miedo
-Yo también.
Dos  bofetadas  lo  regresaron  a  la  realidad.  Estaba  sudoroso  y  frío,  las manos  le  temblaban, no podía hablar. Era Cristina.  Adolfo pidió que lo lleven a casa. Llegó a la estación de buses y el santo Esteban se  lo llevó. En el trayecto hacia su casa, Adolfo contaba lo que había sucedido.  Eran las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Salió su madre, con el rostro  desencajado, abrió la puerta y se retiró a su dormitorio.
-Madre, ¿no me vas a felicitar?
-¡Hasta mañana, señor!
-Oye, hip, Santo, búscame en las noches.
-Okey, nos vemos.
-Chau.
El  santo  Esteban  se  perdió  por  una  pequeña  calle,  la  neblina  lo  enrolló  como  si  fuera una ligera y desamparada hoja borrándolo de la oscuridad.  Adolfo se dirigió al baño, prendió  la  luz, se miró nuevamente al espejo y sintió  la  trepidación que le hizo recordar la frase: tengo miedo, yo también.  La figura menuda de aquella muchacha le hizo sentirse más acabado y le volvió ese  sentimiento  de  culpa:  su  inseguridad,  el  no  cumplir  con  los  suyos  fueron  los  detonantes.
Trató en ese momento de acabar con toda esa angustia que lo embargaba. Vio una  navaja  en  la ménsula,  pensó  que  sería  dichoso  si  se  iba  de  este mundo  pero,  al
mismo tiempo, se sintió pusilánime y asqueroso. Volvió a observarse en el espejo:  cada vez estoy más viejo, ¿qué me está sucediendo?  Agachó su pesada cabeza y dos gotas de agua cayeron al lavatorio produciendo un  fuerte estruendo. Reaccionó y se fue a dormir.  Su sueño fue largo e intenso. Es ya mucho tiempo. Lo extraño es que todavía él no
despierta, sigue acostado en  la gélida cama 666 de un hospital de  la ciudad, y su  madre siempre a su lado esperando que algún día despierte.

© Javier Vásquez Aguilar

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