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El Álamo (2ª Parte): La cuestión de Texas

Esteban Alcantara. 27.08.10 

El éxito de la mayoría de las películas estadounidenses relativas a El Álamo, se debe a que tratan de explicar lo que ocurrió en aquellos trece días de 1836, pero no hablan de las circunstancias que sucedieron en Texas en los quince años anteriores, que son clave y consecuencia para comprender por qué se llegó al sitio y caída del citado fuerte. No se cuentan al espectador, porque el hecho está vinculado con las apetencias expansionistas de los Estados Unidos hacia el oeste en la primera parte del siglo XIX, anteponiendo narrar la epopeya de la lucha desesperada y en minoría de un puñado de hombres (no exenta de ficción cinematográfica), para ocultar de qué forma se había ido generando un ambicioso plan, concebido para hacerse con un extenso territorio perteneciente a otra nación, Méjico, en un periodo que comenzó con la concesión de asentamientos a los colonos estadounidenses en 1821, y terminó en una rebelión abierta de éstos blandiendo la palabra “Libertad” cuando, paradójicamente, una parte del problema estuvo en el deseo de los colonos norteamericanos de mantener en el tiempo un sistema económico bassdo en la aberrante esclavitud, en un país en la que estaba legalmente abolida.

El hombre determinante de la colonización anglosajona en Texas: Stephen Austin

España fracasó en colonizar adecuadamente el territorio de Texas, y tres cuarto de lo mismo le pasó a las nuevas autoridades mejicanas a partir de 1822. Ir hacia el norte, atravesar un amplio desierto para instalarse en la soledad de un territorio deshabitado y cargado de peligros por las constantes incursiones de los indios, no era atractivo ni para los propios mejicanos. Sin embargo, para los colonos americanos del este, Texas significaba la gran posibilidad de conseguir amplios terrenos que, debidamente cultivados, prosperarían a base del trabajo gratuito de los esclavos negros. Cuando Napoleón Bonaparte vendió Luisiana al presidente norteamericano Jefferson, en los Estados Unidos creyeron que Texas también entraba en el “lote”; teniendo España que dejar claro que la frontera estaba en el río Sabine, al ver como el aventurero americano Philip Nolan había intentado invadir el territorio con un grupo de fanáticos seguidores. Mayor entidad tuvo la incursión de Augustus Magee, antiguo oficial del ejército de los Estados Unidos, siendo finalmente derrotado por el general Joaquín Arredondo. Si estos intentos armados fracasaron, una colonización pacífica anglosajona sí lo consiguió de la mano del inteligente Stephen Austin, que cumplió los sueños de su difunto padre, tras conseguir éste una concesión de tierras en la región del río Brazos. El 15 de julio de 1821, Austin se presentó en San Antonio con un grupo de colonos norteamericanos, y tras los trámites oportunos con el gobernador Martínez y sus funcionarios se dirigió a lugar asignado en el Brazos. Sin embargo, poco después Austin tuvo una inquietante información que pudo trastocar sus proyectos colonizadores: Méjico se había levantado en armas contra España, por lo que tendría que negociar otra vez con las nuevas autoridades, divididas ahora entre liberales y centralistas. Decidido, Austin marchó a la ciudad de Méjico, y apoyándose en los liberales federalistas logró unas concesiones que, por intervención del conservador Iturbide, fueron revocadas poco después. Finalmente, el 11 de abril de 1823, el Congreso mejicano concedió a Austin la licencia para la colonización de 4.605 acres de terreno, con sólo dos condiciones: que los colonos adoptasen la ciudadanía mejicana y abrazaran la religión católica. Esto último no era ningún problema, pues las mismas autoridades aseguraron a Austin que era pura fórmula. El buen momento para Austin lo rompieron los indios karankawas, que atacaron a los colonos haciéndoles muchas bajas. Esto hizo que la colonia se trasladara a la zona más segura de San Felipe. A partir de entonces, las oleadas de nuevos colonos del este no cesaron, de tal manera que, en 1830, en Texas ya había casi doce nuevas poblaciones, algunas de ellas floreciendo como auténticas ciudades. En 1835 había más de 30.000 estadounidenses en Texas, cuadriplicando al número de mejicanos en el territorio. Por otra parte, la población negra esclava de los anglosajones había subido a 5.000 almas. Con todo esto, las riquezas acumuladas por las buenas cosechas, el cultivo extensivo del algodón, la multiplicación del ganado y el espíritu mercantilista, hicieron que el poder económico de Texas estuviera en manos de los colonos norteamericanos. Ahora sólo les faltaba obtener el poder político, para conseguir las exenciones fiscales que les exigía el estado mejicano, que además era totalmente contrario a la esclavitud que habían implantado los anglosajones en el territorio. Sin embargo, estos no estaban dispuestos a esa concesión, tal como declaró James S. Mayfield, que más tarde sería secretario de estado de la República de Texas: “La verdadera política y prosperidad de este país dependen del mantenimiento de la esclavitud.”

Sam Houston

Nacido en Virginia en 1973, el joven Houston conoció al que más tarde sería el presidente de los estados Unidos, Andrew Jackson, tras la matanza que los indios creek hicieron en el fuerte Mimms, en 1812. Nombrado Houston gobernador de Tenesse, al llegar Jackson a la presidencia dejó el cargo para convertirse en su sombra. Esto le valió medrar en la política, siendo nombrado delegado de los asuntos indios. Un fracaso matrimonial llevó a Houston a Texas. Tenía treinta y nueve años y bebía a destajo para olvidar. En el vapor fluvial “Red Rover” conoció al aventurero Jim Bowie, su “alma gemela”, que le convenció de las buenas oportunidades que ofrecía el territorio de Texas. Viajó dos veces a Washington para quejarse al secretario de Guerra de los abusos de los agentes indios, pero él mismo también fue acusado, teniendo que sufrir un proceso de fraude de víveres en los puestos de provisiones. Volvió a Texas, donde los colonos anglosajones exigían ya un cambio radical de política con los mejicanos y dejar a un lado la hasta entonces conciliadora relación ejercida por Austin, queriendo tener al frente un jefe peleón con capacidad de asumir y canalizar futuras operaciones militares para emancipar el territorio. Nombrado comandante en jefe del ejército tejano, permaneció inactivo (inexplicablemente) durante el asedio de El Álamo, al parecer por encontrarse más al norte negociando con los indios comanches. A su regreso, participó en la Convención de Washington-on-the-Brazos para elegir el nuevo gobierno de Texas, haciendo la famosa proclama en la que recogió todo el sentir independentista y partidista del momento. Su mayor éxito, tras la caída de El Álamo, fue derrotar a los mejicanos en la batalla de San Jacinto el 21 de abril de 1836, donde capturó al propio general Santa Ana, consiguiendo con ello la definitiva independencia de Texas. El 29 de diciembre de 1845, el presidente de los Estados Unidos, James K. Polk, firmó la admisión de Texas a la Unión.

La debilidad del joven estado de Méjico.

Según la Constitución de Méjico de 1824, esta nación era democrática con el poder distribuido en una federación de estados. Sin embargo, en sus primeros ocho años, las luchas y alternancias entre conservadores centralistas y liberales federales no habían permitido realizar en toda su extensión y normalidad las aspiraciones de descentralización administrativa del nuevo estado. En 1830, el presidente centralista Anastasio Bustamante mandó a San Antonio de Béjar al general Terán, para investigar sobre la norteamericanización de Texas, señalando el militar en su informe que, en San Antonio, los anglosajones superaban en diez a uno a los mejicanos, mostrándose los primeros muy activos y ambiciosos. Bustamante ordenó la ocupación militar de Texas, lo que originó el primer levantamiento tejano. Sin embargo, al pronunciarse en la ciudad de Méjico el general Santa Ana, desalojando del poder al propio Bustamante, los tejanos se apresuraron a jurarle fidelidad, creyendo que Santa Ana como adalid de los federados facilitaría la situación política en Texas, desarrollando al completo ese modelo de estado. En la llamada Convención de San Felipe (1832), los tejanos prepararon un programa de autogobierno para Texas, bajo la dirección de Sam Houston, para acabar con la fusión con el estado de Coahuila, al que Texas había estado unida desde 1824. Pero en la capital azteca las cosas comenzaron a cambiar, y Santa Ana pasó de ser el líder de los federalistas a un conservador a ultranza, adivinando en cuanto a Texas el peligro secesionista que se avecinaba. Por ello tomó medidas drásticas al mandar a su cuñado el general Cos a detener al gobernador federalista de Coahuila y Texas, y a los representantes de su Concejo. Con esta ofensiva, los mejicanos lograron restablecer destacamentos en la frontera con los Estados Unidos, entre ellos el de Anahuac, que fue atacado más tarde por una partida de tejanos mandados por un joven impetuoso y desconocido hasta entonces, llamado William Barret Travis. Pocos meses después, se convirtió en el máximo responsable de la defensa de El Álamo.

La independencia por la “Libertad” y la “Libertad” para mantener la esclavitud.

Los independentistas tejanos utilizaron desde muy pronto para sus objetivos secesionistas la palabra libertad, en justificación a su rebeldía frente a la política del estado de Méjico y al gobierno de Santa Ana. Pero desde su raíz, aquella libertad no lo era en su pleno concepto de igualdad y justicia, ya que los colonos anglosajones de Texas deseaban todas las libertades para los blancos, pero no para los negros ni indios, en un país que era de los mejicanos, ciudadanos que habían abolido la esclavitud en 1824. En la Convención tejana de marzo de 1836, mientras se luchaba desesperadamente en El Álamo, los delegados adoptaron la declaración de independencia respecto a Méjico, con una república como modelo de estado, cuya Constitución en sus estatutos 6, 9 y 10 recogía específicamente su espíritu racista:
“Todas las personas blancas libres que emigren a la República… tendrán derecho a todos los privilegios de la ciudadanía.”
“Todas las personas de color que fueron esclavos de por vida antes de su emigración a Texas, y que ahora están en servidumbre vitalicia, continuarán en el mismo estado de servidumbre… El Congreso (de Texas) no aprobará leyes que prohíban que emigrantes de Estados Unidos de América traigan consigo a sus esclavos a la República… no tendrá el Congreso poder para emancipar esclavos, ni se permitirá a ningún dueño de esclavos que emancipe a sus esclavos… ni se permitirá que personas libres de origen africano total o parcial puedan residir permanentemente en la República sin aprobación del Congreso.”
“Todas las personas (con excepción de africanos o descendientes de africanos e indios) que residan en Texas el día de la Declaración de Independencia, serán consideradas ciudadanos de la República y tendrán derecho a todos los privilegios de estos.”
Por la mancha que desde el punto de vista actual supone, algunos investigadores tejanos tratan de minimizar el número de la población negra, esclava en Texas en 1836; algo que no cuadra con el celo y determinación con los que los independentistas recogieron en su Constitución la situación legal de los negros, previniendo incluso sobre aquellos que estaban por llegar, a los que también se les tendría reservada la denegación de la palabra Libertad. Es más, tendría que ser el propio Congreso el que permitiera o no la residencia de un negro ya libre en los Estados Unidos, en el territorio de Texas.

El inicio de la guerra.

El 2 de octubre de 1835 tuvo lugar entre un grupo de tejanos y un escuadrón mexicano, un enfrentamiento por el “famoso” cañón del pueblo de González y la no menos conocida pancarta con el lema “¡Venid a cogerlo!”. El general Cos llegó a San Antonio con un total de 1.400 soldados mejicanos, sufriendo primero un revés en Goliad, para ser finalmente desalojado del propio San Antonio el día 5 de diciembre de 1835, por los trescientos tejanos a las órdenes de Benjamin Milam. Los mejicanos se refugiaron en El Álamo, pero tras cinco días de bombardeo, se rindieron. Esta derrota llenó de furor al presidente de Méjico, que escribió: “Los colonos de Texas se han declarado en revolución abierta e independiente de nuevo. Dije que mantendría la integridad territorial a cualquier precio, yo mismo he asumido el mando de la campaña. Antonio López de Santa Ana.” El general, tras dos años en el poder se había vuelto aún más soberbio y dictatorial, vestía uniformes excesivamente recargados de adornos y un gorro napoleónico rematado de altos plumajes divididos en verdes, blancos y rojos (los colores de la bandera mejicana). Además, se hacía rodear de toda clase de lujos y mujeres muy jóvenes, para cuya seducción ejercitaba toda la influencia del poder de su cargo. Hacía muy poco tiempo, había castigado con dureza una revuelta de liberales en Zacateca, y ahora pensaba hacer lo mismo con Texas, vendiendo hasta sus propiedades para formar un ejército de 10.000 hombres que concentró en San Luis de Potosí y Saltillo. A estas tropas les esperaban 300 kilómetros de durísima marcha por el antiguo camino real abierto por los españoles en el desierto, cuya epopeya se puede comparar con la propia defensa de El Álamo. Dividido el ejército en varias columnas, a lo largo de la marcha muchos hombres quedaron extenuados e inútiles para combatir. Atravesaron el río Grande y se dirigieron a San Antonio de Béjar, donde llegaron las primeras unidades el 23 de febrero de 1836. Durante el sitio de El Álamo, el mayor número de soldados mejicanos en torno al fuerte fue de unos 6.000.

Errores en la estrategia tejana y las posibilidades de frenar a Santa Ana en El Álamo.

La orden de Sam Houston fue abandonar las posiciones defensivas tejanas, de las cuales El Álamo era la más importante, y hacer frente a los mejicanos en una sola batalla en campo abierto. Además de que el ejército tejano era muy inferior respecto al de Santa Ana, tenía el problema añadido de encontrarse diseminado por las poblaciones de San Antonio, González, San Felipe y Goliad. Respecto a El Álamo, el máximo de defensores que llegó a tener durante el sitio fueron 187, una cantidad muy insuficiente si tenemos en cuenta que cada pieza de artillería debía que tener cuatro sirvientes, y que al disponer de veinte cañones, obligaba a tener ochenta hombres sobre los mismos. Luego considerando el perímetro del fuerte, y sumando el resto de defensores, ciento siete, a cada fusilero le quedaban dos metros tanto a derecha e izquierda para cubrir, un espacio excesivo si tenemos en cuenta que disparaban con armas de avancarga y la cadencia de disparo era lenta. Además, si era baja un fusilero, al de al lado le tocaba cubrir un total de ocho metros, algo casi imposible si los mejicanos realizaban el asalto por ese punto, con escalas y de noche. Pienso que lo único que hubiera librado a El Álamo de su trágico final, una vez que sus mandos decidieron resistir en él con todas las consecuencias, es que hubiera mantenido tras sus muros, al menos, un total de cuatrocientos defensores (número que Travis esperaba superar si llegaban los refuerzos procedentes de Goliad y González), lo que hubiera permitido completar los huecos de los fusileros en los muros y empalizadas, multiplicando la cadencia de fuego, así como mantener secciones de retén en diferentes puntos, para acudir como refuerzo a los lugares donde los asaltos de los mejicanos serían más difíciles de repeler. Esto, conjugado con que desde el exterior y por retaguardia, una columna móvil de mil tejanos hubiera hostigado cada noche al ejército mejicano por diferentes sectores, hubiera salvado al fuerte, e incluso, propiciado la derrota de Santa Ana en San Antonio de Béjar, pues hay que tener en cuenta un factor importante, que las fuerzas mejicanas no contaban ni con médicos ni cuerpo sanitario, lo que significaba que un soldado levemente herido, corría los riesgos de ser víctima de la infección y, por tanto, baja. Hablo de una cifra de 1.200 tejanos más en la zona de combate, algo que sí hubiera podido ser posible, de no haber existido tanta división de órdenes superiores en la retaguardia, de haber coincidido en su criterio las autoridades tejanas en jugarse la suerte en San Antonio, actuándose con mayor previsión y rapidez, y sobre todo, por los graves errores cometidos por el coronel James Fannin en Goliad, que con sus cuatrocientos hombres y cuatro cañones debería haber sido el primero en auxiliar El Álamo.
Nota.- El siguiente artículo relativo a El Álamo que se editará próximamente en Alhaurín. com, llevará el título: “Del cine mudo a “La última orden””.

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