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Aviso para navegantes (3)

Antonio Bukowski. 11.06.10 

En momentos de crisis la justicia es puesta en cuarentena y lo frágil, lo débil, comienza a mirarse de manera diferente. Cuando me refiero a lo débil, estoy pensando en el pobre, en el inmigrante, en el enfermo, en la mujer dependiente del jornal del varón, en los niños que soportan las contradicciones familiares y escolares, en los fetos que son exterminados por motivos diversos. ¡Lo que la razón no justifique! Nuestra historia es la de las colonizaciones, de las migraciones, de las guerras, de los exilios, de la destrucción de todos los arraigos. Hemos sido arrancados en masa de toda pertenencia, ya no somos de ninguna parte. Si pertenecemos a algo, ese algo sería la televisión, la nueva deidad, el nuevo fascismo, capaz de crear la conciencia necesaria para la perpetuación del «Sistema». Hemos sido expropiados de nuestra lengua por la enseñanza, de nuestras carnes por la pornografía de masa, de nuestra ciudad por la falta de sensibilidad y de respeto por todo lo que nos rodea.

La depredación es la consigna. El trabajo feroz y secular de individualización por un poder de Estado que evalúa, compara, disciplina y separa a sus sujetos desde la más temprana edad, que desune por instinto las solidaridades. Este adoctrinamiento lo encontramos en la escuela, la cual ha formado y forma untipo de subjetividades que acepta la selección y la competencia a condición de que «las oportunidades sean iguales». Que respetan calladamente la cultura, los reglamentos y las imposiciones. Es esta construcción de las subjetividades la que se desmorona cada día un poco más con la decadencia de la institución escolar. Una institución deseada por iglesias y derechas radicales y moderadas (eufemísticamente llamadas de centro; a la izquierda no la menciono porque no existe) para hacerse con el control de las conciencias. La reaparición hace años de la escuela y la cultura de la calle, en competencia con la escuela oficial y su cultura de cartón piedra, es el traumatismo más profundo que sufre actualmente e  l Occidente blanco y cristiano. Estamos ante bandas que huyen del trabajo, que toman el nombre de su barrio y se enfrentan con todo, son la pesadilla del buen ciudadano individualizado. Frente a
esta «lacra» la castración escolar sigue produciendo generaciones de empleados disciplinados y aptos para el consumo. Son los individuos polarizados en un maniqueísmo identitario: PP, PSOE; R. Madrid, FC Barcelona; madrileños, catalanes; palestinos, israelitas; americanos, rusos; blancos, negros; confesionales, laicos; creacionistas, evolucionistas…

Sería una pérdida de tiempo detallar todo lo que hay de agonizante en las relaciones sociales existentes. Se dice que la familia vuelve, que la pareja vuelve. Pero la familia que vuelve no es la que se había ido. Todo el mundo puede dar fe de las dosis de tristeza que se concentra año tras año en las fiestas familiares, las sonrisas forzadas, la desazón de ver a todo el mundo simular en vano, el sentimiento de que ahí, sobre la mesa, hay un cadáver y todo el mundo mira para otro lado. Cada cual experimenta la inanidad del triste núcleo familiar, pero la mayoría parece juzgar que sería más triste renunciar a él. La familia ya no es tanto el agobio de la influencia materna o el patriarcado de las agresiones como ese abandono infantil a una dependencia algodonosa, donde el fin último no es otro que la de clonar para el consumo.

En realidad la pareja es como el último escalón de la gran debacle social. Es el oasis del desierto humano. Se busca en ella, bajo los auspicios de lo íntimo, todo aquello que, de modo tan evidente, ha abandonado las relaciones sociales contemporáneas: el calor, la sencillez, la verdad, una vida sin teatro ni espectadores. Pero, una vez pasado el aturdimiento amoroso, la «intimidad» se quita el disfraz: ella misma es una invención social, un elemento clave del que dispone el «Poder» para garantizar la cohesión social. La mercantilización de los cuerpos y el deseo como instinto devienen paradigmas. También aquí domina la falacia. En la muerte de la pareja vemos nacer perturbadoras formas de afectividad colectiva, ahora que el sexo se usa hasta el desgaste, que la virilidad y la feminidad son como viejos trajes apolillados, que varias décadas de continuas innovaciones tecnológicas han agotado todos los atractivos de la transgresión y la liberación. Así las cosas, se hace impres  cindible construir el armazón de una solidaridad creíble, profundamente kenótica, que vaya más allá de los límites que nos impone la podredumbre egológica y la ignorancia inducida por el «Sistema». Sin conciencia social ni política ni religiosa sólo nos queda el balido pseudo-intelectual y la superstición idolátrica del que vegeta.

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