El juez sintió cómo la adrenalina le subía cuando Jesús se levantó para escuchar la sentencia. La vida de aquel joven estaba en sus manos, una vida manchada con la sangre de un niño. Hacía tiempo que no se sentía tan bien y esperó unos segundos más mientras veía a Jesús, un muchacho que había entrado con la fortaleza y seguridad de un gigante y que ahora temblaba. Mientras duró el juicio se formaron a diario protestas en contra del asesino de niños pediendo la máxima pena. Todos los medios de comunicación, menos uno lo habían ya condenado. Las voces de su familia y amigos exigían más pruebas y su abogado insistía en su inocencia y en la falta de pruebas. Pero él no dudó ni un segundo, eran muchos años luchando contra los malos. El único testigo, un niño de diez años era más que suficiente para encerrar a aquel cabrón de por vida.
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-Culpable de asesinato en sangre fría. Se le condena a veinte años de cárcel. –Sentenció.
Pasados diez años… Hacía varios meses que el juez llevaba un caso extremadamente difícil, los hechos culpaban a un chico de veinte años del asesinato de sus padres y de sus dos hermanos. Pero había algo en aquel muchacho que le embaucaba. Su voz sincera, sus miles de lágrimas y sobre todo una mirada angelical que gritaba inocencia. Si al menos el cuchillo no estuviese repleto con sus huellas, si al menos los vecinos no lo hubiesen visto entrar, si al menos no le hubiesen visto salir con la camisa llena de sangre, si al menos hubiese tenido una cuartada. Eran demasiadas pruebas, se levantó del banquillo y sintió una punzada en el pecho, le costó sostener la mirada en el joven cuando le condenaba por asesinato. Se formó un barullo en la sala mientras se llevaban al culpable. El juez no podía dejar de pensar que conocía a aquel chico, pero no lograba recordar de que. Entonces un periodista al final de la sala, lanzó una pregunta al acusado ‘Hace diez años acusaron a Jesús Ferrer del asesinato de un niño, usted fue testigo. ¿Dijo la verdad?’. El juez se puso de pie sorprendido. Ahora le recordaba. -Al imbécil le iba demasiado bien, yo solo quería una pequeña comisión. Se jodió él solito. Lo demás se dio solo. Un cuchillo, un niño que pasaba por ahí y una mirada angelical, mi pobre madre siempre me lo decía. |