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RAMÓN MARTÍNEZ RAMA. BAILAOR. Málaga, 1975

Perfiles Flamencos. 06.06.10 

Capítulo LXXII. Puede decirse, sin temor a equivocarse, que el baile es tan antiguo como el hombre mismo. En la historia del mundo, desde el primitivismo más absoluto hasta el más alto refinamiento social, no ha habido ni un solo pueblo en el que el baile y la danza no estén presentes en su cultura, como reflejo de sus gustos y sentimientos. De importancia paralela y a menudo complementaria del cante, con la guitarra como elemento imprescindible de acompañamiento, el flamenco quizá sea, entre otros muchos bailes, el que con más fuerza transmite al espectador los profundos sentimientos expresados por el intérprete: pena, celos, alegría, desengaños...; sentimientos estos que son reflejados en el baile flamenco, sobre todo en el originario de Andalucía. Porque, aun cuando el flamenco se extienda, se practique y se aprecie por toda la geografía española, es en Andalucía donde alcanza su mayor carga emotiva, desvirtuándose con frecuencia al salir de los límites geográficos de esta región.

    Málaga, cuna y crisol de grandes artistas, ha contribuido con una amplia e importante nómina de interpretes de ambos sexos, muchos de los cuales han sido y son primeras figuras del baile flamenco con proyección internacional. Entre ellos un joven bailaor, Ramón Martínez Rama, ocupa hoy uno de los puestos de privilegio.
     Ramón crece en un ambiente que condiciona su vida y, por supuesto, sus aficiones: su padre, Ramón Martínez, es un gran aficionado con amplios conocimientos del flamenco y su madre, María Rama, una conocida y magnífica cantaora,  No es extraño que desde muy pequeño Ramón sintiera el tirón de esos genes, y que con apenas 4 años de edad tratara de “colarse” en la academia de baile próxima a su casa cada vez que pasaba por delante de su puerta. Sus padres, ante esta temprana afición, no dudan en inscribirlo con harto desespero de la profesora, Carmen Fernanda, ya que Ramón no tardó en revolucionar a toda la colonia infantil de la academia con los saltos y carreras a que le obligaba el bullir inquieto de su sangre; fue necesario, pues, retirarlo de la academia y esperar a que, más calmado, comenzara de nuevo a recibir aquellas clases de baile, que serían el principio de una carrera que lo llevaría al lugar que hoy ocupa entre los mejores bailaores. De nuevo en la Academia, y paralelamente, Ramón actúa en diversas salas de fiesta de la Costa del Sol, en el tablao flamenco de Pepe Marchena, y participa en la muestra de jóvenes flamencos en la Peña Juan Breva. En 1992 gana el Primer Premio del Concurso de Baile de la Peña Flamenca Torre del Cante.
     Hoy, años después de su infantil experiencia, a Ramón sigue bulléndole la sangre en un cuerpo joven y ágil hecho para el movimiento. Y donde ayer eran saltos acrobáticos y carreras desenfrenadas, hoy son pasos sujetos al compás del cante y la guitarra; movimientos llenos de gracia y armonía, semejantes a los del mimbre que se mueve con la cadencia rítmica del viento. Hoy, años después de que aquella primera profesora sugiriera a sus padres la necesidad de esperar que su díscola vitalidad se atemperara, Ramón ha recorrido un largo camino de aprendizaje a lo largo del cual a cursado estudios de Danza Española en el Conservatorio Superior de Málaga, graduándose con Matrícula de Honor, y realizado cursillos con los maestros Ciro, Manolete, Paco Romero, Matilde Coral, Pedro Azorín, Josele, Juanjo Linares, Eloy Pericet, Manolo Marín, y Eva la Yerbabuena, entre otros. Con este amplio bagaje, con un gran amor por su profesión y una enorme responsabilidad en su trabajo, no es raro que haya cimentado una rápida y sólida carrera en el baile y la danza, ni que haya actuado a las órdenes de los mejores directores y coreógrafos como son Mario Maya, José Granero, María Pagés, Manolo Marín o Javier Latorre. Con la mayoría de estos grandes artistas, en el elenco de las mejores compañías de Baile y Danza, Ramón ha viajado por los cinco continentes dando a conocer un Arte que lleva dentro desde su más tierna infancia.

RAMÓN MARTÍNEZ
PASOS A COMPÁS

Joven junco, delgado y cimbreante,
que lleva en el compás del corazón
un arte que no sufre virazón
en su brillo y pureza de diamante.

Con su fuerza vital, perseverante,                 
es del baile y la danza trabazón:
el baile es de su vida la razón,
y la danza su brújula y amante.           

Ardiendo entre la más lírica llama,
consciente de su cita con la fama
a su encuentro camina a grandes pasos.

Y haciéndole el honor de su privanza,
Terpsícore, la Musa de la danza,                  
amorosa lo estrecha entre sus brazos.

Paco Acosta Roldán

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