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CANITO. CANTAOR
Antonio Luque Cortés.   Cártama, (Málaga),1991

Perfiles Flamencos. 02.05.10 

La afición al flamenco es un sentimiento, muchas veces incomprensible, que te puede asaltar en cualquier momento de tu vida; y cuando, casi sin darte cuenta, te ves arrastrado en su vorágine, dependiendo de como te afecte, puede ser amable y generoso si solamente te roza la piel, o volverse de una peligrosa y  voraz exigencia cuando te penetra venas adentro hasta alterarte los latidos del corazón. Una vez en tus adentros, llevándote hasta la dependencia más absoluta, esta profunda y despiadada afición puede convertirse en dolor casi físico, llegando a ser tan apremiante y contundente que solamente se calme cuando, inmerso en el embrujo del flamenco, escuches al cantaor romperse en las esquinas afiladas y desnudas del cante.

     Sin embargo, hay otra afición con la que ya nacen los destinados a ser grandes cantaores y cantaoras. Esta otra afición está aún más profundamente arraigada porque crece con ellos como parte indisoluble de su vida, está por encima de su propia voluntad y no hay contratiempo o dificultad que la haga flaquear ni disminuir. Es una semilla que, alimentada en el pecho por la verdadera afición, no tarda en brotar en forma de quejío que se abre paso hasta la boca produciéndose, con el desgarrado dolor de  la seguiriya o la pena profunda de la soleá, el gran milagro del flamenco: el nacimiento del cante en toda su grandeza.
     Esa otra afición es algo irreprimible, ajena a la voluntad del que la siente, y que parece que le venga fundida a los genes. O puede que en realidad venga fundida a ellos. Y eso es lo ocurre con Antonio Luque Cortés, “Canito”, una joven promesa del cante al que llevamos tiempo escuchándolo cantar y viendo como progresa día a día. Desde que asistimos a sus primeros escarceos con el cante, hace ya algunos años, de la mano de su padre, gran aficionado y su valedor inseparable, “Canito” ha frecuentado y actuado en innumerables reuniones de cante en peñas flamencas y festivales, donde siempre ha gozado y goza de una gran consideración.
      Pero si entonces, a la edad de cinco o seis años resultaba gracioso verlo sentado en una silla más grande que él, rozando apenas el suelo con los pies y tratando de seguir el compás de la guitarra sin alcanzarlo o dejándoselo atrás, hoy, Antonio Luque, “Canito”, ha crecido y evolucionado como joven cantaor. La tolerante complacencia que despertaba en los mayores escuchar cantar a aquel chiquillo se ha convertido en seria y profunda admiración ante un niño-hombre, con maneras de artista, que se crece al cantar y se atreve con cantes nada fáciles, pero que él ejecuta con total conocimiento de lo que hace y en perfecto entendimiento con la guitarra.
     “Canito”, como cualquier otro niño, disfruta con sus compañeros en juegos propios de su edad, destacando incluso en algún deporte. Pero es el cante lo que de verdad siente correrle por las venas, y a lo que dedica todo el tiempo libre que le dejan los estudios, sin importarle los sacrificios que tenga que hacer para llegar a cantaor.
     Alumno de la Escuela de Flamenco de la Federación de Peñas La Alcazaba y de la Escuela de la Federación de Peñas Flamencas, ambas de Málaga, y de la Fundación Cristina Heeren, de Sevilla, Canito pone toda su ilusión y su empeño en aprender lo que luego causará admiración a todo el que lo escucha cantar. Y como queda dicho, por el cante deja, menos sus estudios, cualquier cosa. Una afición inquebrantable que puede llevarle y le llevará sin duda, tiempo al tiempo, a ser figura del flamenco. Una prueba de fuego será la próxima grabación de un C.D. con la guitarra de Andrés Cansino que está preparando minuciosamente.

CANITO
AFICIÓN POR DERECHO

Lleva un duende con llave y contraseña
que abre de par en par su corazón
cuando el cante, en cálida explosión,
en coplas por su pecho se despeña.

Tierna espiga, promesa cartameña
que no habiendo alcanzado la sazón, 
fundiéndose al calor de la afición
en madurar junto al flamenco sueña.

Al escuchar la voz de la guitarra,
transmutado en infantil cigarra
se le llena de trinos la garganta.

Y aun siendo por la edad pequeño bulto,
al influjo del toque se hace adulto  
y al hilo de los cantes se agiganta.

Paco Acosta Roldán

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