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EDAD DE ORO DEL FLAMENCO: Los Cafés Cantantes

Perfiles Flamencos. 18.04.10 

Capítulo XLV.- La creación del primero de los locales llamados cafés cantantes, según afirman hoy los flamencólogos, aprendido de lo que a su vez dejara escrito Fernando el de Triana y otros contemporáneos, data nada menos que desde finales de la primera mitad del siglo XIX, concretamente en 1842, y fue instalado en la sevillana calle de Lombardo, de la capital andaluza. Prácticamente un siglo después, hacia 193 y tantos, comienza un lento pero inexorable declive hasta su total extinción a mediado el siglo XX.

A partir de aquel primer café cantante sevillano, multitud de estos locales proliferan en Andalucía, así como en las principales capitales del país. Artistas como el citado Fernando el de Triana, Pepe el de la Matrona o Javier Molina, entre otros, señalan una extensa nómina de estos locales en diferentes capitales como Málaga, Sevilla, Madrid o La Unión, donde llegó a contabilizarse dieciséis de ellos en una sola calle. También hubo artistas consagrados, como Silverio Franconetti o El Rojo el Alpargatero, entre otros, que al socaire de su fama instalaron sus propios locales o los regentaron siendo justamente el Café de Silverio, en Sevilla, uno de los que más fama gozaron en su época. Igualmente fueron famosos el “Chinitas”, de Málaga; en Córdoba, “La Bombilla”; “La Jardinera”, en Cádiz; el “Cuellar” en Granada; “El Brillante” madrileño; el “San Francisco” bilbaíno  o “Casa Juanito el Dorado”, en Barcelona.
      Aquellos cafés cantantes llegaron a ser estimados por unos como catedrales donde el cante alcanzaba su más alta cota de gloria, mientras que para otros no pasaban de ser “perniciosos antros de vicio y perdición”, lugares prohibidos a la “gente bien”, aunque eso no impedía que esa misma hipócrita “gente bien”, señoritos ricos y desocupados, fueran los que celebraran sus fiestas y saraos, de los que, más de una vez,  salían los artistas humillados, convertido su arte en mercancía pobremente pagada cuando no francamente robada por aquellos que los contrataban, muchas veces pésimos conocedores del flamenco, para los que aquellas juergas eran más un pasatiempo donde hacer alarde de los excesos que les permitía su holgada situación económica, que el deseo de entender y apreciar toda la grandeza y jondura del flamenco.
     Fue la peor época para el flamenco; años largos y difíciles de sobrellevar, en los que aquella obligada sumisión hería profundamente la dignidad del artista, obligado a soportar desprecios y  humillaciones acuciado por la más urgente de las necesidades, el hambre, pero que sobrevivieron demostrando que su amor al flamenco era capaz de superar todas las dificultades y pesadumbres.
     Desde entonces, mucho camino se ha andado, y el flamenco ha sido reconocido por la Unesco como fenómeno cultural, al que protege y apoya; Desde entonces, el flamenco, salvando todos los escollos y derribando tabúes y prejuicios, ha entrado por la puerta grande de las universidades; hoy, al fin, el flamenco ha alcanzado plenamente el lugar que siempre le correspondió por derecho propio.
       En la actualidad, en los numerosos tablaos flamencos existentes, herederos directos de aquellos otros cafés cantantes, tras de cuyas paredes se vivieron tantas grandezas y miserias, y donde tantas penalidades y humillaciones hubieron de soportar aquellos que cimentaron la gran obra del flamenco, no solamente se dignifica al artista reconociendo y preservándole unos derechos adquiridos con tan alto coste de sudor y lágrimas, sino que el flamenco en general adquiere y disfruta de toda la dimensión artística y social  que lo ha dignificado y llevado a ser aceptado como un firme pilar de una  reconocida cultura vieja ya de dos siglos.

CAFÉS CANTANTES
CARA Y CRUZ

De unos fue flamenco santuario;
crisol donde el buen cante se fundía,
y donde se le dio categoría
a un Arte por dos veces centenario.

Para otros, un antro perdulario
de una oscura y falaz galantería;
lugar donde una infame cofradía
nos contagiara un mal hereditario.  

Con el correr del tiempo y de la historia,
el flamenco disfruta de una gloria
ganada con esfuerzos de gigantes.

Con rango de brillante asignatura,
hoy es firme pilar de una cultura
que empezara con los Cafés Cantantes.

Paco Acosta Roldán

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