Míriam S. Vázquez. Miriam.Vazquez2@utb.edu. A pesar de la claridad de la noticia, la confusión aún se reflejaba en su rostro. No alcanzaba a comprender lo que había sucedido. Se puso a repasar los últimos acontecimientos. Después del viaje, todo había cambiado. Aunque la situación no ameritara el descontento, la alegría que los caracterizaba se había transformado en peleas y discusiones tontas. Ya nada podía ser igual. ¿Cómo era posible que ya no estuviera? ¿Por qué el abandono? ¿Por qué el alejamiento? El sentimiento de tristeza y soledad se fue avivando en el fondo de su corazón. Un dolor en el pecho le hacía reprimir el llanto…Finalmente, ya no pudo. Abandonó el lugar tratando de huir de la realidad. Su destino: el mar, lugar que tantos recuerdos le traía. Abordó el automóvil. Sólo su imagen estaba presente y el retumbar de sus últimas palabras: “Está bien. Sí es lo que quieres, será lo mejor”.
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Llegó a su destino. Bajó del coche. Escapar, alejarse…era su único deseo. En la orilla de la playa se detuvo y suspiró. Se encontraba ahí, dónde todo se había iniciado hacía algún tiempo. Pero le parecía que si hubiese sido apenas ayer. Con nostalgia, rememoraba aquellos días en los que todo era felicidad. Compartir era lo que importaba. El entorno pasaba a segundo plano. Al sentir el agua en los pies, pudo finalmente desahogar el dolor. Un grito desgarrador se escuchó hasta la lejanía y el llanto brotó. Los pocos curiosos veían de manera extraña el evento y se alejaban. Tras el alivio de su alma, se dejó caer sobre la arena. Empezaba a obscurecer. Mientras contemplaba el firmamento, seguía presa de su perturbación. La débil luz de la luna se reflejaba en el océano, tan inmenso como la soledad que sentía en ese momento. ¿En qué momento nuestros caminos se apartaron? Se preguntaba, buscando la respuesta en el infinito. Cerró los ojos. No entiendo por qué te es tan difícil darte cuenta de las cosas. Son situaciones que tú provocas. Acepta tu error, se escucho a sí misma reconvenirlo. ¿Cómo reconocer una culpa que no merecía en su totalidad? ¿De qué manera podía hacerle comprender que las circunstancias los habían orillado a esa situación? Sólo quedaban comentarios hirientes, malos entendidos, reacciones impulsivas y miedo a hablar. Después, silencio; no había nada más. En su memoria se dibujó la escena, y al revivirla entendió que había sido una nimiedad. Ahora ya de nada servía. El arrepentimiento había llegado demasiado tarde. Debía aceptarlo. Todo había terminado. No habría un mañana. Ya no sería posible pasar tiempo juntos. Los paseos y las pláticas nocturnas eran ahora cosa del pasado. Si pudiese, lo haría; se aferraba a tan descabellado pensamiento. Regresaría, si fuera preciso, a ese momento en el cual las palabras más hirientes salieron de su boca. Le explicaría que había sido una reacción exagerada: una necedad común de hacerse entender y no ser comprendidos. El yo, siempre antepuesto ante la logicidad de las situaciones. Una sobredosis emocional de rabia contenida y de deseos reprimidos, aunada a la de los medicamentos, auguró el desenlace. Así lo confirmó el médico en el hospital al que lo llevaron de emergencia. Su corazón no soportó la combinación y explotó. Los esfuerzos fueron vanos. Nada podía hacerse. Todo había pasado tan rápido. Si tan sólo hubiese otra oportunidad… ─A ver… a ver… Esas palabras la sacaron de su embeleso. Ahí estaba junto a él, a la orilla del mar. Era real. Le sonreía. Se vio reflejada en esos ojos verdes. —¿Estás aquí? —preguntaba. —Sí, no me he ido. —Soñé que te perdía. —Aquí sigo. —Tienes razón. ¿Me abrazas? —Claro, mi amor. Tomados de la mano, recorrieron una vez más la playa… ahí, donde su amor siempre existiría.
Míriam S. Vázquez
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