"Miriam Vazquez" Miriam.Vazquez2@utb.edu Eran las cinco menos veinte de la mañana. El ajetreo del nuevo día se anunciaba con el cantar de los gallos. Las mujeres preparaban el almuerzo para sus esposos, quienes saldrían para la plantación acompañados de los hijos mayores. Los niños pequeños aún dormían. Eran los únicos que gozaban de cierta tranquilidad, pues eran eximidos de las labores cotidianas. Cuando crecieran un poquito, les tocaría acompañar a sus padres para familiarizarse con el trajinar diario. La plantación se encontraba como a cinco kilómetros cuesta abajo. La caminata era exhaustiva, pero tenían que aligerar el paso para llegar antes de que los rayos del sol cayeran con mayor intensidad. Las jornadas eran largas. Los campesinos, en ardua labor, recibían el amanecer y de igual manera el anochecer.
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Bajo la sombra de un mezquite, se encontraba Eleuterio, uno de los nueve hijos de Inocencio. Todos tenían que contribuir en la siembra; si eran vistos “holgazaneando” serían azotados por el capataz. La dificultad de mantener una familia tan extensa no daba tiempo para descansar. —Ándale Eleuterio, apúrate a trabajar porque ahí viene ese desgraciado y lueguito te dará unos azotes por estar ahí nomás así —el padre reprendía a su hijo diariamente. Éste hacía caso omiso y andaba siempre como enajenado. Iniciaba apenas el verano, pero ese año el calor se sentía con mayor intensidad: era sofocante. Los lugareños decían que “ni en el mismito infierno las llamas calarían tanto”. Era un día de aquéllos, sin mayores contratiempos, sin novedades. Al caer el sol, las campanas repicaron con alarma. Los pueblerinos corrieron a la plaza. Los labradores abandonaron el arado; se fueron cuesta arriba; deseaban volar para saber pronto lo que pasaba. El barullo crecía estrepitosamente al extenderse la noticia: el obispo había sido muerto. Monseñor Idelfonso Pérez-Lasatra era un hombre amado y muy respetado por los alrededores. Siempre estaba dispuesto a socorrer a los pobres. Pero eso sí, muy amigo de los ricos y pudientes. La tristeza se veía reflejada en los rostros. El desconsuelo era general. Ante tal suceso, toda actividad en el pueblo se dio por suspendida por una semana, en respeto a la memoria del personaje. La buena voluntad de los gobernantes de los pueblos aledaños proveyó durante esos días el alimento diario para los provincianos que día y noche se la pasaban en la plaza velando. Los campesinos y sus familias, abrumados por la pérdida, eran incapaces de sentir los rayos del sol quemándoles la piel, amén de cuanta inclemencia del tiempo pasó durante tales días. Parecía que la naturaleza estaba furiosa por un suceso tan sorprendente. La policía aún mantenía cerrada la sacristía donde fue encontrado el cuerpo inerte. Según decían las malas lenguas, su rostro aún reflejaba el miedo que, acorde con el padrecito Lencho, era normal para aquéllos que veían la muerte en persona, ( que no más que el mismísimo demonio). Cosa curiosa, “pos para ser un hombre tan santo y tan bueno, debería tener reflejada la felicidad de encontrarse con nuestro Señor en los cielos”, murmuraba la gente. Al cabo de una semana, el obispo fue enterrado con todos los honores. Los campesinos volvieron a sus jornadas, pero fueron recibidos con la noticia de que en adelante deberían trabajar día y noche: “pa’ recuperar los días perdidos”, les informó el capataz. Incluso, ahora hasta las mujeres tendrían que ir a la siembra, pues la pérdida había sido mucha, ¡doble! Hasta ese momento nadie había advertido su ausencia: la incertidumbre, el chisme y el compromiso de velar el cuerpo habían impedido que el pueblo notara su desaparición. —Ven. No temas hijo, yo te ayudaré. —No, si no temo. Lo único es que no entiendo. —¿Qué es lo que no entiendes? Ven, te llevaré con el Señor. Las palabras hacían eco en la mente de Eleuterio. A sus escasos 10 años, no entendía qué era lo que le provocaban: coraje y al mismo tiempo temor. —Ven, no temas. Tu madre me pidió que te enseñara a rezar, para que recibas los sagrados sacramentos, así como lo hice con el resto de tus hermanos. Pero, tú eres especial, y debes obedecer. Aquí, junto a mí. Así, ambos nos acercaremos al Señor. El día siguiente no fue nada alentador. Las familias enteras se dirigieron al campo. La jornada abrió con el espeluznante hallazgo del cuerpo de Eleuterio colgado de un árbol. La saña con la que dieron muerte a Monseñor Idelfonso y la extraña muerte de Eleuterio, causaron conmoción no sólo en el pueblo, sino en todos los alrededores. El entierro del pequeño no fue gran cosa. Se dijo una oración por el descanso de su alma en el camposanto; y con la misma, todos regresaron a sus labores. Total, a Inocencio le quedaban otros tantos hijos. Sin embargo, los curiosos no pudieron dejar de notar que, al contrario del clérigo, el rostro del pequeño reflejaba mucha paz y tranquilidad: “como si se hubiera topado con el mismísimo Señor”.
Míriam Vázquez
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