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MANOLO EL MALAGUEÑO. CANTAOR
Manuel Pendón Rodríguez. Málaga, 191?, Sevilla, 1975 
Audio: Fandangos de Huelva 

Perfiles Flamencos. 21.03.10 

Nació en Málaga en la segunda década del siglo XX. Y como ha ocurrido en algunos casos con respecto a otras figuras del flamenco de esa época, su completa filiación escapa a la labor investigadora de los profesionales, que no llegan a tener los suficientes datos para dibujar el perfil biográfico de estos artistas. Sí se sabe que desde muy joven, hacia 1930, empezó su carrera artística en Andújar, aunque es imposible seguir su trayectoria exacta de dónde y con quién actuaba. Durante algún tiempo estuvo cantando en Córdoba hasta que, terminada la guerra civil española, forma parte de la compañía de Pepe Marchena en el espectáculo “La encontré en la serranía” estrenada en el madrileño teatro Fontalba, recorriendo con ella toda España. Años más tarde, y de nuevo con Pepe Marchena, actúa en otro espectáculo flamenco titulado “Pasan las coplas”. Le seguirían después otros muchos espectáculos: “Los mejores del cante”, “Tablao flamenco”, etc., en los que compartió tablas con la Niña de la Puebla, Manuel Vallejo, Jacinto Almadén, Juanito Valderrama, Porrinas de Badajoz, El Sevillano y una lista interminable compuesta por los mejores artistas del momento. Fueron durante esos años que Manolo alcanzó sus mayores éxitos de público y discográficos. 

     No fue Manolo el Malagueño un cantaor largo en la interpretación de los muchos palos que tiene el cante, y la mayoría de ellos no llegó a cantarlos nunca. Su bagaje flamenco estaba compuesto, casi exclusivamente, por los cantes de levante, los fandangos, alguna malagueña y poco más. Alguna vez se atrevió con otros estilos ajenos al suyo y a sus cualidades, pero sin mucha fortuna, lo que no le impidió ser acompañado por guitarristas de la talla de Alberto Vélez, José Luis de Zamarrilla, Niño Ricardo o Manolo Sanlúcar, entre otros.
     Sin embargo, en los cantes llamados de ida y vuelta destacó sobremanera. De la escuela marchenera, su voz de fácil modulación, sin ningún rajo flamenco pero dulce y melodiosa, era propia para cantar colombianas, guajiras o milongas de las que llegó a interpretar más que ningún otro cantaor. Eso, y las canciones aflamencadas cantadas con acompañamiento de orquesta, fueron la base de una amplia discografía que le llevó a gozar de una bien merecida fama entre un amplio sector de público amante de ese tipo de cante. De elegante presencia, se luciría como galán participando, junto a Gracia de Triana, en la película “La cruz de mayo”, en la que hizo un magnífico papel desarrollando sus excelentes cualidades como cantaor; cualidades que, sin embargo, no le permitieron ocupar el puesto de primera figura que sin duda merecía teniendo, lamentablemente, que conformándose con pertenecer a una discreta segunda fila.
     Como artista invitado en el II Concurso Nacional de Cartageneras celebrado en Cartagena en 1965, ofreció una memorable actuación. Pero los años, inexorablemente, merman las facultades físicas: Manolo fue perdiendo su melódica voz y con ella su bien ganada popularidad hasta que poco a poco cayó en el olvido. En 1972, tres años antes de su muerte, Pepe Marchena y Manuel Benítez “El Cordobés”, con esa solidaridad que han mostrado siempre los artistas, organizaron un festival taurino en Torremolinos en el que participaron grandes figuras del toreo entre los que se encontraban Chamaco, Julio Aparicio, El Litri, Miguelín, Pareja Obregón, Manolo Cortés, José Ortega y Rafael de Paula. Los beneficios obtenidos de aquel festival ayudaron a Manolo el Malagueño a vivir con cierto desahogo los últimos años de una vida dedicada a cantar, al final de la cual, y como tantos otros artistas, llegó en una situación económica peor que regular.

MANOLO EL MALAGUEÑO
SABOR A MANGO Y CAÑA

No tuvo la jondura del gitano
ni frecuentó los cantes por derecho;
pero en los de ida y vuelta tocó techo
imponiendo un estilo soberano.

Como si se tratase de un piano,
la música brotaba de su pecho;
aquello que cantó, de tan bien hecho,
fue como la labor de un artesano.

Su garganta era un gentil canario
de arpegios que formaban un rosario
de notas arrancadas a la lira.

Y aquella inimitable sinfonía,
su mágico trinar la convertía
en aires de milonga o de guajira.

Paco Acosta Roldán

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