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Media hora de retraso | | Lydia Tapiero Eljarrat. 01.01.10 | |  El edificio del Aeropuerto apareció imponente ante los ojitos azules de María, que montada en el carro de las maletas atravesó la puerta mágica vistiendo su fantasía y entrando en el castillo del Rey Mago. Con embrujados pasillos eternos que estaban en movimiento continuo, altísimos techos hechos especialmente para gigantes, tiendas que ofrecían sus mayores tesoros, enormes ventanales que mostraban animales mágicos con majestuosas alas. Y sus padres, Caballero y Dama de la corte, abriéndose paso en busca de sus propias aventuras, entre los súbditos que les sonreían y regalaban bendiciones a su paso. A ratitos María se deslizaba suavemente de la imaginación a la realidad, y esta vez fue para descubrir que estaban en medio de una largísima cola de gente.
| – ¿Papa nos vamos al avión? – Aún no cariño, han pasado dos minutos desde la última vez que me preguntaste, está claro que no solo en el físico te pareces a tu madre. Vanesa se agachó juntando la cara con la de su hija, confundiendo el límite rojo de sus cabellos, mientras disfrazaban sus rostros pecosos de enfado, para separarse al instante con una amplia sonrisa. – Papa, quiero sentarme entre mami y tu. – Lo siento cariño ¿recuerdas que te conté que no conseguimos billetes para el mismo vuelo? yo salgo un poquito antes. La desilusión de la pequeña se disipó cuando vio sorprendida como un tremendo monstruo se tragaba sus maletas, y comprendiendo que la misión de su padre era destruirlos. Lo miró con orgullo. Siguió observando los seres que se movían de un lado a otro y descubrió sorprendida que era incapaz de distinguir a los discípulos reales del Rey Mago. Justo detrás de ellos un enano cómo ella le había sacado la lengua como señal de guerra, nadie dijo nada porque solo ella lo había visto. Siguió observando cada uno de los seres con los que se cruzaba, hasta que volvió a despertar de sus fantasías atraída por la enorme pantalla que tenía frente a ella, y el revuelo que se había formado a su alrededor. – ¿Retraso? – Preguntó Vanesa. – En información me han dicho que a partir de las 10:00 todos los vuelos tendrán que pasar el control de “La Cabina de Ondas Milimétricas”. – Precisamente a partir de nuestro vuelo, que mala pata. ‘Último aviso para los pasajeros del vuelo IB234 con destino a Venecia, pasen por los controles de seguridad y embarquen por la puerta 6’. – Ese es mi vuelo. Cuida de mamá pequeña. María vio como su papa se alejaba, después de que un fuerte abrazo se resistiera a separarse de él. Al cabo de veinte minutos; ‘pasajeros del vuelo IB164 con destino a Venecia, pasen por los controles de seguridad.’ – ¿Has escuchado María? ¡Ese es nuestro vuelo! – Le dijo Vanesa entusiasmada. – ¿Mama los aviones son como caballos voladores? – Bueno en cierto modo un avión puede ser cualquier cosa. – Le contestó llegando al control que su marido había pasado minutos antes. María se sobresaltó al escuchar a un humano de barriga voluminosa. – ¿Qué significa esto, parezco un terroristas? ¿Qué me dicen de esta niña, tiene cara de terrorista? – Gritó el hombre señalando a María. – ¿Que son teristas mama? Ese hombre no me gusta, me da miedo. – Dijo mientras recordaba con tristeza que había olvidado darle el pellizco de la suerte a su padre. – No hagas caso pequeña, este hombre está un poco nervioso. Además para entrar al caballo volador tenemos que pasar por esa cabina de ahí. Es una cabina mágica, solo deja pasar a la gente buena. María dejó de ver magia a su alrededor, y la buscó en los ventanales, pero esta vez no lograba ver más que humo. – El avión de Papa, no es un caballo volador. – Dijo agarrando fuerte el brazo de su madre, que se volvió hacia la ventana en el mismo momento en el que una explosión estremeció el aeropuerto forrándolo de diminutos cristales, a la par que un fuego cegador conquistó el cielo cubriéndolo de luto. La seguridad se había retrasado, en media hora.
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