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MANUEL VALLEJO. CANTAOR
Manuel Jiménez Martínez del Pinillo. Sevilla, 1891 – 1960
Audio:   Malagueña

Perfiles Flamencos. 20.12.09 

Capítulo XLVIII. Fue uno de los cantaores más populares de la llamada  Ópera Flamenca, y uno de los mejores de su tiempo. Muchos de los espectáculos de aquella época estaban encabezados con su nombre como el mejor reclamo para llenar plazas de toros y grandes teatros al aire libre. La década de los años treinta fue la de sus grandes triunfos; en ella se le otorgó la primera Copa Pavón, en el año 1925, y la segunda Llave de Oro del Cante al año siguiente. Hay quien considera que durante los años veinte y treinta, las máximas figuras fueron Pepe Marchena, Pastora Pavón, Niña de los Peines y Manuel Vallejo. Otros, sin duda, pensarán diferente.

     Cantaor excepcional, todo lo que cantaba lo hacía bien: fandango, granaína y media o seguiriyas, cantando estas últimas de forma excelente, al igual que la saeta por lo que era considerado un notable saetero. Y sin ser gitano, era un verdadero fenómeno cantando por bulerías, que incluso las bailaba de forma magistral. Aunque en muchas ocasiones abusó del preciosismo común a algunos cantaores de la época, su cante acuñó siempre una excelente factura.
     Manuel Vallejo fue siempre un artista lleno de supersticiones y complejos, de personalidad introvertida y de humor huraño y cambiante; ante tantas rarezas, muchos tocaores no querían actuar con él por los problemas que les creaba. A causa de esos mismos problemas, y en medio de una actuación, el guitarrista Niño Ricardo se levantó dejándolo solo en el escenario lo que originó una tremenda protesta entre el público asistente al espectáculo.
     Artista muy controvertido entre los críticos y sus propios compañeros de profesión, el  flamencólogo  Anselmo González Climent dice de él: “ Con envidiable musicalidad –hondura aparte- abordó gran parte del repertorio grande, fronterizo y ligero del cancionero flamenco. (...) Le respeto sin rozar el grado de devoción. Me parece un ser afinado, sin grandes arrestos, y en cualquier época de su trayectoria, inspirando extrañamente un sentimiento de postrimería”. En cambio, Luis Caballero, cantaor, lo cataloga de esta manera: “Manuel Vallejo estuvo de moda temporalmente, para intemporalmente seguir estando, no de moda, sino de artista definitivo como amplísimo conocedor del cante y de las distintas veredas por donde llevarlo sin equivocar su destino. (...) Vallejo tenía una voz de cristal y el cristal cuando se rompe no tiene arreglo. Los nervios, la duda, el roce, la más mínima distorsión en la diáfana acometida musical de su voz, podían romper la perfecta afinación del milagro.”
     Dos opiniones totalmente diferentes entre si, vertidas por dos grandes entendidos sobre un mismo cantaor, que seguramente desconciertan al aficionado no demasiado conocedor y, sobre todo, al que no viviera aquella época.
     Cantaor complicado por las rarezas que se han apuntado, por la más leve causa, fuera esta un momento de duda, los nervios mal controlados, o bien por un simple malentendido con el público, se rompía el milagro de su voz de cristal y caía por tierra la gran personalidad que disfrutaba como cantaor. Pero cuando nada de esto sucedía, Vallejo podía llevar al éxtasis musical a un público rendido a la prodigiosa genialidad de su cante
     Se retiró joven, iniciada la década de los cincuenta, pero fue uno de los cantaores de su tiempo que más grabaciones nos dejó: cerca de doscientas; y entre ellas, el inmenso tesoro de sus granaínas y medias granaínas. Diez años después, en 1960, moría en el Hospital de las Cinco Llagas, de Sevilla. 

MANUEL VALLEJO
PUENTE DEL CANTE

A pesar de su voz, larga y vibrante,
cantando se rompía fácilmente:
con sólo un aleteo entre la gente
que rozara la vis de su talante.

Fue de un río revuelto navegante.
Y en su lucha tenaz con la corriente,
consiguió, mandando desde el puente,
la llave del mayor puerto del cante.

Era un fanal artístico andaluz,
de arabescos que daban tanta luz
que alumbraba del cante las esquinas.

Cualquier palo, en su voz, pintaba en oros.
Y le legó al flamenco los tesoros
inmensos de sus medias granaínas.

Paco Acosta Roldán

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