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La curandera

Cuentos y relatos globales. 06.12.09 

"cristina martn barcelona" <cristipoeta@hotmail.com>. La casa desprendía un fuerte olor a hierbas que llenaba los pulmones de una bocanada de vida al respirar. A lo largo de las vigas había ramos de flores  atados por un cordel, colgados bocabajo para que se secaran. Las estanterías empotradas en dos de las paredes estaban repletas de botes de cristal, con etiquetas de nombres indescifrables, que contenían las pociones e infusiones que Amalia Ureto preparaba para su anónima clientela. Su labor siempre había sido objeto de burla y desprecio, a pesar de que la gran mayoría de los habitantes del pueblo habían acudido a ella en algún momento de su vida, para pedirle una solución mágica a un problema real. Por supuesto, todos  negaban  haber  ido  a ver  a “la bruja”, como  la llamaban desde niña, y ésta respondía esas alegaciones con el más absoluto silencio.

A pesar de no superar los treinta años, dominaba su don a la perfección,  pero limitaba su poder sobrenatural a pequeñas intervenciones que cambiaba por favores, dinero o comida, dependiendo de los medios de que dispusiera el cliente. Era compasiva con todos, a pesar de su repudio público, y es que Amalia Ureto, era una persona especial.
Nació envuelta en circunstancias inéditas: su madre dio a luz sola en el bosque, una noche de verano, de madrugada. El parto la sorprendió cuando huía a casa de sus padres tras la última paliza de su marido, de modo que Amalia nació bajo el claro de la luna llena a través de los pinos, y lloró desconsolada,  mientras su madre se desangraba. Un cazador encontró a la pequeña esa madrugada, blanca como la cera y completamente helada, junto al cadáver de su joven madre.
Tras saber lo ocurrido, su padre hizo lo propio de los cobardes, se atribuyó todo el dolor posible por la muerte su esposa y repudió al bebé, antes de abandonar para siempre el pueblo. De no ser por sus abuelos, Amalia no hubiese contado con nadie en el mundo. Éstos la llevaron a vivir con ellos a la pequeña casita que tenían en las afueras de la finca de los Romerales, la familia más rica del pueblo. Sus abuelos eran los guardas del caserón, aunque hacían también las labores de jardinería y mantenimiento, a cambio de un pequeño sueldo y de la casita que años más tarde se convertiría en el único legado de Amalia.
Desde niña, había sido objeto de burlas crueles por su singular aspecto; tenía un pelo grisáceo y apagado imposible en una niña, y los ojos de un verde estancado hundidos en unas ojeras perennes desde que naciera. Su cuerpo era frágil, de un tono mortecino parecido a la cera, que desafiaba al orden natural de las cosas. Todo esto había propiciado su reclusión, y sus abuelos habían decidido educarla en casa, donde podían protegerla de la crueldad del ser humano, que reacciona atacando aquello que no entiende, llevado por el miedo.
Solía jugar sola, así que nadie pudo ver cómo fue desarrollando su don, pero empezó a llegar a casa cargada de hojas secas, de flores y raíces con los que preparaba ungüentos que probaba con sus abuelos. Al morir éstos, convirtió su don en su medio de vida, y el rumor de que Amalia Ureto había hecho un pacto con el diablo para tener poderes sobrenaturales, empezó a extenderse por el pueblo. Durante muchos años, nadie cruzó palabra con ella excepto por las noches, cuando acudían a su casa para implorar una cura, un calmante o una pócima para un dolor al que los médicos no sabían poner solución.
El centro de salud del lugar, llegó en numerosas ocasiones a advertir a sus paisanos del peligro de acudir a la curandera, afirmando que una persona que no había estudiado medicina, no podía saber cómo tratar un tumor o una pulmonía. Pero cuando las medicinas y los tratamientos humanos perdían su eficacia, todos recurrían a Amalia como última opción, en busca de un ungüento que menguara el dolor. El director del centro, don Ricardo Tomeya, optó al final por aceptar la situación, movido por la indiferencia que acarrean  los años de profesión.
Durante estos años, esta relación de indiferencia entre ambos sanadores se mantuvo, pero tras fallecer don Ricardo, una ola de expectación sacudió al pueblo con la llegada de Roberto Olea, el nuevo director del centro de salud, un joven médico arrebatadoramente guapo y de buena familia. Roberto llegó a Manova  lleno de nuevas ideas para mejorar el centro de salud y por consiguiente, la salud de los habitantes del pequeño y aislado pueblo.
Apenas se había instalado, cuando la cola de pacientes que pedían un examen médico daba la vuelta a la esquina. Todos querían saber cómo era el nuevo director del centro, y las mujeres pretendían  averiguar también si era soltero, pues el joven se revelaba como el mejor partido posible para cualquiera de las jovencitas del pueblo, que en su fuero interno se preguntaban quién sería la afortunada. No obstante, Roberto Olea estaba muy ocupado con sus proyectos para mejorar la asistencia del centro, y no parecía reparar en nada más. Llegaba de madrugada a la clínica y se iba el último, siempre absorto en sus ideas. Las pacientes lo invitaban a cenar a sus casas para presentarles a sus familias, siempre con segundas intenciones, ya fuera para sus hijas, o para ellas mismas, en el caso de las solteras.  Roberto siempre aceptaba, y acudía sin ganas a las comidas de compromiso con algún detalle para la anfitriona, y fue en una de estas cenas que tan incómodas le resultaban, que supo de la existencia de Amalia Ureto. Inmediatamente, la imagen de la joven ermitaña, recluida en su casa  preparando brebajes milagrosos,  le atrajo.  Ajeno a la opinión nefasta que todos parecían tener de ella, se aventuró a preguntar  dónde encontrarla, y fue advertido por todos de que no era una buena persona, sino una bruja con un desagradable aspecto que estaba confabulada con el diablo, y a la que sólo había que acudir como última opción. “No me gustaría tenerla como amiga, pero mucho menos como enemiga. No se acerque a ella”, le decían. A pesar de todo, las advertencias sólo hacían que el interés de Roberto por la curandera creciese, pasaba cada día delante de la finca, en cuyo prado desaliñado reposaba la pequeña casa de Amalia Ureto, y deseaba que ella saliera de su escondite y se dejara ver, poder preguntarle qué métodos usaba para curar según qué enfermedad, o si realmente tenía un poder en sus manos que una carrera de medicina  no había podido darle a él. Esa idea le obsesionaba, así como la leyenda que la rodeaba, esa reclusión que él había buscado toda su vida, llegando al punto de aceptar aquél puesto en Manova  para poder descansar del bullicio del mundo, mientras que a ella le había venido impuesta.
Una noche, estando él de guardia, la señora Ramírez, una anciana que vivía sola, llegó casi arrastrándose al centro de salud, se ahogaba y no paraba de aspirar buscando aire para sus pulmones. Inmediatamente le pusieron oxígeno, pero la mujer seguía aspirando sin lograr detener la asfixia. Pasó toda la noche así, logró dormir a ratos, aunque la falta de aire le producía convulsiones que la despertaban. Sus ojillos apagados buscaban al doctor, implorando una cura que el joven médico no sabía proporcionarle. Estudió todos los síntomas, le hizo todo tipo de analíticas y al no encontrar respuesta llamó a su mentor pidiéndole consejo. La mujer no tenía neumonía, ya que no respondía al tratamiento indicado para esta enfermedad, y su mentor tan sólo pudo decirle lo que él ya sabía, “a veces no hay respuesta en la medicina, sólo podemos esperar que mejore por intervención divina”.
Roberto estaba desesperado. La agonía de la señora Ramírez tras tres días en el hospital se le hacía insoportable, sus continuas aspiraciones en busca de aire le estaban volviendo loco, era realmente horrible ver así a la pobre anciana. La enfermera Claudia lo obligó a irse a casa y dormir un par de horas, pues no había pasado por casa en aquellos tres días, temeroso de alejarse de la enferma. Claudia prometió llamarle si se producía cualquier cambio, así que Roberto se tomó un vaso de leche caliente, preparando el cuerpo para dormir al llegar, y salió apesadumbrado del centro.
Por el camino se paró delante de la finca de los Romerales y avistó el cobertizo de Amalia Ureto. Respiró hondo y se encaminó hacia allí. El alba empezaba a despuntar, y el cielo se diluía en rosas y amarillos, por lo que imaginó que Amalia estaría aún durmiendo. Llamó suavemente a la puerta un par de veces hasta que oyó susurrar: “Un momento”.
Roberto carraspeó posicionándose en la entrada. Estaba nervioso, la leyenda de Amalia había propiciado en su cabeza  la imagen de una mujer sin rostro a la que le era imposible caracterizar, y una parte de él estaba allí precisamente para eso, para aclarar el enigma. Amalia abrió la puerta con recelo, y al asomarse,  Roberto se fijó inmediatamente en sus ojos verdes, estaban ocultos bajo unas cejas espesamente pobladas y hundidos en sus cuencas, pero aun así el verde plateado resplandecía con el amanecer asomando por el horizonte. Llevaba puesto un camisón que debió ser blanco alguna vez, y que tenía ese tono amarillento que adquiere la ropa con el uso y los lavados. Le caía por el cuerpo como una sábana, desdibujando su silueta casi invisible. Su pelo no era gris, ni feo, a Roberto se le antojaba más de nácar, a diferencia de lo que le habían comentado.
- ¿Qué puedo hacer por usted?- dijo ella mientras agachaba la cabeza.
Roberto estaba aún algo sobrecogido por la imagen de Amalia, una reacción a la que la joven estaba más que acostumbrada, pero trató de parecer sereno.
- Buenos días. Siento molestarla tan temprano. Soy el nuevo médico del pueblo.- Tendiéndole la mano- Roberto Olea. Yo…tengo una paciente que está muy enferma. Lleva varios días en el centro y sufre de una terrible asfixia que no sé cómo tratar. Esperaba que usted…Bueno, en el pueblo comentan…
Amalia endureció el gesto. Su piel parecía de cera, cuando gesticulaba se formaban brillos en sus facciones.
- Sé lo que comentan. Tráigala en cuatro horas.- Hizo un gesto para cerrar la puerta pero él la detuvo poniendo el pie en el marco.
- Disculpe, no pretendía insinuar  nada. Necesito su ayuda.
Amalia Ureto le miró a los ojos por primera vez, unos instantes breves en los que sus ojos verdes lo examinaron sin miedo.
- Necesito cuatro horas para preparar el brebaje. Vuelva con ella entonces.- y cerró la puerta.
Roberto se giró y atravesó el prado lentamente. Había una esperanza para la señora Ramírez, y la imagen de la hechicera por fin tenía rostro, Roberto no recordaba un pasaje más emocionante en su acomodada vida. Esos ojos verdes  habían mirado fijamente a los suyos, y estaba seguro de que habían visto algo, lo que nadie hasta ahora, lo habían visto a él.
Unas horas más tarde, Roberto lo había organizado todo para que la única ambulancia del centro de salud trasladara a la señora Ramírez al cobertizo de Amalia Ureto. La voz se había corrido por el pueblo a tal velocidad, que una comitiva esperaba al doctor cuando éste bajó del vehículo con la anciana en silla de ruedas. Roberto trató de mantener la calma e ignoró a la multitud, que no daba crédito. Era la primera vez que un médico colaboraba abiertamente con la hechicera.
Amalia Ureto miraba por la ventana, y sólo acudió a abrir la puerta cuando Roberto llamó. Éste entró empujando la silla de ruedas en la que yacía la señora Ramírez, casi vencida. Amalia pidió que se marchara todo el mundo, y él tuvo que salir y decir al gentío que se retirara, que de ello dependía la vida de una persona. Mientras tanto Amalia se las arregló para acostar a la mujer en su camastro con la mayor delicadeza que pudo, y una vez Roberto cerró la puerta, le pidió que se sentara y guardara silencio. Llevaba puesto un vestido de algodón algo anticuado, probablemente heredado, que ceñía su cintura con un lazo y daba algo de frunce a la falda. Su pelo estaba recogido con un pasador de madera fabricado a mano, y llevaba un colgante hecho del mismo material. Roberto observó sus manos cerosas moverse por la repisa, vertiendo distintas plantas en un cuenco al que añadió luego una brebaje ya preparado que echaba humo, y con una mazo empezó a machacar la mezcla hasta formar una plasta. Los gemidos de la señora Ramírez se habían convertido en leves aullidos que indicaban cómo, poco a poco, la abandonaban las fuerzas.
- Descúbrale el pecho.- dijo Amalia dirigiéndose a él y sacándolo de sus pensamientos, que danzaban en torno a ella.
Amalia acercó el cuenco con la mezcla al pecho descubierto de la anciana y la aplicó cuidadosamente. Pasados unos segundos, el pecho de ésta empezó a inflarse con más y más fuerza, y los aullidos pasaron a ser profundas aspiraciones que se suavizaron en cuanto su respiración se acompasó. Roberto miraba el proceso asombrado, dirigiendo continuamente la mirada a Amalia, que esquivaba  la del médico cuando se cruzaban, y su tez cerosa adquiría el color propio de la sonroja.
Era la mujer más distinta que Roberto había visto, incluso dentro de sus veintitantos años, era diferente. Desde que la oyó mencionar por primera vez, se había sentido atraído por ella, y esperaba que esa atracción sin nombre desapareciera al verla, dadas las descripciones que la gente hacía de ella. Lo cierto es que no era agraciada, pero había algo especial en ella, detalles tan únicos en su aspecto, que eran casi un tesoro. Su tez blanquecina pero reluciente, su pelo blanco aunque nacarado, su cuerpo desgarbado pero de cintura estrecha y piernas torneadas…Acostumbrado a mujeres que seguían el canon de belleza que nos viene impuesto por la sociedad, Roberto la encontraba, como mínimo, interesante.
La señora Ramírez mejoró en cuestión de horas, en las que Roberto trató de saber todo lo posible sobre Amalia y sus métodos curativos, y si ésta se mostró reacia y temerosa en un principio, poco a poco se fue abriendo, llevada a su vez por la necesidad  de tener un contacto humano. Esa misma tarde pudieron trasladar a la anciana al centro, donde una comitiva enfurecida esperaba al joven médico para cuestionar su actitud. Él permaneció sereno y tranquilo, habló con diplomacia y les explicó que había actuado en interés de su paciente, y que sólo podía agradecer sinceramente la intervención de Amalia Ureto, que había llegado más allá de la propia medicina. Pasaron varios días, el estado de la señora Ramírez iba a mejor. Roberto le aplicaba religiosamente la cataplasma tal y como Amalia le había enseñado, e indagaba en los componentes, admirado.
Unas noches después, de vuelta a casa y con la anciana dada de alta, decidió pasar por el cobertizo para agradecerle a Amalia su ayuda. Le compró unos bombones, un detalle insulso y tradicional, que se le antojó como  un trocito de la ternura que deseaba dar a la joven. Llamó a la puerta y ésta se abrió con un pequeño crujido. Dentro estaba Amalia, con el mismo camisón desgastado y unos de los tirantes cayéndole por un hombro. La miró sin poder articular palabra, lejos ya de toda duda, de los cánones, de las habladurías y hasta de su propia cordura, estaba enamorado. Le tendió la caja de bombones y ella fijó sus ojos verdes en el lazo que la envolvía. Luego lo miró a él mientras una sonrisa se escapaba de sus labios, al tiempo que trataba de evitar que sus ojos se empañaran. Acostumbrada a ser repudiada, estaba frente a un hombre apuesto que parecía rendido ante ella. Realmente no sabía qué hacer, así que se limitó a mirarlo con miedo, encogiendo  los hombros y llevándose la caja de bombones al pecho.
Él supo cómo actuar, se sentía más cómodo que con ninguna mujer hasta ahora, así que se acercó a ella y le acarició suavemente el pómulo. Amalia le guió con dulzura hasta la cama, mientras él le contaba en susurros cómo lo había hechizado tan sólo con oír su nombre. Ella empezó a responder,  y sus manos cargadas de magia se rindieron a aquél joven de espíritu puro y extraordinario, hasta que su miedo se evaporó, y supo lo que era ser amada, por primera vez.
Al amanecer del día siguiente se dejó llevar por él hasta la cafetería del pueblo, con su vestido de algodón viejo. Entraron  juntos de la mano y se sentaron en una de las mesas situadas junto a la ventana. Una vez repuesto de la inédita escena, el camarero se acercó a ellos y  preguntó qué iba a ser, mirando a Amalia de reojo. Roberto la miró sonriendo dulcemente para tranquilizarla, y sin apartar la vista de sus ojos dijo:
- Lo que ella quiera.     

"cristina martn barcelona" <cristipoeta@hotmail.com>

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