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Paco Acosta recibió ayer el título de Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre
Escritor, poeta y flamencólogo, forma parte de la vida cultural desde su llegada al pueblo en 1978
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Federico Ortega. 31.10.09 

Francisco Acosta Roldán recibió ayer tarde, viernes, día 30 de octubre, el título de Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre, según acuerdo de pleno por unanimidad en febrero de 2008. La gala de concesión de este  reconocimiento institucional tuvo lugar en el Salón de Actos del C C Vicente Aleixandre a las 21 horas. En un salón de actos repleto de público Manuel López Mestanza, que hizo de maestro de ceremonias, leyó el acuerdo del Pleno Municipal donde se le concedió esta distinción y fue dando paso a  los diversos personajes y asociaciones del pueblo que salieron al escenario para glosar la vida y obra de este nuevo Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre y entregarle diversos obsequios: la presidenta de Solera, asociación de la que Paco Acosta es miembro desde sus inicios, el alcalde con un discurso emotivo "de amigo", las cofradías Verdes, Moraos y Pollinica, la asociación Jabalcuza, etc. Especialmente emotivas fueron las palabras que pronunció su hija recordando la venida de la familia a vivir a Alhaurín de la Torre y la salida a escenario de su esposa, María Luisa, a la que la Concejala de Cultura, Marina Bravo, entregó un ramo de flores. Asistieron tambien los anteriores hijos adoptivos de Alhaurín de la Torre: Juan José García Martín, Julián Sesmero Ruiz, Antonio Sáez López, Juan Prados Rodríguez y el médico José Mª Rodríguez Maroto, ausente por enfermedad. Como colofón del acto la asociación Solera cantó el Himno de Alhaurín de la Torre, letra compuesta precisamente por Paco Acosta.

Un poco de historia de Paco Acosta

Acosta, de 74 años, criado en el tradicional barrio malagueño de La Trinidad, recaló en Alhaurín de la Torre en 1978 y, desde su llegada, forma parte de su vida social y cultural de nuestro pueblo, donde se encuentra totalmente integrado. En 1989 forma parte del extinto Taller de Poesía Vicente Aleixandre y fue coautor del libro Alhaurín y su Poesía. En 1991 es designado pregonero de la Real Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de los Dolores. Un año después, publica su primera obra en solitario: Mi pueblo, mis coplas y otras cosillas. Ese año funda con un grupo de amigos la Asociación Cultural Solera, con la que siempre ha colaborado, entre otras cosas, componiendo las letras de su repertorio.
 
Pero su faceta más destacada es la relación que ha mantenido con la Peña Flamenca Torre del Cante, de la que fue presidente en 1994, además de coautor del libro 25 años cantando a la Torre. Ha participado como jurado en los distintos concursos convocados por el ente, y fue autor del Pregón de la Mantilla en 1992. Destaca igualmente su participación en varios libros de poesía y con asociaciones culturales malagueñas.

En su haber figuran dos momentos de reconocida importancia en la cultura local: es autor del Himno Oficial de Alhaurín de la Torre, al que puso música el maestro Javier Flores y, en 2002, fue pregonero de las Fiestas de San Juan. Desde 1998 y hasta la desaparición de su primera época, colaboró mensualmente en la revista local 'La Fontana' -que vuelve a editarse este mismo fin de semana-, con artículos en los que hacía semblanzas en verso y prosa de diferentes artistas del flamenco y  la copla. Ochenta de aquellos textos se han editado igualmente en el libro Perfiles Flamencos, de reciente aparición.

Ha publicado también Málaga en verso (2002) y Entre el poema y la copla (2008). Por último, como escritor y autor de poesía andaluza y letras flamencas ha conseguido numerosos premios en certámenes nacionales e incluso internacionales. Todos estos méritos y, además, su personalidad afable, cordial, humilde y generosa, le han hecho merecedor del título. En el acto estará presente la Corporación Local al completo, así como sus familiares y amigos.

Discurso de Paco Acosta como Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre

Parece que fue ayer.   Han pasado treinta años,  y aún me parece que fue ayer cuando llegaba por primera vez a Alhaurín de la Torre,  y cruzaba los primeros saludos con los habitantes de este pueblo en el que me sentí, desde aquellos primeros y tímidos contactos,  identificado con su gente y con su entorno.   Tres décadas ya desde que tomé la acertada decisión de que era precisamente aquí donde quería vivir, sin que para ello me importara cambiar algunos viejos proyectos con tal de ser un vecino más entre sus habitantes.   Y treinta años después me veo otorgar nada menos que el honroso título de Hijo Adoptivo por ese mismo pueblo,  que hoy me devuelve muchísimo más de lo poco que yo haya podido darle,  si es que alguna vez le di otra cosa que el cariño y respeto que siempre sentí por él.

 Ilmo. Sr. Alcalde, D. Joaquín Villanova,  Sra. Concejala de Cultura Dª Marina Bravo,  Sres Concejales y Concejalas de la Corporación Municipal,   representantes de Cofradías, Peñas, Colectivos y Asociaciones locales, D. Jesús Gonzáles, Presidente de la Federación Malagueña de Peñas, estimados Hijos Predilectos y Adoptivos de Alhaurín de la Torre, D. Francisco Guzmán, Juez de Paz, queridísima familia, queridos amigos,  gracias a todos por estar hoy aquí y conmigo.

     Junto a vosotros,  desde este atril que hoy ocupo y que él tantas veces y con tanto acierto presidió, quiero dedicar un cariñoso recuerdo a Miguel Ángel Huesca,  que tanto y tan bien trabajó por la política social y cultural de nuestro pueblo.

     Dejadme ahora retroceder en el tiempo, para explicar por qué desde hace treinta años me considero un afortunado vecino de este pueblo.  Málaga se bronceaba al sol del verano de 1972, y yo regresaba a ella después de un largo periodo pasado en un país extraño a mis gustos y costumbres.  La melancolía por hallarme lejos de tantas cosas queridas se había convertido en una pesada piedra difícil de soportar, y volvía a mi tierra contento de reencontrarme con mi gente y con todo aquello que tanto había echado de menos durante mi ausencia.   Aparte de retomar el contacto físico con la familia y con los amigos,  ansiaba volver a sentir en la piel la caricia de nuestro sol,  tan cálido, tan generoso y tan diferente al de cualquier otro lugar,  que necesitaba resarcirme a su calor de los fríos pasados durante los crudos e interminables inviernos.   Y sobre todo,  venía dispuesto a cansarme pateando las calles que habían conocido y marcado mi niñez y mi adolescencia.
       Pero a mi regreso, después de tantos años de sentirla tan lejos, la Málaga que yo había dejado al marchar,  aquella Málaga tan añorada desde los recuerdos y la distancia  ya no era la misma que tuve que abandonar doce años atrás; doce años en los que mi ciudad había cambiado tan profundamente que llegué a sentirme extraño en ella:  las estrechas calles de los viejos barrios se convertían en hermosas avenidas,  y en los solares donde antes se levantaban los antiguos corralones de vecinos,  ahora se construían altísimos edificios que alteraban definitivamente el paisaje urbano que yo guardaba en la memoria.
Aquellos cambios vestían a Málaga de avanzado y próspero modernismo,  pero la desnudaban de sus galas más humildes y personales. Y por extraño que parezca, me encontré añorando el conocido y para siempre desaparecido ambiente pueblerino y familiar en el que se había desarrollado mi infancia.  Málaga se parecía más a la populosa y estresante urbe de la que yo venía,  que al entorno vecinal y amigo en el que había crecido.  Un cambio,  que desde los viejos recuerdos desplazados por la presente realidad,  traté de reflejar en el libró “Poemas a Málaga”.   Málaga comenzaba a crecer como las grandes ciudades, y yo la sentí demasiado masificada y ruidosa para encontrar en ella la tranquilidad anhelada.
          Buscando siempre esa tranquilidad,  compré una parcela no muy lejos de aquí,  en otro pueblo que me pareció perfecto para construir la casa que siempre había deseado.  Pero como dice el refrán que el hombre propone y Dios dispone,  mis pasos me guiaron hasta Alhaurín de la Torre, lugar donde vivía el constructor que debía realizar la obra,  que además, era amigo.  A aquella primera visita se fueron sumando otras,  al objeto de ultimar detalles, y concretar presupuesto y fechas para comenzar la obra.    Y como ocurre en estos casos,  después de cada reunión acudíamos al bar La Baranda,  al Hogar,  al Catabuch o cualquier otro lugar donde tomar la copa a que obligan las viejas costumbres para cerrar algún trato o negocio.
Por suerte para mí,  aquellos frecuentes paseos por las calles del pueblo, aquellas sencillas palabras de saludo que iba cruzando con los vecinos del lugar,  fueron cambiando mis ideas sobre lo que quería hacer y donde quería hacerlo:  como aquel que queda extasiado ante una hermosa pintura o una bella obra de arte,  yo me enamoré de este pueblo con ese amor sin medida que sólo se le puede tener a la tierra en la que naces,  o a la que voluntariamente eliges cuando has creído encontrar el lugar donde quieres anidar definitivamente;  un telúrico amor que te ata para toda la vida obligándote a darlo todo sin pedir nada a cambio,  porque sabes que vivir en el lugar que has elegido ha de colmar todos tus sueños.   Y decidido a asentarme en este pueblo que hoy me confirma como uno de sus hijos,  no tardé en deshacerme de la primera parcela,  y el día 18 de mayo de 1978 era el feliz propietario de otra en la Urbanización Los Manantiales, donde al fin construir la casa deseada y en la que vivo desde entonces con mi familia. Quiero aclarar que aunque hablo en primera persona,  la elección de residir en este lugar fue de común acuerdo con mi esposa,  y que trabajamos los dos mano a mano para construir nuestro hogar.  Mis hijas,  aunque entonces eran pequeñas para decidir por ellas mismas,  hoy están encantadas con la decisión que tomamos. 

     A partir de mi mudanza, cosa que hice sin que la obra estuviese totalmente terminada, mi integración con el pueblo fue absoluta y mi relación con sus gentes,  completa. Pero si desde el primer momento deseé y propicié esta integración,  haciendo mía sus costumbres y mostrando siempre mi más profundo respeto a su idiosincrasia,  es justo decir que en todo momento fui tratado por la vecindad como otro miembro más de ella, ofreciéndome una cariñosa y sincera amistad que no ha hecho sino aumentar desde entonces y que hoy, una vez más,  me demuestran con su presencia aquí y con las muchas felicitaciones recibidas por este nombramiento que hoy me confirma como Hijo Adoptivo de Alhaurín de la Torre. Un pueblo al que le debo mucho más que el vivir en la relajada tranquilidad que buscaba,  rodeado de tantos y tan buenos amigos.   Dicen que soy algo poeta,  aunque yo dudo que el rimar palabras con más o menos acierto merezca calificativo tan rotundo.   De cualquier modo, y en el supuesto de que haya una mínima verdad en eso,  también se lo debo a este pueblo.  Y se lo debo porque él abonó y propició mi incipiente vocación por escribir,  permitiendo que la hiciera realidad el año 1989, cuando la Concejalía de Cultura publicó un pequeño libro titulado “Alhaurín de la Torre y su poesía”

en el cual,  sabedores de ese gusto mío por expresar ideas con palabras rimadas,  fui invitado a participar junto a varios vecinos del pueblo,  todos aficionados a la poesía.   Hace justo veinte años de su publicación.   Pero ya en aquel primer libro,  y sin imaginar que un día recibiría tanto a cambio de tan poco,  entre otros poemas dedicados al pueblo escribí uno en el que quise reflejar el porqué había elegido vivir en Alhaurín y entre su gente.   Lo titulé “Por qué vine a este pueblo”,  y el poema,  aludiendo al tiempo pasado en la búsqueda del lugar que yo soñaba para vivir,  empezaba con éstos dos versos:
 
Cansado de vagar sin casa ni cobijo
al hilo del azar y de mi fantasía

Aquel poema era como una premonición de lo que hoy estoy viviendo, ya que terminaba con estos otros versos:

Me olvidé de otros sueños, a tu encanto rendido
porque encontré en tu tierra lo que siempre soñé;
me sentí entre tu gente respetado y querido,
Alhaurín de la Torre,  y en ti yo me quedé.

     No acabaría aquí mi relación con el pueblo y aquella recién descubierta afición por escribir: el año 1992,  la Concejalía de Cultura de la que era titular D. Vicente Llinares,  tuvo a bien publicarme un libro,  esta vez en solitario cuyo título, “Mi pueblo, mis coplas y otras cosillas”,  era el canto a un pueblo que ya lo sentía mío,  y para el que seguía componiendo versos y canciones con piropos que me iban del corazón a la boca.   Por último,  el pasado 2008,  en tuve el placer de presentar el libro “Entre el poema y la copla”,  editado por la Concejalía de Cultura de la que es titular Dª Marina Bravo.
     Por otra parte,  la revista La Fontana,  desde su aparición el año 1996, me dio la oportunidad de escribir una serie de artículos que recientemente, con el título genérico de Perfiles Flamencos, han sido recopilados y publicados por la Diputación de Málaga.  Hago estas referencias porque todo ello fue inspirado y escrito a la sombra de Jabalcuza,  a cuyo pie hallé la deseada tranquilidad que hoy sigo disfrutando junto a mi familia.  
     Así pues, si alguna vez sentí alguna primeriza inquietud por escribir,  es aquí, en este lugar, donde he tenido la oportunidad de aprender y desarrollar esa afición. Otra cosa más por la que le tengo que estar agradecido a este pueblo,  que hoy habéis querido hacerlo mío,  por lo cual siento un legítimo orgullo,  así  una gran satisfacción y agradecimiento,  ya que es lo más valioso que se le puede ofrecer a una persona que ama la tierra donde vive,  y que hoy más que nunca,  y para siempre,  se siente fundido a ella.
     Ni la palabra,  que a veces me sale tímida y titubeante,  ni la pluma, con tanta frecuencia torpemente manejada,  consiguen reflejar lo que en determinados momentos quisiera expresar.   Por eso no voy a decir que hoy quiero más a este pueblo de lo que ayer lo quería,  porque siempre lo he sentido con la misma intensidad. Pero si quiero deciros que la felicidad,  ese estado de gracia que tan raramente conseguimos,  hoy lo he alcanzado plenamente con este nombramiento.  Nuestro Alcalde,  en su saluda del libro “Entre el poema y la copla” escribía lo siguiente:   “estoy seguro de que el nombramiento como Hijo Adoptivo del Municipio ha de hacerle más ilusión y provocarle más felicidad que cualquier otro premio que haya podido conseguir”. 
     Y acertaste plenamente,  amigo Joaquín:  ningún premio conseguido ni por conseguir puede hacerme más feliz ni tiene tanto valor para mí como éste que hoy me concedéis.   Porque no hay mejor premio que saberse querido por un pueblo que a pesar de no contarte entre sus nativos,  te honra con su más alto y distinguido título.
     Muchas gracias a ti, querido Alcalde, y a todos cuantos han apoyado este nombramiento. Gracias, querida familia, gracias, queridos amigos, tanto a los que hoy me acompañáis como a os que no habéis podido estar conmigo en un día,  para mí,  inolvidable. Gracias a todos, de todo corazón.

Paco Acosta Roldán

Alhaurín de la Torre 30 de octubre de 2009

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