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MACANDÉ.     CANTAOR.
Francisco Gabriel Díaz Fernández. Cádiz, 1897 – 1947.

Perfiles Flamencos. 25.10.09 

Capítulo XLI. En un lenguaje común a los gitanos extremeños, la palabra “macandé” quiere decir loco, chalado. Y con este nombre, inmisericorde y doloroso, fue conocido y se sigue conociendo a un cantaor gaditano que casi toda su vida la pasó en un terrible estado de locura, que se le fue agravando con el paso del tiempo hasta que, en 1935, con 38 años, fue internado en el manicomio de su ciudad natal, de donde no saldría que para ser enterrado, en 1947, a la edad de 50 años. Seguramente, de no haber sido azotado por tan terrible enfermedad, Macandé hubiera escrito su historia en el flamenco, larga y completa, quedando en ella más ampliamente reconocido.

     Su vida no fue fácil ya que desde niño tuvo que ganarse el sustento vendiendo caramelos. Para llamar la atención sobre su mercancía, creó un pregón con el aire de una canción asturiana cuya letra, compuesta por él mismo, le cantaba a todos los toreros de la época, caramelos que iban envuelto en cromos que representaban a los toreros mencionados en sus pregones.
     Una industria bien humilde y sencilla, pero que sin embargo arrastraba tras él a un gran número de personas que lo seguían por las calles de Cádiz sólo por el placer de oírle aquel pregón praviano con el que vendía sus caramelos, pregón que cada día, y según la inspiración del momento, cambiaba sus tercios y podía cantarlos por bulerías, seguiriyas, soleá, tangos o cualquier otro palo, aunque siempre una parte del pregón conservaba esos tonos asturianos que tan bien modulaba y que eran algo personalísimo de Macandé.
     De naturaleza inquieta y deprimida, se casó con una sordomuda con la que tuvo tres hijos que, debido a la transmisión de los genes maternos, nacieron todos mudos, cosa que trastornó aún más su ya malparado cerebro hasta el punto de tener que ser recluido.
     Durante la larga estancia que pasó en el manicomio iban a visitarlo numerosos amigos y cantaores, entre los que se encontraba Manolo Caracol, que le pedía que le cantara aquellos fandangos, creación personal de Macandé, de tan difícil ejecución y que hacían llorar a Caracol según propia confesión de este.
     El fandango de Macandé es, en efecto, un cante donde la angustia, la pena y la tragedia se funden en el pecho del cantaor, de donde salen convertidas en unos trenos largos y terribles que hacen estremecer la sangre a quien los oye, cuando se cantan como los cantaba aquel pobre loco.
     Triste y lamentable final para este desgraciado artista, que lo era, y una gran pérdida para el flamenco si nos atenemos a los numerosos testimonios que corroboran las grandes cualidades de este hombre para cantar, de quien dicen que también fue un gran saetero, pronto a cantar en cuanto se lo pedían,  aunque siempre se negó a cobrar cuando cantaba.
     Desgraciadamente, y como ocurre con otros muchos cantaores desaparecidos, no existen  testimonios grabados del fandango de Macandé. Pero se ha ido transmitiendo por aquellos que le conocieron y, pese a su difícil ejecución, siempre ha habido quien lo ha cantado: Ángel de Álora, cantaor nacido en esta localidad malagueña, ha sido quien mejor ha sabido captar y transmitir todo el desgarrado dolor que Macandé ponía en los tercios de su famoso fandango; otros muchos artistas lo siguen cantando con más o menos fortuna, pero que contribuyen a que no se pierda un estilo tan personal y valioso como el fandango de Macandé.

MACANDÉ
VENDEDOR DE SUEÑOS

Vencido por un mal que consumía
la precaria raíz de su cordura,
entre recias murallas de clausura
fue su evasión cantar su mercancía.

Su mundo fue irreal, de fantasía,
tintada con ribetes de locura;
sumido en aquel pozo de negrura
vegetaba sin pena ni alegría.

Ajeno a la belleza de su cante,
fue vendedor de sueños ambulante
perdida para siempre la razón.

La muerte lo libró de su demencia,
sin sospechar que nos dejó la herencia
de su inmortal y cálido pregón.

Paco Acosta Roldán

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