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La batalla

Cuentos y relatos globales. 25.10.09 

Por Gustavo Arencibia Carballo, garen04@gmail.com

Las nubes, completamente pintadas de blanco, proliferan en medio del fuerte calor del mediodía. En el horizonte algunas de ellas estáticas, miran con beatitud a sus compañeras. Los techos calientes de las casas y edificios son espacios vacíos, desiertos entre cientos de antenas, tanques, escaleras, todo aquello que suele resultar familiar a una azotea o indistintamente ajeno. Las ventanas entreabiertas y abiertas discriminan el paisaje, formas de paredes descoloridas, o tal vez un hermoso vitral al cual los rayos de luz arrancan un arco iris. Abajo, al nivel del pavimento, casas y edificios se aprietan unos a otros, a pesar de los saltos y separaciones motivados por los solares y terrenos yermos. Las calles corren junto a las casas, caracterizadas por aceras estrechas, rotas, llenas de latones.

Al doblar de una esquina la vida parece transcurrir normal, de manera cotidiana. Un grupo disperso se agazapa en escaleras de la cuadra, en tanto otros están despreocupadamente en uno u otro lugar hacia el centro de la calle. Todo el aire precisa una solución; se encuentra cargado.

Junto a un edificio de tres pisos, a mitad de la cuadra, un solar polvoriento, de un terreno irregular, al final del mismo dos enormes piedras dejan entrever la salida a la calle opuesta.

En una barriada, se convierte en motivo que señala el matiz del lugar, algún índice significativo, como puede ser en este barrio la diversidad de colores y trapos arrojados al viento por las tendederas en desafío a la estética. Es un barrio de abigarrada arquitectura y múltiples patios. Es la vida de un vecindario en sus generales formas y sus más particulares detalles, el placer proporcionado por el disfrute de lo conocido.

Mas volvamos al motivo de nuestro relato, la calle, la cual podría llamarse Serafines, Florencia, Cádiz, Alejandro Ramírez u otra cualquiera, no importa, lo interesante y marcado es lo que se avecina en este pedazo de ciudad.

Uno del grupo, el alto de pelo negro, rizado y revuelto, de piel mulata, se halla parado a la salida del edificio que recuerda el azul y el blanco. Otro al pasar con movimientos cansados lo saluda.

― Chao Pedro ― dice casi sin entenderse.

El saludo recibe por respuesta una mueca en el rostro del mulato.

La persona que antes había saludado dobla por el ángulo del edificio y se pierde de la vista en el solar. Por otra parte, el resto de las personas se encuentra a lo largo del espacio de la calle, en las más variadas actitudes, sin embargo, todas las miradas están fijas en la figura del mulato de una manera que pretende ser despreocupada.

Él no los mira, su atención está centrada en la esquina de la calle. Un viejo dobla por la esquina, con la despreocupación de la hora del día. Al parecer, por un instante, ha sobresaltado las facciones del mulato, mas el resto es breve, pues ha recuperado su tranquilidad o quizás indiferencia exterior.

El viejo da un paso, el aire sigue pesado, el viejo da otro paso, el sol calienta la calle, otro más y el poco viento mece suave el concierto de tendederas.

Súbitamente irrumpen en las escenas doblando a toda carrera diez pares de piernas. Vestidos con ropas muy ligeras, todos llevan en las manos diferentes armas, mientras los gritos estentóreos acompañan los primeros disparos. El viejo prácticamente atropellado sube la acera y entre maldiciones se introduce en una casa.

Aquellos que se encontraban esperando miran todos a Pedro, pero no tienen tiempo de ver cómo sus labios han pronunciado el grito.

― ¡Ahoraaa!

De este lado aparecen también armas y se despliegan hacia el terreno. Los gritos en medio de una gran algarabía no permiten entender las palabras que se mezclan con polvo. Un gordo parado al costado de una de las dos grandes piedras dispara a cuerpo libre. Nadie lo mira, cada cual se ocupa de lo suyo, pero sí, alguien se preocupa.

― Julio, Luis, ¡acábenlos de una vez! ― es Pedro que los manda a cubrirse haciendo gestos con el brazo.

― ¡Lo maté, lo maté! Ahora sí le di ―se alegra un prieto con el rostro lleno de polvo y sudor, el cual, rodilla en tierra, se halla junto a Pedro.

Son minutos acelerando el tiempo. Los dos bandos crepitan, cual llamas de una inmensa hoguera donde se queman mil maderas diferentes, el vecindario se altera y las sábanas discuten más con el viento furioso. Hasta las ventanas chocando sus persianas contemplan el espectáculo.

Allá, cerca del atormentado gordo, se rompe un cristal pegado al muro.

― ¡Pedro! voy a dar la vuelta ― es trigueño de pelo negro, pero el sudor se lo tiene todo revuelto.

― Está bien, Ismael, rápido y cuídate, esto no aguanta más.

Ismael pistola en mano se aleja arrastrándose, buscando la calle opuesta.

Pedro desde su puesto dirige a todo su grupo con gestos significativos y gritos oportunos. Se cierran filas junto al jefe, se resiste, los heridos son pocos. La lucha, corta en el tiempo, parece ya durar mucho en el terreno, mas ambas líneas se baten con tesón, también los nervios que resisten el fragor de la batalla. Cada combatiente se duplica en la acción, se mueven, tiran, corren y vuelven a esconderse cuerpo en tierra.

Frente a la piedra donde se guarece el gordo, un negro sin camisa corre buscando el muro lateral del edificio, tratando de...

― ¡Pedritooo! ― ha gritado una mujer que con un pañuelo azul en la cabeza saca medio cuerpo por un patio del tercer piso.

El ruido ha cesado de pronto, como por arte de magia. El capitán Pedro casi ni respira, cuando sube los ojos mirando a la intrusa madre.

― ¡Muchacho, sube ahora mismo a almorzar! O bajo por ti y te rompo la cabeza, caray, te has pasado la mañana mataperreando. ¡Abrase visto chiquillo éste!

Fuente: del libro ¨ Cuentos del barrio mío ¨ editado en México, 2005,  ISBN 968-5715-21-1.

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