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La cita

Cuentos y relatos globales. 18.10.09 

Lydia Tapiero Eljarrat. lydia_tapiero@yahoo.es
Paula penetró en la oscuridad de una calle estrecha con pasos inseguros. Su abrigo negro la volvía casi invisible y temió ser absorbida por el lugar. Se dirigió al lugar de la cita, asustada, consciente de que si no pagaba la deuda la cobrarían con sangre. Su malestar se acentuó con el olor a orina que se intensificaba al avanzar. Siguió caminando hasta que la calle se hizo más ancha y llegó a la única farola encendida. Fue cómo el alivio fugaz en medio de un suspiro. Pensó en sus padres, en la chimenea que encendían en los días de frío, en las humeantes patatas que salían de ese calor. Sus ojos profundizaron de nuevo a lo largo de la calle, a lo largo de su infinita oscuridad donde lo bueno se difuminaba con lo malo. Se tocó las cicatrices del brazo, había pasado medio año sin pincharse una sola vez, sin probar un gramo de cocaína. Y un año sin hablar con sus padres, sin volver a casa, sin contarles donde estaba. Más de una vez había mentido a los policías con identidad falsa, y se preguntó si eran sus padres que la estaban buscando. Hubiese sido tan fácil volver cómo decir la verdad.

 Un redoblar de campanas la devolvió al lugar donde estaba. Eran las diez. A lo lejos apareció una silueta esbelta con un sombrero de ala larga en la cabeza. Se acercaba a ella con paso ligero. Tuvo que obligarse así misma a no escapar. Con la mano derecha temblando buscó el tabaco en los bolsillos, en su lugar encontró un papel arrugado. Volvió a fijar la mirada en el hombre intentando dibujarle un rostro, cuando su nariz aguileña y sus labios inexpresivos estuvieron a pocos pasos de ella, sintió como una mano fría tocaba su hombro y el hombre del sombrero negro pasó de largo. Paula contuvo la respiración apretando aun más el bolso, sin volver la cara. La figura de un hombre joven de mirada dura apareció frente a ella, la cicatriz que le atravesaba el pómulo impresionó tanto a Paula que inconscientemente agarró el papel arrugado que el hombre le extendía. Esperó a que él dijera la primera palabra, pero este se dio media vuelta y se fue.
 Paula apoyó la espalda contra la pared de grafities, aguantando heroicamente las lágrimas, mientras veía como la oscuridad tragaba al extraño. Permaneció largos minutos en silencio absoluto, con el miedo cómo único compañero, hasta escuchar un bullicio de pisadas y risas que la alarmaron. “Aquí no vas a encontrar tu sueldo guapa, pero si quieres podemos hacerte un favor”. Su reprimido impulso por escapar estalló de golpe y corrió como nunca. Se detuvo sin aliento después de varias cuadras. Miró de un lado a otro mientras la respiración le devolvía el vaho del frío, y al asegurarse que nadie la seguía relajó sus puños descubriendo el papel que tenía en la mano. Al abrirlo se fijó en la fecha que había escrita ‘10 de noviembre’. Buscó su móvil desesperada en el bolso entre los fajos de billetes. En la pantalla se iluminaba la fecha ‘3 de noviembre’. Se había adelantado a la cita una semana. Dejó escapar un suspiro y pensó aliviada que aún podía reunir el total del dinero.
 Siguió andando y el alivio dio paso a un inmenso vacío. Caminó por inercia hasta el centro. Ni siquiera tuvo fuerzas de cruzar la calle cuando pasó por la boca del metro que siempre evitaba. Al estar frente a ella sintió la desesperada necesidad de volver a ser alguien, y viajó en él hasta un barrio de casitas. Con una felicidad olvidada caminó entre las calles iluminadas y se sorprendió al darse cuenta que sonreía. Paró frente a la puerta de su casa evitando pisar la alfombra que decía “bienvenidos”. Su manó se precipitó a tocar el timbre sin dejar de temblar. Y explotó en llantos cuando escuchó gritar a su madre “¡Ya voy!”.
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