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ENRIQUE EL MELLIZO. CANTAOR
Francisco Antonio Enrique Jiménez Fernández. Cádiz, 1848-1906

Perfiles Flamencos. 20.09.09 

Sin apenas salir de su Cádiz natal, su fama de buen cantaor se extendió rápidamente por toda Andalucía. Pudiendo haber sido una cotizada figura del flamenco, no era muy dado a cantar en público; en las raras ocasiones en que cantaba lo hacía, casi siempre, sin salir de Cádiz, en los cafés cantantes de La Jardinera, en el del Perejil, local que sólo en verano programaba estas actividades, y en el de La Filipina, con lo que se ayudaba económicamente del escaso salario que ganaba ejerciendo el oficio de matarife aprendido junto a su padre en el matadero gaditano. Pero como siempre ocurre con los grandes artistas, su fama iba por delante de él difundida generosamente por cuantos le habían escuchado cantar.

     Aquejado seguramente de alguna enfermedad depresiva, esta se manifestaba en frecuentes y terribles crisis anímicas que le hacía aislarse de los demás y frecuentar las iglesias, donde pasaba interminables horas escuchando los cánticos religiosos en las misas, embelesado con la música sacra interpretada por los organistas en la catedral; otras veces, se perdía en interminables paseos por la muralla, en completa soledad, escuchando romper las olas contra el milenario cinturón pétreo que rodea Cádiz. Con esta extraña e introvertida conducta se ganó una merecida fama de hombre solitario y huraño que rehuía, en determinados momentos, el contacto con las gentes de su entorno, y con quien era difícil establecer una relación de trato y amistad.
     Considerado como un gran maestro, El Mellizo dejó en cuantos cantes interpretaba, que eran prácticamente todos, una huella personal e imborrable de artista consumado, una escuela que tantos cantaores siguieron después, entre los que se encontraba Fosforito el Viejo, que lo llamó su mentor afirmando que de él había aprendido todo cuanto sabía. Fue igualmente un magistral intérprete saetero, a quien se atribuye la creación de la saeta por seguiriya.
     Enrique el Mellizo tenía, pese a no haber estudiado música, un sentido musical innato y extraordinario por el cual se le ha comparado con frecuencia con Chopín, por la gran belleza de su cante, semejante para muchos a las maravillosas piezas clásicas de los grandes maestros. Aunque creó o recreó algunos otros cantes, fue su malagueña personal la que le daría verdadero renombre, considerándosela unánimemente de una belleza comparable, y aun superior, a la de los mejores creadores de este cante. Distinta en su forma musical a todas las demás, la malagueña del Mellizo, única atribuida a un cantaor gitano está, pese a su difícil ejecución, en el repertorio de todo cantaor que quiera destacar en los cantes malagueñeros; oyéndola, de sus armónicas notas parecen brotar los cantos litúrgicos interpretados en los oficios religiosos celebrados en la Catedral o las iglesias de su Cádiz natal, y en los que el genial cantaor, presa de un devoto misticismo, se inspiraría, aunque puede que inconscientemente, para crear su famosa malagueña.   
      Según Álvarez Caballero, Manuel Ortega, padre de Manolo Caracol, contaba de él entre otras cosa: “A veces, a medianoche, él solo, se iba a las tapias de Capuchinos y se ponía allí a cantarle a los locos; otras veces tiraba “pa” la muralla y hacía un cante que le ponía los pelos de punta al más calvo del mundo. Y cuando se ponía así ya le podías dar todos los dineros del mundo, que no te cantaba: prefería irse él solo a cantarle a los pobres locos o a cantarle al agua...”

EL MELLIZO
MISTICISMO GITANO

Su vida fue la de un genial gitano
poseído de un raro encantamiento,
entre sus dudas y su convencimiento,
y entre lo religioso y la pagano.

Con la belleza del canto gregoriano
unido a su profundo sentimiento,
supo crear, con singular talento,
un estilo profundamente arcano.

Buscando vanamente la alegría,
su jondura gitana se fundía
en el crisol ardiente de la fragua.

Y en místico fervor devocionario
soñaba como un loco visionario
y en su locura le cantaba al agua...

Paco Acosta Roldán

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