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Pobre Marta

Lydia Tapiero Eljarrat. 17.08.09 

‘Me voy’, le digo. Ella me devuelve el adiós, desde el baño, siempre desde el baño. Una vez intenté abrir, pero cierra con cerrojo. Es como una venganza a mis sábados por la mañana, lo sé. Hace ya tres años que me pongo el chándal gris de siempre, y me pierdo por las calles. No siempre corro, pero siempre me voy. Al principio me molestaba en explicarle que salía a correr por la cojera, ‘no llegues tan tarde’,  me reprochaba. Ahora se limita a preguntarme a que hora vuelvo, hago que no la escucho, no quiero limitar mi tiempo. Me coloco el CD que no enciendo nunca y me voy.

 Salgo a la calle,  pobre Marta pienso, mientras mis primeros pasos la borran.  Frente a mí avanza el hijo del quinto, un porretilla de quince años, y sus padres piensan que es un santo. ‘Hola’, saludo a Manuel, un viudo sin hijos, la persona más aburrida que he conocido. Le he dedicado varios sábados intentando descubrir algo que no fuese ir al supermercado o sentarse a tomar un café junto a un periódico. Como yo en la semana pienso, donde los números es lo único que veo, contable, me dijo mi padre, esa es una buena carrera.
 Un veinteañero de melena rubia avanza hacia mí. Me paso la mano por el pelo dejando en mis dedos la evidencia de que las entradas van a más. Su mirada se cruza con la mía, oculta algo. Espero a que se ponga a una distancia prudente, pongo mi mano en el vientre y aprieto hacia dentro hasta que la barriga se vuelve plana. Un cosquilleo me disfraza de aquel muchacho, me siento joven, aventurero, dispuesto a descubrir su secreto, mi secreto. Le sigo y pienso en Marta, ya se sabe para las mujeres no es fácil pasar los cuarenta, y no es que esté vieja, pero ha perdido la chispa, ya no me mira como antes, ya no se excita como antes, está decaída, se le nota, pobre Marta pienso. Mientras, siento la adrenalina de aquel muchacho pasar por mis venas. Me he acercado demasiado, el joven se ha vuelto hacia mí, se inquieta, me inquieto, acelera su paso y saca el móvil para llamar a alguien. Pienso en Marta, no le gusta que salga los sábados, lo sé, porque al volver la noto distante, me evita durante todo el día y yo la respeto. El domingo vuelve a acercarse a mí, arrepentida, cariñosa y me gusta.
 El chico ha doblado una esquina, tengo que ir más deprisa, mi cojera se hace más evidente por el esfuerzo, he llegado, no lo veo y avanzo unos metros a la desesperada. Frente a mí la boca del metro, me llama en silencio, bajo las escaleras. Su altura le delata en una de las ventanas del vagón, no voy a llegar a tiempo, me paro y me limito a observarlo. Mi persecución ha terminado, decido llamar a Marta.
 –¿Dónde estás? –le pregunto por el ruido.
 –Comprando el pan.
 El joven empieza a moverse, le pierdo por instantes, y le recupero en la siguiente ventana.
 –¿Querías algo? –me pregunta mi mujer en la otra línea, obligándome a contestarla.
 –Nada, solo quería saludarte. –le digo mientras el joven estira sus brazos hacia una chica de pelos castaños y lacios, como solía llevar Marta. La chica también está hablando por teléfono y lo aparta con el brazo.
 –¿Querías algo más? –me pregunta Marta.
 –No, nada, avisarte que llegaré a las tres.
 Cuelgo y aquella misteriosa chica cuelga también.
 Me acerco más y el tren empieza a moverse. Ella se refugia en él, siento su perfume, el cosquilleo de su pelo, la deseo, y la conozco, se que la conozco. Viajo a otros tiempos y la veo hermosa, ‘Marta’, digo en voz baja, mientras el tren avanza hacia el túnel.
 Me siento cansado, la barriga vuelve a curvarse, me duele la pierna, y vuelvo tras mis pasos con la amarga sensación de que no habrá nadie en la casa hasta las tres.

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