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Séptimo Arte. Raíces profundas (Shane)

Esteban Alcantara. 17.08.09 

Ana Belén interpreta una canción titulada “Yo también nací en el 53”, identificándose con aquel 1953 situado a mitad del siglo XX, en el que la economía de nuestro país y la renta per cápita de los españoles alcanzó, al menos, los niveles similares de la preguerra civil de 1936, con un costo de diecisiete años de retraso, y en el que por citar algunas cifras el precio de la barra de pan era de 2 pesetas, el litro de vino 7 pesetas, el de aceite 11 pesetas y el de gasolina de 5´50 pesetas. En 1953 se firmó el endeble armisticio de la guerra de Corea, conflicto que estuvo a punto de llevarnos a la III Guerra Mundial, y cuya amenaza aún colea en nuestros tiempos. Murió Stalin y, en la gran cordillera del Himalaya, el británico Edmund Hillary y el sherpa nepalés Tensing Norkay conquistaron la cima del Everest el 29 de junio. El general Eisenhower fue nombrado presidente de los Estados Unidos, y España, aislada políticamente, consiguió entrar en la UNESCO. La canción de más éxito en el país era “Allá en el rancho grande” de Jorge Negrete, la mejor película de nuestro paupérrimo cine, “Bienvenido Mr. Marshall” (a la que dedicaré un espacio propio en Séptimo Arte), siendo el deportista más aclamado, el legendario futbolista Alfredo Di Stéfano.

            Yo también nací en aquel 1953, año en el que se proyectó por primera vez en la gran pantalla la película norteamericana titulada “Shane”, editándose en nuestro país con el nombre de “Raíces profundas”.
 Una película de George Stevens

Basándose en la novela de Jack Schaefer titulada “Shane” (1949), el notable director George Stevens (1904-1975) supo realizar una obra cinematográfica que, contando con elementos clásicos y arquetipos de western anteriores, marcó sin embargo una gran diferencia por la forma como trató e hizo frente al excelente guión de A.B. Guthrie, apoyándose en la precisión de los planos y la atención a rostros y figuras, la alteración del ritmo de las escenas, los silencios que hablan y la óptica fotográfica, así como en los apoyos técnicos al ser rodada en “Vistavisión” con música grabada en sonido estereofónico.
            George Stevens eligió a Alan Ladd (1913-1964) para interpretar a Shane, un pistolero que huye de un atormentado pasado en busca de un lugar para romper con él y asentarse en una nueva vida. Ladd tenía el handicap de su estatura (1´65 m.), pero Stevens le supo sacar todo el partido a su atractivo rostro en los primeros planos, además de dirigirlo perfectamente en los medios, algunos de ellos de una plasticidad extraordinaria. Por su parte, Ladd realizó una interpretación sobria y cuidada, con un magistral punto de intriga sobre el pasado del personaje, combinando la vestimenta de gamo con flecos, que luce en los momentos álgidos como pistolero, con la camisa de paño celeste y pantalones oscuros en su faceta de querer integrarse entre los pacíficos agricultores del valle. Genial también la interpretación de Van Hefflin como Joe Starrett, el agricultor que sin desear serlo se convierte en lider de sus acobardados compañeros, exhibiendo siempre una gran nobleza, no exenta a veces de ingenuidad, pero con la fuerza y voluntad de mantener sus principios ante las injusticia a la que están siendo sometidos por parte de los ganaderos del territorio. Jean Arthur (en mi opinión particular el físico peor escogido por Stevens), interpreta a Mariam, la esposa de Starret, que a lo largo del film experimentará una controlada atracción por Shane, perfectamente dosificada por la mano maestra de George Stevens. El hijo de los Starret es Joey, y a  través de su permanente observación, nos sentimos identificados los niños de la época compartiendo con él la admiración por Shane. George Stevens le dedicó al personaje de Joey una especial atención, haciendo de sus ojos y mirada  una “segunda cámara” de seguimiento a los gestos y movimientos de Shane. Por parte de los “malos” destaca sobre todos el papel asignado a Jack Palance, sin duda en una de sus mejores interpretaciones que nos ha dejado para el recuerdo, dando vida a Wilson, un pistolero de Cheyenne contratado por los hermanos Raiker para atemorizar a los campesinos.
            Hasta “Raíces profundas”, George Stevens había conseguido destacar como director con “Sueños de juventud” (1935), “Gunga Din” (1939) y “Un lugar al sol” (1951). Era un realizador avezado, un artesano del celuloide con rigor académico que impregnaba un halo poético y una particular psicología de los personajes que trataba. Cuando “Raíces profundas” alcanzó el éxito, la mayoría de los periodistas citaban  que era una película de Alan Ladd, ya que había destacado fulgurantemente en los años cuarenta como el gran galán de la Paramount; pero por su esencia sentimental y formas sencillas en su desarrollo, realmente la película era de George Stevens. 

 La eterna lucha de los débiles frente a los poderosos
             Territorio de Wyoming (USA), década de los años setenta del siglo XIX. Un pequeño grupo de agricultores de cultivos intensivos que sueñan a base de trabajo y sudor levantar sus granjas, chocan de pleno con los intereses de los Raiker, poderosos ganaderos de la zona que ven peligrar con la agricultura, el agua y los pastos de sus reses. 
            Sin sheriff en muchas millas a la redonda (por tanto, sin obligaciones ante las leyes), los Raiker emprenden contra los agricultores una soterrada guerra de  provocaciones, primero, y de acoso, después, para obligarlos a malvender sus tierras y marcharse del productivo valle donde viven. Varios matones que les sirven están empeñados en esa tarea, cuando sin apenas hacerse notar surge un misterioso jinete en la zona que, circunstancialmente, ve como los secuaces atosigan a la familia Starret, decidiendo aportar su presencia para protegerlos, sin ni siquiera desenfundar su revolver y, a la vez, encontrar él mismo en la oferta que recibe para trabajar en la granja, un cambio respecto a su vida anterior de pistolero, cubierta de luchas y desafíos, de tullidos y muertos. Muy pronto, Shane se identifica con la vida familiar y cotidiana de los Starret, así como con su ilusión por un trabajo que, pese a su dureza, recompensa sus sueños. Pero los nubarrones continúan y los hermanos Raiker deciden que para implantar su voluntad hay que “poner muertos sobre la mesa”, contratando al afamado y duro pistolero Wilson para realizar la “tarea sucia”; el cual, una vez en el pueblo, provocará de forma calculada la primera muerte de un campesino para, a continuación, colaborar en la preparación de una trampa mortal para Joe Starret. Shane, que conoce bien los métodos del pistolero, decide sustituir al agricultor en su cita con la muerte, influyendo en ello el valor que da a la vida de su amigo y a los componentes de su familia. Tras una dura pelea, Shane pone fuera de combate a Starret, quedando libre el camino para enfrentarse solo a Wilson y los Raiker. El duelo tiene lugar en el bar-almacén del pueblo, con unos planos sin música perfectamente preparados por Stevens, y la oscuridad y el silencio dominando el momento previo del desafío, en el que Shane, tras ser herido, se impone de forma rápida a sus enemigos. A partir de ahí, sabe que debe de abandonar el valle y sus ilusiones de asentarse en el mismo, pues tiene claro que la comunidad de campesinos a la que ha resuelto de un solo golpe todos sus grandes problemas, será los primera que mantendrá viva su leyenda de pistolero, considerándolo persona no grata y mal ejemplo para sus hijos. Por eso, se expresa así ante el hijo de los Starret que lo ha seguido hasta el duelo: “Corre a casa junto a tu madre. Dile que ya no hay más revólveres en el valle”, ni siquiera el suyo.      
            Mientras que Joey grita para que Shane vuelva, el jinete comienza su ascenso a la montaña, dejando George Stevens a la libre interpretación del espectador, si  realmente desaparece entre ella, o termina cayendo mortalmente herido al atravesar simbólicamente el cementerio en su última visión.
Unos planos inolvidables
             Los que reflejan el paisaje, combinados magistralmente con la aparición de animales (venados, caballos, reses o perros). El primer encuentro entre Wilson y Shane en el porche de la granja de los Starret, las miradas que se cruzan ambos en permanente vigilancia y sin perder detalle de los movimientos del contrario. Los dos son pistoleros y conocen los recursos para sorprender a sus rivales. Inmejorable la teatral bajada y subida al caballo que realiza Jack Palance para beber agua, mirando a Shane de reojo y sin perder su maligna sonrisa. El empeño de Starret  y Shane por arrancar el viejo tronco (todo un símbolo de raíces fuertes y profundas) con un esfuerzo cargado de épica. Las provocaciones que Shane elude en el bar sin reaccionar violentamente. La trampa que Wilson realiza al campesino Tory, así como el recorrido de ambos antes de sacar las armas: el agricultor por el barro y el pistolero por el plano superior del entarimado. La pelea de Shane y Starret entre las patas de los caballos. Y para terminar, la escenografía del desafío final y la despedida entre Shane y Joey, uno de los momentos más emocionantes de la película, bien acompañado por la banda sonora.
            “Raíces profundas” ganó un Oscar y obtuvo cinco nominaciones. Décadas después, Clint Eastwood hizo un remake de la misma con “El jinete pálido”, que en ningún momento alcanzó el prestigio y repercusión del film de Stevens.

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