Lydia Tapiero Eljarrat. lydia_tapiero@yahoo.es Susana avanzó buscando el nombre de la calle, aceleró sus pasos alejándose de la única luz que la iluminaba, los faros de su coche. El ruido de sus tacones retumbaba haciéndola sentir un objetivo fácil y maldijo el momento en el que se había aventurado a cortar camino por el polígono industrial. En el que ni siquiera las putas encontraban un sitio. La oscuridad se hacía cada vez más impenetrable con cada paso y dudó si volver al coche. Buscó el móvil en su bolso para llamar a Alejandro, aunque lo dejó caer antes de marcar el número pensando que hoy era jueves, el día que cenaba con sus socios.
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Sus pasos se hicieron más inseguros y más lentos, hasta que la esperanza de unas letras borrosas la hicieron acercarse a la pared. Pero solo pudo distinguir el número trece. Ya estaba alcanzando la esquina de la calle, cuando le sobresaltó una sombra negra que se acercó veloz. El gato paró frente a ella desafiándola, sus ojos brillaron, erizo su cuerpo peludo y un maullido espeluznante la dejó temblando. Sofía corrió aterrada hacia el coche. Ni siquiera se fijó en el andamio cuando su brazo chocó contra él. La madera y los hierros se atrajeron a ella como a un imán.
La calle recuperó el silencio. El horror en los ojos de la mujer volvieron a apuntar al número trece. Cuando reaccionó miró a su alrededor, lo primero que encontró fueron sus cartas de Tarot esparcidas por el suelo, todas boca abajo. Vio el bolso a unos inalcanzables centímetros de distancia, tras conseguir liberar su brazo derecho lo acercó dejando tras de él el tabaco y el lápiz labial. Maldijo su desorden hasta encontrar el móvil. Una ráfaga de viento frío se hizo camino hasta ella. El viento siguió avanzando mezclándose con las cartas del Tarot. Sofía vio aterrada como estas empezaron a vibrar y se imaginó una mano morena agitándolas. La primera carta se tambaleó hasta quedar boca arriba ‘la carta de la soledad’. Temblando marcó el número de su marido. Las cartas inflexibles siguieron su destino mostrando en una de ellas el accidente que la mantenía atrapada; una voz femenina contestó en la otra línea cuando la carta de ‘la traición’ se colocó boca arriba.
Sofía intentó mantener la sangre fría. “¿Está mi marido?” Le pareció oír risitas contenidas y murmullos hasta que Alejandro contestó, “Que quieres, estoy trabajando”. Sofía se quedó sin habla, cuando por fin consiguió reaccionar la batería se había acabado. Recordó las palabras de Alejandro “No te olvides de cargar el móvil” y con la poca fuerza que le quedaba arrojó el teléfono tan lejos cómo pudo. La desesperación la invadió por completo, los dolores y la soledad eran insoportables. Otra carta empezó a oscilar y temiendo que fuese la última luchó por mantenerse despierta. Una décima de segundo le bastó para reconocerla, y pensando que aun tendría la oportunidad de arruinar al bastardo de su marido perdió la conciencia. |