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FERNANDA DE UTRERA. CANTAORA
Fernanda Jiménez Peña. Utrera, (Sevilla), 1923-2006
Audio: Tangos

Perfiles Flamencos. 30.05.09 

Capítulo XXI. A muchos flamencólogos no le duelen prendas el decir que a Fernanda de Utrera hay que considerarla la mejor solearera de todos los tiempos. Afirmación sin duda arriesgada toda vez que, antes de inventada la fonografía, no existen testimonios sonoros que nos permitan sacar esas conclusiones con pleno conocimiento; imposible por lo tanto, y lamentablemente, saber si son acertadas esas aseveraciones  Lo que si es verdad es que, sea o no la mejor, Fernanda es cuando menos, cantando, lo más parecido a los ángeles si es que los ángeles cantaron alguna vez por soleá. Fernando Peña Soto, “Pinini”, su abuelo, gitano nacido en Utrera y matarife de profesión, fue el fundador de una familia en la que todos sus miembros, numerosísimos, vienen al mundo con el cante fundido a sus genes; y como en una  lección bien aprendida, el flamenco les aflora por las venas hasta la garganta como de un inagotable venero de jondura. 

 Entre todos ellos Fernanda, máxima representante de esta amplia familia de flamencos, lleva la sangre envenenada de esa jondura gitana. Y cuando canta, exprimiendo al máximo esa voz rota por la ronquera pero tan llena de “soníos negros”; cuando en un esfuerzo sobrehumano le arranca al corazón esos gritos casi imposibles de soportar, nos transmite el veneno de su jondura a través de unos jipíos tan dolorosamente arrancados a la garganta, que nos hace sufrir su sufrimiento y ardemos en la fragua donde ella misma se consume. Pero al mismo tiempo su cante está tan lleno de matices, de duendes, de flamencura, de dignidad flamenca, que adquiere de pronto una luminosidad plástica inigualable.
     Y esa explosión final, ese estallido de luces y sombras que vienen a liberarla del insoportable dolor acumulado en su cante, lo consigue Fernanda después de vencer en esa pelea interna que libra con ella misma por imponerse, a fuerza de fuerzas, a unas facultades mermadas lógicamente por el desgaste erosivo e implacable de los años, pero que no le impide sacarle al cante, llevada de su desesperada porfía, los más desgarradores a la vez que hermosos lamentos.
     Los más calurosos elogios se lo dedican también los más brillantes flamencólogos: y críticos: el poeta  Felix Grande dice de ella que es “la voz de mujer más tierna y ronca, desesperada y delicada de cuantas honran el desconsuelo piadoso del flamenco”. Anselmo González Climent no dice menos: “La cantaora de Utrera exige imposibles a su voz bronca y regateada, extrema su concentración psíquica, escarba violentamente la fuerza humana de sus gritos y alcanza límites crueles, casi bárbaros”, o bien: “las soleares de la Fernanda son magia pura y abismática”, que decía Ricardo Molina.
     Pero Fernanda de Utrera no se limita a cantar por soleá: indiscutible conocedora del magisterio de los cantes gitanos, lo hace por cualquier estilo destacando en sus soberbias bulerías por soleá aprendidas de su tía María Peña; en las majestuosas seguiriyas oídas a su padre José Jiménez; o por su forma de hacer las cantiñas, herencia de su abuelo, El Pinini y, sobre todo, en fandangos, que interpreta magistralmente.
     Pero es en el cante por soleá donde ella es inimitable, el cante con el que ella se muerde la propia sangre hasta no poder más, y por el que muchos la consideran “ la mejor solearera de todos los tiempos ”. O una de las mejores.
     En agosto del 2006, a los 83 años de edad, moría en Utrera, el pueblo que la vio nacer, una de las mejores cantaoras que ha dado el cante flamenco.

FERNANDA DE UTRERA
HOGUERA GITANA

Con gitano esplendor brilla en Utrera
la sangre generosa de Fernanda;
sangre que en el compás ordena y manda,
sangre de tradición solearera.

Como fuego inmortal, arde en su hoguera
un cante que a las piedras las ablanda;
que encoge el corazón, o que lo agranda,
hasta que envuelto en llamas se incinera.

Su cante es un puñal de escalofrío;
un grito que provoca en desafío
cada palo del cante por derecho.

Y colmado el crisol de sus pesares,
un río con rumor de soleares
le brota del venero de su pecho.

Paco Acosta

 

 

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